No hay violencia en este currículum

Un clasismo creativo y mejorado, reinventado en esta década y abrazado incluso por la izquierda, exige ahora un pasado intachable para poder dedicarse a la política. Las personas han perdido la oportunidad de equivocarse, de evolucionar, sea en lo personal o en lo ideológico, o hasta de abrazar un principio básico de nuestro sistema jurídico: reinsertarse y tener una segunda oportunidad tras cometer un error.

Ser una persona normal, es decir, imperfecta, es cada vez más difícil.

Clasismo, sí. El de la formación. Es clasismo porque exige un expediente académico perfecto como si ya hubiéramos alcanzado la igualdad. Incluso la de oportunidades. Como si nacer en uno u otro barrio, contexto familiar o personal no condicionara la capacidad para acabar los estudios básicos, ir a la universidad y hablar cinco idiomas.

Estos tiempos son tan locos que se lee a personas de izquierdas jalear uno de los dogmas del neoliberalismo: algo habrás hecho. Mal. Si eres pobre algo habrás hecho. Si fracasaste en los estudios algo habrás hecho. Esos desclasados neoizquierdistas piensan que nuestros compañeros de generación que dejaron los libros por los andamios lo hicieron por voluntad propia. Según su relato no había alrededor un sistema y un contexto económico y social incentivando que eso sucediera.

Hemos fracasado por encima de nuestras posibilidades. Un nuevo eslogan.

Todo esto implica asumir también que el sistema educativo es perfecto y que, por tanto, haber pasado por todas sus etapas te hace inevitablemente más capaz. Según esos parámetros y estando en un país en el que la educación obligatoria premia la memoria, un presidente registrador de la propiedad es lo mejor que nos tendría que haber pasado nunca.

Implica asumir, además, que el sistema educativo no es uniformizador y evalúa de manera justa y objetiva capacidades distintas.

No es verdad.

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El bebé de Bescansa

La política de gestos no se inventó ayer. Carme Chacón no fue ministra de Defensa por casualidad. Una mujer embarazada, de izquierdas y catalana pasando revista a las tropas era una fotografía necesaria. Había que aprovechar tanta casualidad junta para llevar ante la sociedad la normalidad de una institución con imagen arcaica y para agitar las anormalidades que aún perviven en ella.

El gesto de Bescansa también es defendible. Hay que hablar de qué ocurre con las carreras profesionales de madres lactantes. También podría haber sido un diputado padre, para recordar que este no es un asunto de mujeres.

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El multipartidismo es divertido

Mucha gente se ha pasado años pidiendo el fin del bipartidismo y ahora, cuando llega, no sabe comportarse de acuerdo a ese escenario. Quizá porque en realidad estaba pidiendo otra cosa.

El multipartidismo consiste en negociar y en ceder. Lo contrario a las victorias y a las imposiciones.

Es normal que un acuerdo de la CUP invistiendo a un presidente de CDC le chirríe a cualquier catalán que no simpatice con este partido. Hay falta de costumbre.

En realidad, lo extraño no es que un partido anticapitalista pacte con uno liberal y de derechas; que quizá también. Lo extraño es el contenido del pacto y que teniéndolo todo a favor haya sido tan mal negociador.

Es una lección. Cuando quienes tiran de una cuerda son los primeros interesados en que no se rompa (y el independentismo lo que menos necesitaba eran nuevas elecciones) el final del juego suele ser una mofa de la que nadie sale contento.

Las cabezas israelíes y palestinas valen lo mismo. En un sistema parlamentario a menudo valen más las de grupos minoritarios.

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La nación de un solo hombre

Los independentistas tendrían que estar indignados con Artur Mas y el conjunto de Junts pel Sí. La CUP, un partido que asumió un compromiso de campaña y lo mantuvo hasta el final, es si acaso culpable de haber puesto en riesgo su propia estructura preguntando a sus bases por algo que ya estaba consensuado.

Los que han ligado sus anhelos políticos y de Estado a un solo hombre deben de sentirse muy débiles, o débiles sienten esos anhelos. En su momento sorprendió que ERC aceptara una candidatura salvavidas de Mas que encima ni siquiera ha servido para eso. Y ahora qué, ¿volverán a poner el interés del hombre mayúsculo venido a menos y de un partido moribundo y ya sin siglas por encima del país?

“El procés” seguirá adelante, es evidente. Todos los años desde 2012 iban a ser el de la libertad y 2016 no se quedará atrás. Pero mirad bien qué ha cambiado en Catalunya desde entonces.

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Bienvenidos

Bienvenidos a la democracia parlamentaria. Por fin.

El resultado de las elecciones es el peor que podrían esperar los cuatro nuevos grandes partidos porque les obliga a retratarse. Todos deben salvar España (qué digo España, ¡el mundo!) salvándose a sí mismos. Conjugar ambas cosas va a necesitar de sexo, drogas y mucha inteligencia. ¿Por ese orden? Pues quizá, ya todo es posible.

El PP tiene la legitimidad de ser el primero en intentar formar gobierno. Es ahora cuando va a comprender de qué sirve en un sistema parlamentario jugar a la exclusión y la agitación visceral permanente. Rajoy (como ya le enseñó su predecesor y ahora enemigo) ha dinamitado todos los puentes de entendimiento que le podrían servir para salvar la silla. A la hora de pactar importa más no causar rechazo que generar afecto, como tanto se ha repetido estos días. Sólo tiene el cariño inevitable de Ciudadanos y es insuficiente.

Todo el mundo mira al PSOE con cara de pena. El PSOE, experto en destruirse a sí mismo, mira a los demás con la misma cara de pena y a los suyos con hambre caníbal. El espectáculo será dantesco. Como siempre. Estos días va a recibir presiones para dejar gobernar a Rajoy, es cierto; como lo es que muchos están deseando que eso pase para confirmar su propio discurso y poder rematar a un partido que a pesar de sus enemigos y a pesar de sus dirigentes no acaba de morir. Ay, qué ilusos.

En realidad el PSOE lo tiene muy fácil. Del mismo modo que Rajoy tiene la legitimidad de buscar apoyos, Pedro Sánchez tiene la de liderar la alternativa. Basta con que presenten a su candidato con un programa social y de Estado que las fuerzas de la izquierda no puedan rechazar y dejarse querer o matar. Una y otra vez. Si sale, bien. Si no sale, nuevas elecciones y que la gente, ese concepto de moda, decida.

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