La radio antigua

Vivimos rodeados de gente que lamenta el cierre de medios que nunca consumió o de cafeterías en las que nunca entró. También de gente que lleva años anunciando el fin del periodismo pero que se queja de los textos largos, de los reportajes de televisión elaborados y que quiere que se lo den todo mascado en dos minutos y a ser posible entre memes de gatitos. Gente a la que no le importa presumir de ignorancia o de pereza pero que en cambio exige a los otros su parte de esfuerzo y grita muy fuerte antes siquiera de tener un dato que blandir.

Es posible que siempre fuese así. Las redes sociales y los contadores de visitas en las web solo nos han servido para entender que nadie leía los periódicos enteros y que aquellos escritores que fueron de prestigio estaban allí por la confianza de los editores. No se podía medir, como ahora, cuántos segundos se posaban en ellos los ojos de cada lector. Con el contexto mediático actual nunca habríamos tenido apellidos ilustres en las contraportadas. Ya no es el prestigio ni el compromiso lo que da dinero.

Descubierto el engaño aún hay quien se atreve a hacer cosas poco comerciales para, encima, triunfar con ellas. Jordi Évole en La Sexta, metiendo en prime time programas largos sobre temas relevantes, o Carlos Alsina haciendo una radio de cadencia tradicional que muchos llamarían antigua. Porque al parecer es antiguo destinar 18 minutos a un monólogo sobre la historia del ébola y, al parecer, lo es hacer un programa como el de esta mañana desde la frontera con Hungría para hablar de los refugiados sirios; dibujando un retrato de la realidad que emociona e informa a partes iguales.

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Nuestra foto

¿Había que publicar la foto? Es un debate que aparece periódicamente en los medios de comunicación, ahora en las redes sociales. Algunos creen que los límites son las vísceras, la sangre. Lo agradable que sea la imagen. Yo creo que el límite es la causa. Una foto por un accidente, catástrofe natural o incluso atentado político en un país de nuestro entorno no aporta nada. La escena de un niño muriendo en la puerta de nuestra casa tras huir de una guerra, sí.

Es curioso que los argumentos principales en estos casos suelan ser lo mucho o no que nos molesta. A nosotros. Que no está mal publicarla si se avisa. ¿De qué? Si yo estuviera en el consejo de redacción de un periódico o una tele te diría que la comodidad que supone la mezcla de tu sofá y tu tranquila ignorancia no me importa y que el periodismo imparcial tampoco porque nunca ha existido. El periodismo se inventó para contar lo que hay pero también para remover conciencias, algo que con suerte hace una vez al año.

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Servicio público con peluches

La Voz de Galicia ha vuelto a hacerlo.

Este medio tan poco considerado y atendido a nivel español inició hace años un género periodístico que podríamos llamar sucesos peluchísticos. En realidad La Voz ha inventado muchas otras cosas de esas que me hacen pensar “joder, yo quiero trabajar con estos tíos”. Pero no caben aquí.

Vamos con lo peluchístico. En 2014, por ejemplo, dieron una de sus alertas: “La última vez que vieron a Manolito fue encima de un pivote en la calle al lado del Gadis de los Castros. Desde entonces no hay noticias del peluche”. La historia no era baladí y recogía este testimonio desgarrador: “En el cartel [la madre] informa de que «se recompensa». «No tengo mucho dinero, pero estoy dispuesta a lo que sea», asegura”.

La Voz también se hizo eco de noticias alegres entre la tristeza. En 2013 un niño perdió a su dinosaurio en el accidente de Angrois. Y lo encontró. Un año después perdió a su perro Nero. ¡También apareció!

Aún antes, en 2011, La Voz ayudó a encontrar a Orejitas, perdido en la Ciudad Vieja coruñesa. Los padres de su dueña empapelaron las calles y una señora se puso en contacto para el rescate gracias a la labor del periódico.

Peluches perdidos en Santiago, en Vigo o en Coruña. Galicia entera sufre un drama que ni el de la droga en los 80.

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Rosa María Calaf: “Lo que es gratuito alguien lo paga y hay que saber quién”

Rosa María Calaf

Entrevistar a Rosa María Calaf puede ser un sueño y honor para cualquier periodista joven. Una vez que accede queda en sueño irrealizable. Las preguntas previstas son innecesarias en cuanto se le insinúa un tema. Quizá por costumbre de tratarlos, pero sobre todo por conocimiento y vivencias acumuladas, todo se reduce (o engrandece) a un monólogo al que solo hay que dar pie con una palabra clave. Ella ya sabe qué interesa.

El mayor apoyo para su forma entusiasta de expresarse es su reconocible voz, por lo que la transcripción supone una pérdida de calidad. El respeto que merece surge en cambio de la pasión. Se nota que disfruta su trabajo y sigue creyendo en él, en el periodismo.

Rosa María Calaf (Barcelona, 1945) suele recibir a sus invitados en cafeterías de la capital catalana que, al final de la entrevista, confiesa que elige por su comodidad pero también por el trato que recibe. Nada que objetar, el suyo es impecable.

Así, el pasado 6 de mayo habló del estado actual del periodismo, de la historia de Televisión Española y las intervenciones políticas en ella, de su forma de entender las sociedades y conflictos actuales, del futuro de China y su papel en el mundo o del ejercicio de su profesión allí donde las mujeres no conocen la libertad.

Ante una periodista con cuarenta años de trayectoria y que ha visitado más de 170 países cualquier aproximación es solo un esbozo de lo que guarda.

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