“Queremos cambio, no recambio”

Lo que hizo ayer Pablo Iglesias es muy grave. Lo que se ha hecho después para justificarle es casi peor.

¿Corporativismo en la prensa? La frase anterior no la firmarían, por convicción, muchos periodistas que han salido a defenderle. Por razones obvias ninguna profesión está tan expuesta al escrutinio público. En ninguna vemos, por ello, tantos ataques de compañeros entre sí. A diario.

Esto es bueno. Al periodismo se viene llorado de casa.

La prensa, como la política, puede ser criticada por cualquiera. Cuando se es político existen unos códigos. Pablo Iglesias es político y además un cargo público; esté en una universidad, en el Congreso o en su casa. Esa suerte de excusita que busca disfrazar de análisis académico sus frases polémicas ya no cuela. La representación jamás se despega del personaje que la ejerce.

Fue Pablo Iglesias quien acompañó (según su relato ese es el verbo correcto) a un grupo de estudiantes a gritar “Fuera políticos de la universidad”. Pero él tiene una doble vida. Una doble alma. Es el puto amo. No es político sino un pensador.

Y Rajoy sólo un pelele con ruedines. Vaya cara.

En cualquier caso, en el ámbito académico y en su nombre también se dicen a diario barbaridades reprobables. Ay, la humildad.

Pablo Iglesias no criticó ayer a la prensa o la vileza del sistema. Hizo algo más: señaló a un periodista en concreto ante un auditorio que él sabía dispuesto a reír su gracia. Nos ha dicho tantas veces que Podemos no es de izquierdas, que ese es un marco superado, que al final nos ha convencido por la vía de los hechos: la izquierda jamás señalaría al último peón del tablero.

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La radio antigua

Vivimos rodeados de gente que lamenta el cierre de medios que nunca consumió o de cafeterías en las que nunca entró. También de gente que lleva años anunciando el fin del periodismo pero que se queja de los textos largos, de los reportajes de televisión elaborados y que quiere que se lo den todo mascado en dos minutos y a ser posible entre memes de gatitos. Gente a la que no le importa presumir de ignorancia o de pereza pero que en cambio exige a los otros su parte de esfuerzo y grita muy fuerte antes siquiera de tener un dato que blandir.

Es posible que siempre fuese así. Las redes sociales y los contadores de visitas en las web solo nos han servido para entender que nadie leía los periódicos enteros y que aquellos escritores que fueron de prestigio estaban allí por la confianza de los editores. No se podía medir, como ahora, cuántos segundos se posaban en ellos los ojos de cada lector. Con el contexto mediático actual nunca habríamos tenido apellidos ilustres en las contraportadas. Ya no es el prestigio ni el compromiso lo que da dinero.

Descubierto el engaño aún hay quien se atreve a hacer cosas poco comerciales para, encima, triunfar con ellas. Jordi Évole en La Sexta, metiendo en prime time programas largos sobre temas relevantes, o Carlos Alsina haciendo una radio de cadencia tradicional que muchos llamarían antigua. Porque al parecer es antiguo destinar 18 minutos a un monólogo sobre la historia del ébola y, al parecer, lo es hacer un programa como el de esta mañana desde la frontera con Hungría para hablar de los refugiados sirios; dibujando un retrato de la realidad que emociona e informa a partes iguales.

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Nuestra foto

¿Había que publicar la foto? Es un debate que aparece periódicamente en los medios de comunicación, ahora en las redes sociales. Algunos creen que los límites son las vísceras, la sangre. Lo agradable que sea la imagen. Yo creo que el límite es la causa. Una foto por un accidente, catástrofe natural o incluso atentado político en un país de nuestro entorno no aporta nada. La escena de un niño muriendo en la puerta de nuestra casa tras huir de una guerra, sí.

Es curioso que los argumentos principales en estos casos suelan ser lo mucho o no que nos molesta. A nosotros. Que no está mal publicarla si se avisa. ¿De qué? Si yo estuviera en el consejo de redacción de un periódico o una tele te diría que la comodidad que supone la mezcla de tu sofá y tu tranquila ignorancia no me importa y que el periodismo imparcial tampoco porque nunca ha existido. El periodismo se inventó para contar lo que hay pero también para remover conciencias, algo que con suerte hace una vez al año.

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Servicio público con peluches

La Voz de Galicia ha vuelto a hacerlo.

Este medio tan poco considerado y atendido a nivel español inició hace años un género periodístico que podríamos llamar sucesos peluchísticos. En realidad La Voz ha inventado muchas otras cosas de esas que me hacen pensar “joder, yo quiero trabajar con estos tíos”. Pero no caben aquí.

Vamos con lo peluchístico. En 2014, por ejemplo, dieron una de sus alertas: “La última vez que vieron a Manolito fue encima de un pivote en la calle al lado del Gadis de los Castros. Desde entonces no hay noticias del peluche”. La historia no era baladí y recogía este testimonio desgarrador: “En el cartel [la madre] informa de que «se recompensa». «No tengo mucho dinero, pero estoy dispuesta a lo que sea», asegura”.

La Voz también se hizo eco de noticias alegres entre la tristeza. En 2013 un niño perdió a su dinosaurio en el accidente de Angrois. Y lo encontró. Un año después perdió a su perro Nero. ¡También apareció!

Aún antes, en 2011, La Voz ayudó a encontrar a Orejitas, perdido en la Ciudad Vieja coruñesa. Los padres de su dueña empapelaron las calles y una señora se puso en contacto para el rescate gracias a la labor del periódico.

Peluches perdidos en Santiago, en Vigo o en Coruña. Galicia entera sufre un drama que ni el de la droga en los 80.

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La pluralidad independentista de TV3

Existen elementos para afirmar que TV3 es la mejor televisión pública del Estado, también por su calidad informativa. Pero del mismo modo, analizando el marco comunicativo catalán junto al de otras Comunidades, es fácil observar que los propios espectadores de TV3 y del resto de medios propios de Cataluña no son conscientes desde dentro de las particularidades del suyo. Quizá por eso, lo que son acciones de parte allí no se perciben como tal.

Sí han visto algo sus órganos de control. El Consell de l’Audiovisual de Catalunya ha emitido un comunicado con una evidencia.

“Malgrat que s’observen opinions divergents pel que fa al desenvolupament del procés sobiranista, totes les veus presents en el programa es mostren coincidents en la necessitat de la seva execució, sense que s’identifiqui cap participant en el debat que manifesti una opinió discordant amb el procés sobiranista, ni en el seu plantejament ni en la seva execució”.

El debate referido (del programa .CAT) no es el único de TV3 o Catalunya Ràdio del que se puede extraer esta conclusión: debates en los que la diferencia es de matiz ideológico o procedimental, pero no sobre el fondo. Hay acuerdo en que la independencia es una buena idea o en el derecho a la autodeterminación entre gente que discrepa sobre cómo llevarlo a cabo. En cambio, esta no es una opinión unánime en la sociedad de la que TV3 es televisión pública.

Aún así, hay que tener aún más cuidado con las cadenas falsamente plurales. La opinión, en realidad, no se construye en los debates sino en los programas informativos, y los debates con una amplia representación de ideas pueden ser un elemento anexo estupendo para manipular.

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