Todo sigue como ayer

La política ha vuelto a fracasar mientras los partidos leen los posos del café buscando pequeñas victorias, esas que solo valen para los discursos.

Lo más relevante del 27S es que todo sigue como ayer. Nada ha cambiado, ni en el reparto de fuerzas ni en la solución. La participación ha subido, eliminando los sesgos tradicionales de los procesos electorales en Cataluña. Por fin tenemos una radiografía relevante de qué quieren y opinan los catalanes. Con ella en la mano, la única salida posible es el diálogo del que tanto el gobierno de España como el de Cataluña han sido incapaces en los últimos tres años. Vaya, como ayer.

Si el 27S había un plebiscito, como proponían Junts pel sí y la CUP y como aceptó y promovió durante toda la campaña el PP, ni independentistas ni unionistas lo han ganado. La suma de las listas prosecesión es grande, pero insuficiente para que fuera de España a alguien le parezca relevante y se pueda poner en cuestión la legalidad vigente. Los unionistas pueden defender que las listas no independentistas suman más votos, pero como victoria moral es ajustada, por un margen estrecho y, a efectos prácticos, bastante inútil.

Ni los independentistas pueden iniciar un proceso unilateral con la mitad del país fuera de él, más aún cuando esas mitades también tienen un componente territorializado, ni los unionistas catalanes ni el resto de españoles pueden estar contentos porque solo (¡solo!) la mitad menos uno de los ciudadanos dice que se quiere marchar.

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A los federalistas

Felipe González escribió hace más de una semana una carta a los catalanes en la que hablaba de cosas interesantes. Todas ellas quedaron empañadas por la clásica meadita fuera de tiesto. Nadie que viva en Cataluña puede aceptar comparaciones o amenazas con nazis, italianos enloquecidos o aventuras balcánicas sin preguntarse dónde viven los oradores del presunto unionismo. En el PP, el partido del inmovilismo, acabaron por aplaudir las palabras de quien decía “No estoy de acuerdo con el inmovilismo del Gobierno”; sin que quedase claro si aplaudían la carta entera enmendándose a sí mismos o si ni siquiera llegaron a leer hasta allí porque ya tenían lo que querían. Son poco creíbles los llamamientos a la calma con gritos que aceleran más la mecha y cargan de munición victimista a quienes solo saben hacer campaña en ese plano. González, que ni es tonto ni es nuevo, también sabía que de esas frases de su carta y no de otras se hablaría al día siguiente, que esos serían los titulares y que pocos son los que sobrepasan el primer párrafo. Así que fue miserable por lo que tenía de incendiario consciente.

Una semana después los líderes de la candidatura independentista ‘Junts pel sí’ respondieron con una carta a los españoles. Decían querer mucho a España y que su problema es con el Estado español, a veces con mayúscula y otras con minúscula. No significa lo mismo pero en su argumentario vale igual. El estado del Estado, en definitiva. Era una carta con buen tono pero que no podía evitar parecer impostada, centrada en un discurso de cariz sentimental que es donde según se acerca el 27 de septiembre se juega la partida para una secesión que solo traerá buenas noticias y ninguna renuncia. Una llamada al amor y la dignidad firmada por los mismos que quieren programar y proclamar una independencia con un importante déficit procedimental y poniendo como excusa para ello un contexto político eventual y a punto de agotarse. Una llamada a la democracia y la cohesión firmada por los mismos que van adaptando de forma arbitraria las condiciones de un proceso en el que aún no ha pasado nada con traducción real y práctica; más allá de las manifestaciones masivas, las performance que no tanto y la sobreactuación institucional. Por mucho mérito que tenga todo eso, que sin duda lo tiene.

Las cartas de González y de la llista de/amb el president adolecen un problema común: hablar a los españoles (se entiende que excluyendo a los catalanes) y a los catalanes en exclusiva como si en ambos casos fueran un todo absoluto, masas homogéneas sin tonos ni matices. El mismo problema que tiene este debate desde que se inició en 2012 o treinta años antes. Una condición que aleja ambos discursos de la realidad y los envía a la papelera.

Mientras estas miradas viscerales condicionan el ámbito público los federalistas siguen lloriqueando que existen, aunque nadie esté seguro de ello ni les haga caso. Los federalistas están tan denostados que ni siquiera les escriben cartas. No hay misivas de amor para el federalismo español. Prometen que su programa es viable, de hecho el único viable, serio y realista; pero ni así consiguen tener un hueco fuera de los programas de humor de la televisión pública catalana, en los que aparecen retratados con maestría como un duende mágico y ficticio.

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Galicia e a posibilidade federal

Onte dixo o presidente Feijóo:

“Nun dos versos máis memorables do noso himno, Eduardo Pondal desexa con forza que Galicia ‘esperte do seu sono’. O noso poeta clamaba así por un futuro que semellaba inalcanzable para a nosa terra, como se estivese condenada a unha especie de cadea perpetua.

Aquela Galicia subxugada puido escoller entre varias opcións para liberarse. Como outros pobos en contextos semellantes, puido loitar por iso en cruentas batallas. Quizais tamén encomendarse á sorte duns poucos elixidos. Ou simplemente agardar a que algún mesías forasteiro lle mostrase o camiño da salvación. Porén, a historia ensínanos que Galicia preferiu trazar unha ruta xenuína para sobrepoñerse a aquelas épocas de letargo.

Quen sabe se foi a experiencia peregrina que nos acompaña dende hai tantos séculos a que nos fixo comprender que, ante calquera ameaza, a mellor resistencia posible reside en algo que non se ve. Esa galeguidade afincada no sentimento, e non en ningún lugar concreto, é o que nos fixo sempre —e o que nos fai— inexpugnables. Por sorte, ninguén informou os nosos inimigos desa tendencia tan nosa de prolongar Galicia se non queda outro remedio en latitudes afastadas, porque así foi como lles ganamos e nos perpetuamos”.

Quedoulle bonito e ten moito de certo.

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