El hecho diferencial español

Supongo que a los catalanes que viven fuera les preguntarán mucho por su opinión sobre El Tema. El procés. A mí como madrileño en Barcelona me pasa lo mismo a la inversa, así que ya tengo el discurso bastante ensayado. Antes de mudarme solo había estado en Cataluña con 7 u 8 años y ni siquiera en la capital. Sin embargo, mi opinión no ha cambiado nada desde que me siento uno más por aquí. Me parece un dato relevante teniendo en cuenta que llegué en el verano de 2012, justo cuando empezaba a hervir la olla, y que crecí en el sistema educativo público de Madrid, lo que a priori me haría sospechoso de no sé cuántas cosas.

Así que cuando me preguntan qué opino sobre la posibilidad de la independencia suelo contestar que es una idea que no me molesta y que estoy a favor de que se vote por vías legales y reconocidas por todas las partes. Me parece la mejor manera y la más limpia y eficaz de zanjar un debate que nos hace perder tiempo y recursos a todos. Como es natural, tengo mi propia preferencia y no es favorable a la ruptura; pero si los catalanes así lo decidieran por amplia mayoría no lloraría, no sufriría un trauma irreparable, no les odiaría y, por supuesto, no querría dejar de vivir en Barcelona.

Lo que añado siempre al discurso es que, al contrario que la idea como concepto abstracto, lo que sí me resultan muy molestos son muchos argumentos a favor de ella. No tanto por insultantes contra quienes sí somos indudablemente españoles (bien por sentimiento identitario, bien por razones administrativas, bien por descarte) sino por lo que tienen de falaces. Construir un proyecto en torno a mentiras, o incluso a una gran mentira, no suele querer decir nada bueno de la seguridad que uno tiene en lo que cree o lo que vende.

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La pluralidad independentista de TV3

Existen elementos para afirmar que TV3 es la mejor televisión pública del Estado, también por su calidad informativa. Pero del mismo modo, analizando el marco comunicativo catalán junto al de otras Comunidades, es fácil observar que los propios espectadores de TV3 y del resto de medios propios de Cataluña no son conscientes desde dentro de las particularidades del suyo. Quizá por eso, lo que son acciones de parte allí no se perciben como tal.

Sí han visto algo sus órganos de control. El Consell de l’Audiovisual de Catalunya ha emitido un comunicado con una evidencia.

“Malgrat que s’observen opinions divergents pel que fa al desenvolupament del procés sobiranista, totes les veus presents en el programa es mostren coincidents en la necessitat de la seva execució, sense que s’identifiqui cap participant en el debat que manifesti una opinió discordant amb el procés sobiranista, ni en el seu plantejament ni en la seva execució”.

El debate referido (del programa .CAT) no es el único de TV3 o Catalunya Ràdio del que se puede extraer esta conclusión: debates en los que la diferencia es de matiz ideológico o procedimental, pero no sobre el fondo. Hay acuerdo en que la independencia es una buena idea o en el derecho a la autodeterminación entre gente que discrepa sobre cómo llevarlo a cabo. En cambio, esta no es una opinión unánime en la sociedad de la que TV3 es televisión pública.

Aún así, hay que tener aún más cuidado con las cadenas falsamente plurales. La opinión, en realidad, no se construye en los debates sino en los programas informativos, y los debates con una amplia representación de ideas pueden ser un elemento anexo estupendo para manipular.

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“No es el fin del bipartidismo, es el fin del partidismo”

La esquizofrénica rueda de prensa que protagonizó Esperanza Aguirre después de su derrota electoral no deja de ser el final perfecto a una carrera delirante. La suya y la de un país simbolizado en ella.

El tiempo político de esos dinosaurios predicadores del pasado, con un presunto gran poder, ha terminado. Cospedal, Rudi o Barberá parecen haberlo entendido y preparan su salida en silencio. Aguirre, en cambio, ha optado por engordar su caricatura hasta el final. Es una vieja artista haciendo el ridículo sobre un escenario en el que ya no es aclamada.

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Cataluña ha cambiado para siempre

Barcelona desde Montjuïc Especial 9N

Han pasado dos años desde que comenzó en Cataluña una película llamada “El proceso” (“El Procés” en V.O.). En ella, políticos y medios de todos los colores, de Barcelona a Madrid pasando por Sevilla, han sobreactuado hasta el límite. Ese límite era el 9 de noviembre de 2014. Los protagonistas del guión tenían un objetivo para esa fecha: la celebración de una consulta para decidir si Cataluña debe ser un Estado.

Unos decían que es ilegal, que nunca se celebraría y que la Generalitat lo sabía pero jugaba a ganar tiempo. Otros, que el independentismo no era flor de un día, que habría que escuchar a un sector de la sociedad que no se iba a rendir. Algunos llegaron a decir que ambas cosas eran ciertas y han conseguido tener razón. El principal problema es que la política ha entrado en una dinámica en la que lo más importante parece eso: tener razón. Ante una opinión pública marcada por tertulias que exigen respuestas binarias, analizar y querer resolver los problemas es visto como una debilidad.

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