Una red de prisas, egos y banalidades

En sus inicios Twitter era mucho menos popular que hoy. Por eso hay algo que ha cambiado desde entonces (y se nota): lo que se comenta allí es más parecido a la realidad social, a lo que piensa la gente; aunque lo que piense la gente a veces desilusione.

De ser una red un tanto elitista (y quizá por ello más útil para según qué cosas) ha pasado a tener representadas a todas las capas sociales, con independencia de su formación o de la temática que deseen tratar. Es esto lo que la convierte en una posible buena experiencia para los políticos, a quienes se les presupone interés por pulsar el ánimo general. Twitter permite encontrarse con lo que preocupa a un ciudadano normal y con preguntas que, tal vez, no nos habríamos hecho solos; y sobre todo facilita que partidos, organizaciones e instituciones coloquen fácilmente su mensaje ante los medios tradicionales, los que siguen teniendo mayor penetración e impacto social.

Muchas ventajas, sí. Una utopía aparentemente democrática con la que no cambiaremos el mundo (a pesar de los mitos) pero que nos acerca buenas posibilidades para jugar con él. ¿Inconvenientes? Han sido muchos los políticos o artistas que han entrado en la red como elefante en cacharrería, con mejores o peores estrategias. Pero es mucho peor la incidencia que puede tener en el futuro del periodismo. ¿Twitter acabará con él? ¿Ya no son necesarios los intermediarios? No, tampoco ese mito absurdo (o deseo interesado de algunos) es correcto. La realidad es más triste: algunos periodistas parecen empeñados en tumbar su trabajo a palazos utilizando Twitter para mostrar, en directo y sin filtros, sus profundas carencias.

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