La radio antigua

Vivimos rodeados de gente que lamenta el cierre de medios que nunca consumió o de cafeterías en las que nunca entró. También de gente que lleva años anunciando el fin del periodismo pero que se queja de los textos largos, de los reportajes de televisión elaborados y que quiere que se lo den todo mascado en dos minutos y a ser posible entre memes de gatitos. Gente a la que no le importa presumir de ignorancia o de pereza pero que en cambio exige a los otros su parte de esfuerzo y grita muy fuerte antes siquiera de tener un dato que blandir.

Es posible que siempre fuese así. Las redes sociales y los contadores de visitas en las web solo nos han servido para entender que nadie leía los periódicos enteros y que aquellos escritores que fueron de prestigio estaban allí por la confianza de los editores. No se podía medir, como ahora, cuántos segundos se posaban en ellos los ojos de cada lector. Con el contexto mediático actual nunca habríamos tenido apellidos ilustres en las contraportadas. Ya no es el prestigio ni el compromiso lo que da dinero.

Descubierto el engaño aún hay quien se atreve a hacer cosas poco comerciales para, encima, triunfar con ellas. Jordi Évole en La Sexta, metiendo en prime time programas largos sobre temas relevantes, o Carlos Alsina haciendo una radio de cadencia tradicional que muchos llamarían antigua. Porque al parecer es antiguo destinar 18 minutos a un monólogo sobre la historia del ébola y, al parecer, lo es hacer un programa como el de esta mañana desde la frontera con Hungría para hablar de los refugiados sirios; dibujando un retrato de la realidad que emociona e informa a partes iguales.

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