En catalán, marmota también se dice marmota

Otra ‘Diada’, la quinta desde aquella en la que Artur Mas descubrió (junto con que era independentista) que tenía un plan maestro que luego resultó que ni era maestro ni tampoco un plan.

El día después, que es el de hoy, todos repiten lo mismo por quinta vez. Unos, que los principios del Estado de Derecho no se tocan, que una Constitución es una cosa muy seria y que la democracia o se ajusta a la ley y la respeta o no es democracia. Otros, que siguen teniendo un plan maestro tan claro, tan infalible y con tanto apoyo popular que no saben exactamente cómo van a llevarlo a cabo ni en qué consiste; o sea, que siguen sin tener un plan.

Lo que dicen unos es cierto y fácil de defender por cualquier persona que sepa leer y hacer razonamientos básicos. El problema de tener la política española copada por personas del mundo del Derecho es que nadie parece darse cuenta de que la política no acaba en ese análisis sino que es lo que empieza justo después. Así que teniendo claro el estado jurídico de la cuestión falta que alguien se ponga a lo otro, a dar soluciones políticas.

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La nación de un solo hombre

Los independentistas tendrían que estar indignados con Artur Mas y el conjunto de Junts pel Sí. La CUP, un partido que asumió un compromiso de campaña y lo mantuvo hasta el final, es si acaso culpable de haber puesto en riesgo su propia estructura preguntando a sus bases por algo que ya estaba consensuado.

Los que han ligado sus anhelos políticos y de Estado a un solo hombre deben de sentirse muy débiles, o débiles sienten esos anhelos. En su momento sorprendió que ERC aceptara una candidatura salvavidas de Mas que encima ni siquiera ha servido para eso. Y ahora qué, ¿volverán a poner el interés del hombre mayúsculo venido a menos y de un partido moribundo y ya sin siglas por encima del país?

“El procés” seguirá adelante, es evidente. Todos los años desde 2012 iban a ser el de la libertad y 2016 no se quedará atrás. Pero mirad bien qué ha cambiado en Catalunya desde entonces.

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Todo sigue como ayer

La política ha vuelto a fracasar mientras los partidos leen los posos del café buscando pequeñas victorias, esas que solo valen para los discursos.

Lo más relevante del 27S es que todo sigue como ayer. Nada ha cambiado, ni en el reparto de fuerzas ni en la solución. La participación ha subido, eliminando los sesgos tradicionales de los procesos electorales en Cataluña. Por fin tenemos una radiografía relevante de qué quieren y opinan los catalanes. Con ella en la mano, la única salida posible es el diálogo del que tanto el gobierno de España como el de Cataluña han sido incapaces en los últimos tres años. Vaya, como ayer.

Si el 27S había un plebiscito, como proponían Junts pel sí y la CUP y como aceptó y promovió durante toda la campaña el PP, ni independentistas ni unionistas lo han ganado. La suma de las listas prosecesión es grande, pero insuficiente para que fuera de España a alguien le parezca relevante y se pueda poner en cuestión la legalidad vigente. Los unionistas pueden defender que las listas no independentistas suman más votos, pero como victoria moral es ajustada, por un margen estrecho y, a efectos prácticos, bastante inútil.

Ni los independentistas pueden iniciar un proceso unilateral con la mitad del país fuera de él, más aún cuando esas mitades también tienen un componente territorializado, ni los unionistas catalanes ni el resto de españoles pueden estar contentos porque solo (¡solo!) la mitad menos uno de los ciudadanos dice que se quiere marchar.

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A los federalistas

Felipe González escribió hace más de una semana una carta a los catalanes en la que hablaba de cosas interesantes. Todas ellas quedaron empañadas por la clásica meadita fuera de tiesto. Nadie que viva en Cataluña puede aceptar comparaciones o amenazas con nazis, italianos enloquecidos o aventuras balcánicas sin preguntarse dónde viven los oradores del presunto unionismo. En el PP, el partido del inmovilismo, acabaron por aplaudir las palabras de quien decía “No estoy de acuerdo con el inmovilismo del Gobierno”; sin que quedase claro si aplaudían la carta entera enmendándose a sí mismos o si ni siquiera llegaron a leer hasta allí porque ya tenían lo que querían. Son poco creíbles los llamamientos a la calma con gritos que aceleran más la mecha y cargan de munición victimista a quienes solo saben hacer campaña en ese plano. González, que ni es tonto ni es nuevo, también sabía que de esas frases de su carta y no de otras se hablaría al día siguiente, que esos serían los titulares y que pocos son los que sobrepasan el primer párrafo. Así que fue miserable por lo que tenía de incendiario consciente.

Una semana después los líderes de la candidatura independentista ‘Junts pel sí’ respondieron con una carta a los españoles. Decían querer mucho a España y que su problema es con el Estado español, a veces con mayúscula y otras con minúscula. No significa lo mismo pero en su argumentario vale igual. El estado del Estado, en definitiva. Era una carta con buen tono pero que no podía evitar parecer impostada, centrada en un discurso de cariz sentimental que es donde según se acerca el 27 de septiembre se juega la partida para una secesión que solo traerá buenas noticias y ninguna renuncia. Una llamada al amor y la dignidad firmada por los mismos que quieren programar y proclamar una independencia con un importante déficit procedimental y poniendo como excusa para ello un contexto político eventual y a punto de agotarse. Una llamada a la democracia y la cohesión firmada por los mismos que van adaptando de forma arbitraria las condiciones de un proceso en el que aún no ha pasado nada con traducción real y práctica; más allá de las manifestaciones masivas, las performance que no tanto y la sobreactuación institucional. Por mucho mérito que tenga todo eso, que sin duda lo tiene.

Las cartas de González y de la llista de/amb el president adolecen un problema común: hablar a los españoles (se entiende que excluyendo a los catalanes) y a los catalanes en exclusiva como si en ambos casos fueran un todo absoluto, masas homogéneas sin tonos ni matices. El mismo problema que tiene este debate desde que se inició en 2012 o treinta años antes. Una condición que aleja ambos discursos de la realidad y los envía a la papelera.

Mientras estas miradas viscerales condicionan el ámbito público los federalistas siguen lloriqueando que existen, aunque nadie esté seguro de ello ni les haga caso. Los federalistas están tan denostados que ni siquiera les escriben cartas. No hay misivas de amor para el federalismo español. Prometen que su programa es viable, de hecho el único viable, serio y realista; pero ni así consiguen tener un hueco fuera de los programas de humor de la televisión pública catalana, en los que aparecen retratados con maestría como un duende mágico y ficticio.

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El hecho diferencial español

Supongo que a los catalanes que viven fuera les preguntarán mucho por su opinión sobre El Tema. El procés. A mí como madrileño en Barcelona me pasa lo mismo a la inversa, así que ya tengo el discurso bastante ensayado. Antes de mudarme solo había estado en Cataluña con 7 u 8 años y ni siquiera en la capital. Sin embargo, mi opinión no ha cambiado nada desde que me siento uno más por aquí. Me parece un dato relevante teniendo en cuenta que llegué en el verano de 2012, justo cuando empezaba a hervir la olla, y que crecí en el sistema educativo público de Madrid, lo que a priori me haría sospechoso de no sé cuántas cosas.

Así que cuando me preguntan qué opino sobre la posibilidad de la independencia suelo contestar que es una idea que no me molesta y que estoy a favor de que se vote por vías legales y reconocidas por todas las partes. Me parece la mejor manera y la más limpia y eficaz de zanjar un debate que nos hace perder tiempo y recursos a todos. Como es natural, tengo mi propia preferencia y no es favorable a la ruptura; pero si los catalanes así lo decidieran por amplia mayoría no lloraría, no sufriría un trauma irreparable, no les odiaría y, por supuesto, no querría dejar de vivir en Barcelona.

Lo que añado siempre al discurso es que, al contrario que la idea como concepto abstracto, lo que sí me resultan muy molestos son muchos argumentos a favor de ella. No tanto por insultantes contra quienes sí somos indudablemente españoles (bien por sentimiento identitario, bien por razones administrativas, bien por descarte) sino por lo que tienen de falaces. Construir un proyecto en torno a mentiras, o incluso a una gran mentira, no suele querer decir nada bueno de la seguridad que uno tiene en lo que cree o lo que vende.

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