El vicio de las etiquetas del vicio

Hay una época vital de descubrimiento sexual. Es esa en la que todo adolescente nota que algo cambia en su cuerpo y también a su alrededor. Los niños ya no tiran piedras a las niñas, se acercan a ellas. Las niñas empiezan a atender a las costumbres tribales de chavales que aporrean balones y celebran goles sin escatimar en roces. Roces que a veces acaban en drama: “¿me ha gustado?” Aparece entonces la gran pregunta: “¿seré maricón?”

No hay otra. No hay una opción intermedia. Nuestra sociedad exige izquierda o derecha, independentismo o unionismo. Las terceras vías son para cobardes, y cuando la mayor parte de la población ha levantado sus rastrillos y se dirige hacia la hoguera en la que arderá el enemigo, aquel que no esté vociferando en una trinchera será el primero en morir. Nos lo demuestra la política actual. Sirve para otros ámbitos de la vida.

La homofobia existe. La persecución a las personas que sienten atracción por otras de su mismo sexo es aún una realidad social en Europa e incluso una realidad institucional en otras regiones del mundo. Hay encarcelamientos, torturas, palizas o condenas a muerte. Grandes colectivos luchan para acabar con la discriminación, otros la justifican y algunos sienten indiferencia; pero siempre desde el conocimiento de lo que pasa.

Nadie niega tampoco que la homosexualidad misma exista. Los gais del mundo son señalados por aquello que son, por una condición que han aceptado y que su entorno, desde la aprobación o el rechazo, asume como cierta.

No ocurre lo mismo con los bisexuales. También son perseguidos, despedidos de sus empresas por mostrar en público un sentimiento y señalados por la presión social. Pero ellos sufren un segundo acoso, más sutil aunque no menos hiriente: la negación de su existencia.

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