Preanálisis electoral

Todos tenemos un análisis electoral que hacer. Hay elementos, en cambio, que trascienden la opinión superflua.

La ley D’Hondt no existe. Existe una fórmula que se llama así y que sirve para convertir los votos en escaños, encuadrada en un sistema electoral con más elementos.

El sistema electoral perfecto tampoco existe. Ni siquiera se pueden comparar países entre sí: lo que funciona en Francia, Reino Unido o Suiza puede no servir en España. Cada uno tiene un contexto y unas características que lo hacen único y lo vinculan a unas necesidades. En el caso español hace falta armonizar la representatividad de las ideologías con la de los territorios, entre otras cosas. El sistema, además, buscaba en su origen generar estabilidad en un tiempo de inmadurez democrática que esta legislatura tendremos la oportunidad de saber si hemos superado.

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Es la ideología

La ultraderecha francesa no ha conseguido gobernar ninguna región del país. Mucha gente lo celebra pero el optimismo debería ser contenido.

Lo que ha cambiado desde el último susto similar, cuando Francia salió a votar en masa por Chirac, es que esta vez las diferencias han sido más pequeñas. Le Pen no está hoy en condiciones de ganar una segunda vuelta en las presidenciales, pero el crecimiento de la radicalidad ya no es una anécdota. Ni siquiera la generosa retirada de algunas candidaturas del PS ha hecho que el Frente Nacional sufra una derrota tan apabullante como cabría esperar. Están ahí y se van a quedar.

Otra cosa que ha cambiado es cómo condicionan la agenda: la derecha que se presume moderada está asumiendo muchos postulados que no estarían sobre la mesa sin esa presión electoral. La mejor victoria del Frente Nacional y la peor de la República. Nada empobrece más que perder la batalla ideológica.

Hablemos pues de esa batalla. En España hay partidos identificados en los ejes izquierda-derecha por los electores que en cambio reniegan de ese marco y hablan de superarlos. Dicen, de hecho, que ya se han superado. Un discurso falaz que ayuda a que algunos cuelen como novedosos, modernos y rompedores principios reaccionarios más vistos que el tebeo entre gente con poca memoria y susceptible de ser manipulada.

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Democracia dopada

Manuela Carmena y Cristina Cifuentes

Hay tres profesiones, la de periodista, la de sociólogo y la de politólogo, que ganarían mucho si se nos pasara esta fiebre encuestadora sin sentido. La de hacerlas a lo loco, la de distribuirlas sólo por interés y la de retorcerlas en pseudoanálisis con mucha magia y poca ciencia. En el último año las grandes corporaciones y los propios partidos políticos han descubierto la capacidad que tienen las encuestas de generar opinión. Ahora no se cansan de usarlas. Acabarán convirtiéndolas en una herramienta inútil y sospechosa.

Todos ganaríamos también si actualizáramos algunas normas. Las que se escriben y las que nacen en forma de pacto social. Tenemos una ley desfasada que prohíbe las encuestas cinco días antes de las elecciones y que consagra una jornada de reflexión que ya sólo es útil para descansar durante 24 horas de tanto discurso vacío. En cambio, sigue siendo posible que un candidato decida dejar un atril igual que esos discursos sin que ni siquiera se aventure por ello un desgaste en las urnas.

Está bien que ahora ese atril empiece a ser visible. El problema de dejar estos nuevos pasos de actualización democrática en manos de medios de comunicación comerciales es que no todos aplican los mismos principios. O mejor dicho que todos aplican el mismo: el económico. A veces también el ideológico. Nada reprochable en el mundo de los intereses privados, claro.

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Mejor por consenso

A veces la política se nutre de pequeñas anécdotas que llenan comentarios y portadas sin aportar demasiado. Otras, las anécdotas son significativas y dan lecciones relevantes.

Ayer hubo dos que podrían serlo. Una, cuando muchas personas se sorprendieron al ver a Manuela Carmena sentada en el palco del estadio Santiago Bernabéu; un lugar que durante años ha servido, muy a pesar de los aficionados, para señalar a “la casta” y el compadreo entre políticos y grandes empresarios. En el imaginario popular ese palco es un centro de negociación de los tresporcientos y las cajas B. Partiendo de alguna verdad, la imagen ha sido alimentada por quienes limitaban a esa su función y jugaban a vincular de manera torticera a todos los que pasaran por allí. Por eso la candidatura Ahora Madrid, que hizo alcaldesa a Carmena, anunció que ellos no aceptarían invitaciones. No había excepciones previstas a esta promesa electoral.

La otra escena se produjo en el programa El Hormiguero de Antena 3. Pablo Motos invitó a Pablo Iglesias a podar una planta. Podemos. Allí estaban, hoja a hoja, la monarquía, los acuerdos con el Vaticano, el euro o, por fin alguien dice algo, las gafas de pasta sin cristales. Llegado el momento de decidir sobre la tauromaquia, el líder morado contestó: “a mí los toros no me gustan pero no los quitaría”. Una respuesta tan del PSOE de toda la vida que enseguida ha sido aprovechada para atizarle por ahí.

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Todo sigue como ayer

Artur Mas el 27S

La política ha vuelto a fracasar mientras los partidos leen los posos del café buscando pequeñas victorias, esas que solo valen para los discursos.

Lo más relevante del 27S es que todo sigue como ayer. Nada ha cambiado, ni en el reparto de fuerzas ni en la solución. La participación ha subido, eliminando los sesgos tradicionales de los procesos electorales en Cataluña. Por fin tenemos una radiografía relevante de qué quieren y opinan los catalanes. Con ella en la mano, la única salida posible es el diálogo del que tanto el gobierno de España como el de Cataluña han sido incapaces en los últimos tres años. Vaya, como ayer.

Si el 27S había un plebiscito, como proponían Junts pel sí y la CUP y como aceptó y promovió durante toda la campaña el PP, ni independentistas ni unionistas lo han ganado. La suma de las listas prosecesión es grande, pero insuficiente para que fuera de España a alguien le parezca relevante y se pueda poner en cuestión la legalidad vigente. Los unionistas pueden defender que las listas no independentistas suman más votos, pero como victoria moral es ajustada, por un margen estrecho y, a efectos prácticos, bastante inútil.

Ni los independentistas pueden iniciar un proceso unilateral con la mitad del país fuera de él, más aún cuando esas mitades también tienen un componente territorializado, ni los unionistas catalanes ni el resto de españoles pueden estar contentos porque solo (¡solo!) la mitad menos uno de los ciudadanos dice que se quiere marchar.

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