Votar a los 16

No parece haber ningún argumento para fijar la edad de voto en los 14, los 16, los 18 o los 21 años aparte de la necesaria coherencia entre el ejercicio de derechos y deberes de los ciudadanos. Es decir: el debate no está en la edad a la que se empieza a asumir cada uno sino en la armonía entre todos ellos.

En España se es libre para tener relaciones sexuales o trabajar a partir de los 16 años. Para votar hay que esperar a los 18.

Hay quien dice que a los 16 años no se tiene la formación ni la información necesaria para votar con criterio y libertad. ¿Cómo se determina objetivamente cuándo sí? ¿Debería privarse del derecho de voto a los adultos que no acrediten una determinada formación? ¿Cuál? ¿Qué es un adulto? ¿Qué es un adulto formado?

Visto el clasismo con el que se habla de ciertas masas de votantes, es probable que para los defensores de este tipo de ideas los votantes sin criterio coincidan con los que no votan como ellos querrían. Ah, sí: viva el sufragio censitario.

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El mito monárquico

Al rey emérito teníamos que estarle eternamente agradecidos por traer y consolidar la democracia, un mítico (y algo insultante) relato que no resistió el tiempo suficiente como para que su particular estilo de vida siguiera siendo compatible con el cargo. Durante años mucha gente nos repitió que el 23-F un Borbón se ganó una suerte de moderno derecho de pernada. Caducó, como las cacerías exóticas pagadas por todos y la impunidad que impedía llevarlas a las portadas.

Ahora todo es más transparente. Un yerno del mismo tipo usó su posición y a su familia para hacer negocios sucios con el dinero de nuestros impuestos; quizá con la connivencia, veremos también si la participación, de su esposa e infanta de España. La justicia dirá. Una hermana del mismo tipo, otra infanta, aparece como propietaria de una empresa en un paraíso fiscal que duró casi el mismo tiempo que su reinado.

Juan Carlos es así, vive rodeado de casualidades; accidentes permanentes como su misma proclamación y su final y decrépita abdicación.

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La nueva Euskadi

Hubo días en los que el odio social y político estuvo legitimado en Euskadi. Para unos porque hicieron un viaje totalitario revestido de insultante victimismo. Para otros porque necesitaban la defensa propia que asiste a cualquier víctima verdadera, aunque a veces esa posición llegara a causar un complejo que justificaba excesos o sobreactuaciones.

Entre todos crecieron pasiones y sentimientos cada vez más enfrentados e irreconciliables.

Si hay un nuevo tiempo del que tanto se habla es porque aquel ya murió. Hoy, las opiniones encontradas sobre la salida de prisión de Otegi parecen anhelarlo.

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No hay violencia en este currículum

Un clasismo creativo y mejorado, reinventado en esta década y abrazado incluso por la izquierda, exige ahora un pasado intachable para poder dedicarse a la política. Las personas han perdido la oportunidad de equivocarse, de evolucionar, sea en lo personal o en lo ideológico, o hasta de abrazar un principio básico de nuestro sistema jurídico: reinsertarse y tener una segunda oportunidad tras cometer un error.

Ser una persona normal, es decir, imperfecta, es cada vez más difícil.

Clasismo, sí. El de la formación. Es clasismo porque exige un expediente académico perfecto como si ya hubiéramos alcanzado la igualdad. Incluso la de oportunidades. Como si nacer en uno u otro barrio, contexto familiar o personal no condicionara la capacidad para acabar los estudios básicos, ir a la universidad y hablar cinco idiomas.

Estos tiempos son tan locos que se lee a personas de izquierdas jalear uno de los dogmas del neoliberalismo: algo habrás hecho. Mal. Si eres pobre algo habrás hecho. Si fracasaste en los estudios algo habrás hecho. Esos desclasados neoizquierdistas piensan que nuestros compañeros de generación que dejaron los libros por los andamios lo hicieron por voluntad propia. Según su relato no había alrededor un sistema y un contexto económico y social incentivando que eso sucediera.

Hemos fracasado por encima de nuestras posibilidades. Un nuevo eslogan.

Todo esto implica asumir también que el sistema educativo es perfecto y que, por tanto, haber pasado por todas sus etapas te hace inevitablemente más capaz. Según esos parámetros y estando en un país en el que la educación obligatoria premia la memoria, un presidente registrador de la propiedad es lo mejor que nos tendría que haber pasado nunca.

Implica asumir, además, que el sistema educativo no es uniformizador y evalúa de manera justa y objetiva capacidades distintas.

No es verdad.

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El bebé de Bescansa

La política de gestos no se inventó ayer. Carme Chacón no fue ministra de Defensa por casualidad. Una mujer embarazada, de izquierdas y catalana pasando revista a las tropas era una fotografía necesaria. Había que aprovechar tanta casualidad junta para llevar ante la sociedad la normalidad de una institución con imagen arcaica y para agitar las anormalidades que aún perviven en ella.

El gesto de Bescansa también es defendible. Hay que hablar de qué ocurre con las carreras profesionales de madres lactantes. También podría haber sido un diputado padre, para recordar que este no es un asunto de mujeres.

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