La radio antigua

Vivimos rodeados de gente que lamenta el cierre de medios que nunca consumió o de cafeterías en las que nunca entró. También de gente que lleva años anunciando el fin del periodismo pero que se queja de los textos largos, de los reportajes de televisión elaborados y que quiere que se lo den todo mascado en dos minutos y a ser posible entre memes de gatitos. Gente a la que no le importa presumir de ignorancia o de pereza pero que en cambio exige a los otros su parte de esfuerzo y grita muy fuerte antes siquiera de tener un dato que blandir.

Es posible que siempre fuese así. Las redes sociales y los contadores de visitas en las web solo nos han servido para entender que nadie leía los periódicos enteros y que aquellos escritores que fueron de prestigio estaban allí por la confianza de los editores. No se podía medir, como ahora, cuántos segundos se posaban en ellos los ojos de cada lector. Con el contexto mediático actual nunca habríamos tenido apellidos ilustres en las contraportadas. Ya no es el prestigio ni el compromiso lo que da dinero.

Descubierto el engaño aún hay quien se atreve a hacer cosas poco comerciales para, encima, triunfar con ellas. Jordi Évole en La Sexta, metiendo en prime time programas largos sobre temas relevantes, o Carlos Alsina haciendo una radio de cadencia tradicional que muchos llamarían antigua. Porque al parecer es antiguo destinar 18 minutos a un monólogo sobre la historia del ébola y, al parecer, lo es hacer un programa como el de esta mañana desde la frontera con Hungría para hablar de los refugiados sirios; dibujando un retrato de la realidad que emociona e informa a partes iguales.

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Si algo pasaba

Qué sería de nosotros sin sentidos ni sentido que darles. Nuestra vista, para leernos; nuestro gusto. Nuestro buen gusto, que nos lleva tantos días a regalar a los oídos el placer de escuchar la radio. Un placer que se hereda, se siente; quizá con el que se vive desde siempre y para siempre.

Era pequeño y ya me interesaba el mundo que me rodeaba. Leía el Pequeño País con seis años. Con siete, la sección de Internacional. No entendía nada, pero me acercaba en forma de cuentos a extraños y exóticos lugares. Me encerraba con ellos en la soledad de mi habitación, con su estética de invernal domingo por la tarde, forjando así ese punto bohemio que ya nunca dejaron de tener.

Llegaba el verano, el calor, los domingos se respiraban con olor a campo y los periódicos acababan siendo usados como almohada vespertina, tras cumplir su función matinal con respetados padres. Jugábamos al baloncesto, nadábamos y volvíamos a casa. En el traqueteo del trayecto en coche siempre acompañaba, de fondo, casi dormidos y aún sin cinturón de seguridad, ese sonido inconfundible, el de la Cadena SER.

Gemma Nierga
Gemma Nierga, Cadena SER.

Ese sonido que me llevaba a preguntar, a querer saciar mi curiosidad. Entre los dos, los tres conmigo, fuimos creciendo. Del papel a las ondas, de las ondas al papel. Con largas lecturas, con emocionantes voces. Quebradas, fuertes, alegres, enfadadas. Indignadas, diríamos ahora. Esos pitidos, esas campanadas que daban paso a lo desconocido. Y con el tiempo, a conocer.

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