Nos han humillado

Hasta hace un tiempo la política, por muchas buenas razones denostada por los ciudadanos, consistía en proponer ideas nuevas, debatir sobre los asuntos de importancia para la sociedad y gestionarlos bien. Había una serie de estructuras que, funcionasen mejor o peor, iban vestidas con un cierto contenido.

En un momento dado, sin que nos diéramos cuenta, la política pasó a tener más relevancia pero también a ser banalizada. Tras descubrirse su tirón comercial han surgido espectáculos televisivos donde los protagonistas gritan mucho pero nadie sabe por qué discuten. Si se pregunta a un ciudadano medio por sus proyectos sobre empleo, economía, política social o educación no sabrían citar más que generalidades. Titulares. Hay cadenas de televisión que llenan horas de programación ofreciendo eso: titulares de impacto. Cuando acaban, los espectadores tienen la adrenalina a tope pero la misma información que antes de empezar. Y cuando hay debates con platós grises y tipos que, a la antigua usanza, se ven en la obligación de desarrollar ideas, las redes sociales y los grupos de Whatsapp colapsan con mensajes de gente que dice aburrirse, indignada porque el plató es gris y nadie se grita. Las mismas redes y grupos donde los bulos, las manipulaciones y la propaganda disfrutan de su nuevo hábitat natural.

La política tiene que llegar a todo el mundo pero no a costa de ser destruida ni de convertirse en un teatro infame. Los políticos deben estar cerca de la gente pero no participar de la degradación del sistema democrático. Y los políticos de izquierdas no deben cometer el error de jugar con las lógicas del enemigo.

Desde el 20 de diciembre todo el mundo hablaba muy acaloradamente sobre pactos y estrategias, luego sobre “sorpassos”, y atribuía capacidades de divinidad a algunos inteligentes grupos de élite que nunca fallaban porque habían estudiado mucho. Algo así. Pero fallaron. Lo que nadie decía era si entre tanta discrepancia de artificio realmente había un objetivo o estábamos participando en un juego de poderes y vanidades. Ahora toca curar los egos heridos en una noche desastrosa.

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PSOE y Podemos: la culpa no es del otro

Queda semana y media de campaña electoral. La izquierda aún está a tiempo de salvarse de sus propios candidatos y de los fanáticos que les replican el discurso. Hagamos historia.

Pablo Iglesias recorre España diciendo que quiere pactar con el PSOE y que su adversario es sólo el Partido Popular. Tiene que repetirlo tanto porque cuando tuvo ocasión de demostrarlo bloqueó cualquier intento. Por si hay dudas: anunciar una propuesta a la prensa antes que a tu socio, decir que quieres pactar con él porque no te fías de él o repartir los cargos sin concretar las políticas (días después de afirmar “jamás seré vicepresidente de un gobierno que no presida”) era sinónimo de bloquear cualquier intento, sí. Una estrategia tan obvia y grande como la puerta de Alcalá. Perseguía tensionar a la otra parte, generar un sentimiento de humillación y agitar a los críticos de Sánchez para acelerar su decadencia. Sobre todo, para restarle legitimidad a la hora de buscar ese mismo pacto y poder culpabilizarle de un fracaso que ya había sido decidido. A la vista está que el objetivo se cumplió.

Las estrategias forman parte de la política desde que inventamos esa palabra. La complicación reside en saber acoplarlas a la coherencia del discurso. Fallan cuando los ciudadanos perciben que el partido se antepone al bien común.

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“Queremos cambio, no recambio”

Lo que hizo ayer Pablo Iglesias es muy grave. Lo que se ha hecho después para justificarle es casi peor.

¿Corporativismo en la prensa? La frase anterior no la firmarían, por convicción, muchos periodistas que han salido a defenderle. Por razones obvias ninguna profesión está tan expuesta al escrutinio público. En ninguna vemos, por ello, tantos ataques de compañeros entre sí. A diario.

Esto es bueno. Al periodismo se viene llorado de casa.

La prensa, como la política, puede ser criticada por cualquiera. Cuando se es político existen unos códigos. Pablo Iglesias es político y además un cargo público; esté en una universidad, en el Congreso o en su casa. Esa suerte de excusita que busca disfrazar de análisis académico sus frases polémicas ya no cuela. La representación jamás se despega del personaje que la ejerce.

Fue Pablo Iglesias quien acompañó (según su relato ese es el verbo correcto) a un grupo de estudiantes a gritar “Fuera políticos de la universidad”. Pero él tiene una doble vida. Una doble alma. Es el puto amo. No es político sino un pensador.

Y Rajoy sólo un pelele con ruedines. Vaya cara.

En cualquier caso, en el ámbito académico y en su nombre también se dicen a diario barbaridades reprobables. Ay, la humildad.

Pablo Iglesias no criticó ayer a la prensa o la vileza del sistema. Hizo algo más: señaló a un periodista en concreto ante un auditorio que él sabía dispuesto a reír su gracia. Nos ha dicho tantas veces que Podemos no es de izquierdas, que ese es un marco superado, que al final nos ha convencido por la vía de los hechos: la izquierda jamás señalaría al último peón del tablero.

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Bienvenidos

Bienvenidos a la democracia parlamentaria. Por fin.

El resultado de las elecciones es el peor que podrían esperar los cuatro nuevos grandes partidos porque les obliga a retratarse. Todos deben salvar España (qué digo España, ¡el mundo!) salvándose a sí mismos. Conjugar ambas cosas va a necesitar de sexo, drogas y mucha inteligencia. ¿Por ese orden? Pues quizá, ya todo es posible.

El PP tiene la legitimidad de ser el primero en intentar formar gobierno. Es ahora cuando va a comprender de qué sirve en un sistema parlamentario jugar a la exclusión y la agitación visceral permanente. Rajoy (como ya le enseñó su predecesor y ahora enemigo) ha dinamitado todos los puentes de entendimiento que le podrían servir para salvar la silla. A la hora de pactar importa más no causar rechazo que generar afecto, como tanto se ha repetido estos días. Sólo tiene el cariño inevitable de Ciudadanos y es insuficiente.

Todo el mundo mira al PSOE con cara de pena. El PSOE, experto en destruirse a sí mismo, mira a los demás con la misma cara de pena y a los suyos con hambre caníbal. El espectáculo será dantesco. Como siempre. Estos días va a recibir presiones para dejar gobernar a Rajoy, es cierto; como lo es que muchos están deseando que eso pase para confirmar su propio discurso y poder rematar a un partido que a pesar de sus enemigos y a pesar de sus dirigentes no acaba de morir. Ay, qué ilusos.

En realidad el PSOE lo tiene muy fácil. Del mismo modo que Rajoy tiene la legitimidad de buscar apoyos, Pedro Sánchez tiene la de liderar la alternativa. Basta con que presenten a su candidato con un programa social y de Estado que las fuerzas de la izquierda no puedan rechazar y dejarse querer o matar. Una y otra vez. Si sale, bien. Si no sale, nuevas elecciones y que la gente, ese concepto de moda, decida.

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El PSOE, ¿voto útil de la derecha?

Si hay un momento que llama a los tópicos es el de la celebración de las elecciones en Andalucía. Ciudadanos en general, periodistas y hasta los propios políticos caen o caemos en ellos. El PP nacional suele dar disgustos a su división regional con salidas de tono sobre el carácter de los andaluces, que no parecen la mejor manera de ganar su confianza. Anoche, un diputado de UPyD también mostró su mal perder: Carlos Martínez Gorriarán concluyó que si a su partido no le otorgan representación, pues ellos se lo pierden. El error siempre es ajeno.

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