Nostalgia de cosas que nunca han ocurrido

Yo era muy rarito porque me gustaba leer. En mis cumpleaños me regalaban libros pero siempre resaltando mi exotismo y recordándome de forma indirecta que podría ser “normal”; o sea, gustarme el fútbol cuando era un niño y tocarle las tetas a las niñas cuando crecí un poco más.

Esas son las dos principales actividades que recuerdo de mis iguales.

¿Recordarán los nuevos abuelos cebolleta cuáles eran sus intereses adolescentes? ¿Habrán hablado alguna vez con sus propios abuelos o con cualquier mayor de sus pueblos?

Es posible que pertenezca a la última generación que creció sin internet ni dispositivos móviles. Nací en 1986 y los restos de aquella década, y también los 90, nos permitieron conocer o intuir con bastante precisión cómo fue la España de nuestros padres y abuelos.

Ahora está más desdibujada, entre otras cosas porque ellos empiezan a faltar y van llevándose consigo un modo de vida. Así ha ocurrido siempre. La generación de mis padres empieza a ser la de los abuelos y mis compañeros de instituto ya disfrutan la paternidad. Este relevo me permite contarle algo a los más jóvenes: os están engañando. Un tipo de engaño que se lleva repitiendo desde los tiempos de Sócrates pero que se ceba ahora con toda esa tecnología de la que nosotros no disfrutamos.

La prensa, las redes sociales y los bares se han llenado de pequeños nostálgicos del papel o de la vida analógica que han superado con creces la definición del fetichismo, envolviendo pequeños detalles intrascendentes para la historia en una suerte de superioridad generacional e intelectual.

En 1991 mucha gente leía en el metro. Otra gente prefería dormir. Otra pensar en sus mierdas. Otra hablar de intrascendencias. O sea, todo como ahora. Pero, ¡oh!, es que ahora los jóvenes tienen móviles y los miran.

En 1991 los niños íbamos a los museos y no nos enterábamos de nada. O sí. Y no nos gustaba nada. O nos gustaba mucho. Pero, ¡oh!, es que ahora llevan una tableta en la mano y la usan: ¡hagámosles una foto para escarnio popular!

Os contaré un secreto, nuevos jóvenes: no os sintáis mal por no ver conversaciones sobre el idealismo alemán en el transporte público ni a niños recitando a Sófocles en las esquinas. Esto nunca ha pasado. Desde luego, no de forma masiva.

Mi abuela quería aprender a coser pero no pudo porque era pobre y la mandaban al monte con las ovejas. Mi madre quiso aprender matemáticas pero no pudo porque era pobre y la beca para el hijo del alcalde, así que aprendió a coser por obra y gracia de la Sección Femenina. Buscad esto último en Google.

Yo no quería aprender a coser ni tampoco matemáticas, pero cuando tuve internet me flipé durante horas leyendo información de actualidad, investigando historia o escribiendo textos literarios. Mis padres se pasaron años atizándome por la pérdida de tiempo hasta que por casualidad me descubrieron un blog. Ese día entendieron que no estaba jugando a “los marcianitos” (qué suerte tenéis si ya no escucháis la frase viejuna por excelencia) y que esto era una potente herramienta cuyo uso depende de tus intereses. Cerré aquel blog muerto de vergüenza cuando en cuestión de días descubrí a medio barrio leyéndome. En lidiar con el anonimato y entender que la red nunca lo es también fuimos algo pioneros.

Mis padres estaban desconectados de mi nueva realidad, que acabó siendo suya. Resulta más llamativo que en pleno 2018 mucha gente que ya pertenece al submundo de las redes sociales permanezca instalada, dentro de él, en el discurso de “los marcianitos”.

Los niños con los que creció mi padre, me contaba él, solo querían tirar piedras y liarla parda. Él, adolescente y melena al viento, lo que quería era aprender a tocar la guitarra y a cantar. Mi abuelo le decía “Eres un yeyé”, que quizá sea el mejor insulto del mundo.

Es curioso que los intereses de los niños con los que creció mi padre en un pueblo de Córdoba, o los del rural gallego en el que creció mi madre, se pareciesen tanto a los madrileños con los que me crié casi cuarenta años después (fui un producto tardío, sí). Y es casi seguro que esos intereses permanecen en los chavales de hoy. Sin embargo, también tienen potentes herramientas tecnológicas que les permiten cultivar su curiosidad, ahondar en aquello que les estimula y conocer gente con intereses compartidos.

Hace cuarenta años los adolescentes se mataban a pajas, escribían cartas de amor de dudosa calidad literaria, perdían el tiempo durante horas en cualquier plaza y difundían leyendas urbanas. Otros leían a Kant, aprendían a tocar el piano e inventaban productos que cambiarían el mundo. Algunos hasta tenían tiempo para perderlo en plazas, cambiar el mundo y empezar a sacar a sus familias adelante, todo a la vez.

Hoy sigue siendo igual pero con herramientas que difunden todo lo que esos adolescentes hacen y que les acercan lo que hacen otros. Mientras, son observados con condescendencia y arrogancia por gente que ha olvidado su propia infancia y adolescencia. Gente que le cuenta a sus hijos que en su casa había una tele con más culo que pantalla pero obvia decir que cuando el abuelo (o sea, su padre) ponía el Telediario huía como de la peste porque la conciencia social le creció más bien tarde. Gente que se ha sentido muy reflejada en la primera línea del párrafo anterior sin reparar en que es una perfecta descripción de Twitter.

A quién queréis engañar.

Vivimos rodeados de nostalgia por cosas que nunca han ocurrido y de miedo por otras que jamás pasarán.

Cuando alguien está mirando una pantalla puede estar leyendo filosofía, jugando, escribiendo un futuro Nobel, aprendiendo cocina o quedando para follar. O sea, lo de siempre. Incluso es probable que esté trabajando o echando horas extras a través de un sistema precario que les esclaviza y les persigue a cualquier hora vía correo electrónico. Ofrecer una buena educación emocional a los niños para que sean buenos ante las pantallas y ante la vida es más urgente que preocuparse por la existencia de unas pantallas que evolucionarán pero ya no desaparecerán. Los problemas que ocurren allí dentro siguen siendo idénticos a los ya conocidos pero algo magnificados.

También son magnas las virtudes. Ojalá hubiera tenido acceso a internet con diez años, cuando era un niño solitario sin referentes; o Twitter con 14, cuando ni conocía gente con mis mismas aficiones ni tenía habilidades sociales para entrar a la tía que me gustaba.

Estoy convencido de que a mi abuela le habría maravillado saber que existen cientos de personas subiendo vídeos de costura a Youtube, que mi madre habría querido leer ciencia desde su casa antes de emigrar con una maleta vieja en busca de un futuro mejor y que mi padre, de haber crecido hoy, habría sido un instagramer de incalculable éxito.

Al menos puedo decir que de alguna manera todos cumplieron su sueño: cosían, administraban, cantaban y tocaban la guitarra. Y oye, muy bien. Como lo harán las siguientes generaciones. Una y otra vez.