El acomplejado y la excusa

Cuando alguien defiende los derechos de las mujeres, de los refugiados o de las personas sin casa nadie le pregunta sobre su sexo, su nacionalidad o su situación económica. En cambio, muchos hombres siguen teniendo miedo a que defender la diversidad sexual y afectiva ponga en cuestión su virilidad, su condición de macho de la tribu. Un prototipo de hombre que responde a una construcción ya agotada por la evolución y que provoca mucha pena y ningún respeto.

¿Qué es ser un hombre? Si se consideran algo más complejo que simples primates deberían preguntarse qué es ser un hombre justo y decente.

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El vicio de las etiquetas del vicio

Hay una época vital de descubrimiento sexual. Es esa en la que todo adolescente nota que algo cambia en su cuerpo y también a su alrededor. Los niños ya no tiran piedras a las niñas, se acercan a ellas. Las niñas empiezan a atender a las costumbres tribales de chavales que aporrean balones y celebran goles sin escatimar en roces. Roces que a veces acaban en drama: “¿me ha gustado?” Aparece entonces la gran pregunta: “¿seré maricón?”

No hay otra. No hay una opción intermedia. Nuestra sociedad exige izquierda o derecha, independentismo o unionismo. Las terceras vías son para cobardes, y cuando la mayor parte de la población ha levantado sus rastrillos y se dirige hacia la hoguera en la que arderá el enemigo, aquel que no esté vociferando en una trinchera será el primero en morir. Nos lo demuestra la política actual. Sirve para otros ámbitos de la vida.

La homofobia existe. La persecución a las personas que sienten atracción por otras de su mismo sexo es aún una realidad social en Europa e incluso una realidad institucional en otras regiones del mundo. Hay encarcelamientos, torturas, palizas o condenas a muerte. Grandes colectivos luchan para acabar con la discriminación, otros la justifican y algunos sienten indiferencia; pero siempre desde el conocimiento de lo que pasa.

Nadie niega tampoco que la homosexualidad misma exista. Los gais del mundo son señalados por aquello que son, por una condición que han aceptado y que su entorno, desde la aprobación o el rechazo, asume como cierta.

No ocurre lo mismo con los bisexuales. También son perseguidos, despedidos de sus empresas por mostrar en público un sentimiento y señalados por la presión social. Pero ellos sufren un segundo acoso, más sutil aunque no menos hiriente: la negación de su existencia.

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Lo llaman matrimonio y sí lo es

Sellamamatrimonio.es

El Tribunal Constitucional ha fallado (en este caso el verbo correcto es “ha acertado”) en contra del recurso del Partido Popular contra la reforma del Código Civil que permite el matrimonio entre personas del mismo sexo, acabando así con siete años de espera.

Este es el primer punto a analizar: ¿necesita una reforma urgente una institución permanentemente sospechosa por politizada e ineficiente? El mismo debate en Portugal fue cerrado en sólo unos meses. Las consecuencias jurídicas de la caída de un cambio legal del que habían hecho uso decenas de miles de personas (más de 22.000 parejas casadas desde 2005, y otras muchas ejerciendo su derecho de adopción) podrían haber supuesto un nuevo cisma entre la mayoría ciudadana, que poco entiende de estos procedimientos, y los representantes del Estado o su arquitectura misma. Otro ejemplo recurrente fue la anulación de ciertos artículos del Estatut de Catalunya después de que los ciudadanos lo hubieran refrendado en las urnas. Por muy legítimo que esto fuera, hay que mejorar una penosa lentitud e inexistente transparencia que lastra incluso la convivencia y genera resultados kafkianos que desmerecen el respeto debido a nuestras más fundamentales normas.

Pero la sentencia que hoy ha aprobado el TC es especialmente importante no sólo por su orientación sino también por la contundencia de la mayoría que la aprueba: 8 magistrados frente a 3. Si sólo hubiesen sido 6 frente a 5 las consecuencias legales no cambiarían, pero sí las políticas. Una victoria de los defensores del matrimonio homosexual tan amplia cierra completamente el debate, y si ahora alguien quiere modificar la ley tendrá que hacerlo de cara y sin excusas nominalistas o constitucionales. Entre los magistrados que han ratificado la sentencia no están sólo los del sector “progresista”, sino también algunos de los nombrados a propuesta del Partido Popular, autor del recurso rechazado.

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