No hay violencia en este currículum

Un clasismo creativo y mejorado, reinventado en esta década y abrazado incluso por la izquierda, exige ahora un pasado intachable para poder dedicarse a la política. Las personas han perdido la oportunidad de equivocarse, de evolucionar, sea en lo personal o en lo ideológico, o hasta de abrazar un principio básico de nuestro sistema jurídico: reinsertarse y tener una segunda oportunidad tras cometer un error.

Ser una persona normal, es decir, imperfecta, es cada vez más difícil.

Clasismo, sí. El de la formación. Es clasismo porque exige un expediente académico perfecto como si ya hubiéramos alcanzado la igualdad. Incluso la de oportunidades. Como si nacer en uno u otro barrio, contexto familiar o personal no condicionara la capacidad para acabar los estudios básicos, ir a la universidad y hablar cinco idiomas.

Estos tiempos son tan locos que se lee a personas de izquierdas jalear uno de los dogmas del neoliberalismo: algo habrás hecho. Mal. Si eres pobre algo habrás hecho. Si fracasaste en los estudios algo habrás hecho. Esos desclasados neoizquierdistas piensan que nuestros compañeros de generación que dejaron los libros por los andamios lo hicieron por voluntad propia. Según su relato no había alrededor un sistema y un contexto económico y social incentivando que eso sucediera.

Hemos fracasado por encima de nuestras posibilidades. Un nuevo eslogan.

Todo esto implica asumir también que el sistema educativo es perfecto y que, por tanto, haber pasado por todas sus etapas te hace inevitablemente más capaz. Según esos parámetros y estando en un país en el que la educación obligatoria premia la memoria, un presidente registrador de la propiedad es lo mejor que nos tendría que haber pasado nunca.

Implica asumir, además, que el sistema educativo no es uniformizador y evalúa de manera justa y objetiva capacidades distintas.

No es verdad.

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– ¡¡Nos adoctrinan!! – ¿Quién?

Ayer fue noticia que un grupo de chavales descerebrados aprovecharon su jornada de huelga (un debate interesante: ¿tiene un estudiante derecho a la huelga?) en Mérida para tomar un colegio salesiano al grito de “dónde están los curas que los vamos a quemar”. Faltaron dos minutos para que saltaran todas las alarmas conocidas: ¡¡ahí, ahí está el adoctrinamiento de Zapatero!!, ¡¡ahí, ahí están los años de gobierno de la izquierda y la Educación para la Ciudadanía!! Bien, pues relajen, hombre. Entre otras cosas porque la famosa asignatura no ha tenido tiempo a lavar el cerebro de nadie. Pero, sobre todo, por algo mucho más obvio y fundamental.

Siempre me ha llamado poderosamente la atención que cuando se habla de adoctrinamiento en las aulas (y este es otro debate que como el aborto, el modelo de Estado y las esencias nacionales viene de largo y se quedará siempre con nosotros) sea la derecha española la que se queje amarga y profusamente, dando a entender que la educación pública es un nido de rojos con pretensiones guerracivilistas dispuesto a formar con los recursos de todos a los comunistas y socialistas que nos torturarán en las checas del mañana.

Sin embargo, sin tener más valor que el puramente testimonial, no coincide esa con mi experiencia personal. No coincide, tampoco, con la de mi entorno más cercano, lo suficientemente variado como para que me haga pensar que alguien está errando el tiro. Para poner al lector en situación, diré que nací en el año 86, cuarto de la era socialista. Traducido: mi generación fue al colegio de educación primaria bajo el mando de González, al instituto de educación secundaria con Aznar en la Moncloa y llegó y pasó su etapa universitaria con Zapatero. Como tengo 25 años, no hace demasiado tiempo que abandoné las aulas. De hecho todavía sigo en ellas y probablemente sea así hasta dentro de un par de décadas o tres. O cuatro. O para siempre, que trabajar no es algo que nos vaya a corresponder a nosotros, parece.

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No sólo es quién, es también cómo

No estamos acostumbrados a que los líderes políticos en España hagan feroces críticas de su propia gestión; pero ayer Esperanza Aguirre, habitual rompedora de esquemas, invalidó la suya de, al menos, los últimos cuatro años.

Esperanza Aguirre y Rajoy
Esperanza Aguirre se reúne con Mariano Rajoy en el Palacio de La Moncloa. Una fotografía oficial de la Comunidad de Madrid.

Es lo que hizo cuando afirmó que, “si España lo necesita”, las Comunidades deberían devolver las competencias en sanidad, educación y justicia al Gobierno de España. Al tiempo, propone la presidenta madrileña que los servicios sociales y los transportes recaigan sobre los ayuntamientos. Es decir, propuso, en una frase más elaborada e indirecta, eliminar de un plumazo el Estado autonómico.

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