Trump, el inesperado antisistema

Cuando los británicos decidieron abandonar la Unión Europea el continente se levantó de resaca y tachó a sus votantes y políticos de irresponsables, de suicidas y de ignorantes. Cuando los colombianos, tras décadas de guerra, decidieron que no aprobaban el acuerdo de paz que proponía el presidente Santos, el mundo volvió a quedarse contrariado. Hoy la consigna es que los estadounidenses también son irresponsables, suicidas e ignorantes.

Podríamos, en cambio, hacer un esfuerzo paralelo de gran utilidad: no dar más importancia a las consecuencias que al origen de los problemas. La mayoría de electores que ha optado por Trump no responden a un prototipo de ciudadano sin estudios, que porta armas de fuego, es machista y homófobo y además quiere deportar a su vecino hispano. Si fuese así, Obama jamás habría sido presidente. Tampoco se han vuelto locos en cuatro años.

Dentro de unos meses votan los franceses y hoy Le Pen ha felicitado la victoria de su candidato amigo. Si dejamos de creernos moralmente superiores a todo lo que se mueve a nuestro alrededor y regresamos al pragmatismo y la acción, estaremos preparados para evitar que Trump le devuelva el gesto de cortesía el próximo mes de mayo.

Buena parte de los votantes del populismo ultraderechista francés vienen de la izquierda desencantada. Los estudios postelectorales de las elecciones catalanas en la que una plataforma xenófoba estuvo a punto de acceder al Parlament comprobaron, con estupor, que habían recibido a viejos votantes del PSC. Hoy, Trump, es el resultado de otra evidencia: cada vez los Estados del mundo son más iguales entre sí pero cada vez las sociedades dentro de los Estados son más desiguales entre clases e incluso entre generaciones. Desigualdades, estas últimas, que se empiezan a hacer muy visibles en los Estados occidentales y están tumbando sistemas políticos. Lo acabamos de ver en España. Ahora pensad qué candidato de los dos era el perfecto representante del ‘statu quo’ en la elección de este martes.

Desde una perspectiva europea es muy loco pensar que Donald Trump, un multimillonario chalado que parece sacado de una serie de comedia, pueda convertirse en un perfecto antisistema. En el contexto americano puede no ser una idea tan descabellada. Cada vez que un medio de comunicación más, una gran corporación más o un artista más se sumaba a la campaña de Hillary Clinton, Trump reforzaba la suya situándola visualmente frente al ‘establishment’. Ha tenido que llegar su victoria para que el prodemócrata The New York Times nos lo cuente en su titular de apertura.

Claro que es sólo una idea abstracta. Trump es parte del sistema y además está en su cúspide privilegiada. El discurso de Trump aplasta a las minorías y sus intereses personales son contrarios a los de la clase media norteamericana. Pero esa clase media necesita respuestas y ruptura. Si no hay formas responsables de romper los desesperados suelen optar por cualquier otra que esté a su alcance.

La trampa de una campaña centrada en destacar las salidas de tono de Trump, hecha a la defensiva desde el lado demócrata, estaba en que eso es justo lo que ha impedido al partido hasta ahora en el poder hablar de las ideas y los proyectos políticos o incluso defender una gestión más que razonable, en muchos aspectos histórica, del presidente saliente. Pero hemos de reconocer, ahora que la tormenta ha estallado, que la candidata demócrata era perfecta para ser abatida en este contexto. Tenía todos los componentes del poder clásico que genera tanto rechazo. Hay una política, y un estilo de hacerla, que ya no funciona ni en Estados Unidos ni en Europa.

Resulta explicativa, aunque decepcionante, la actitud de Hillary Clinton no compareciendo esta noche y pidiendo a sus seguidores, a través de un representante de su campaña, que se marchen a dormir. Resume cómo se ha llegado a esta derrota y hasta qué punto no ha entendido nada. Aún tendremos que leer que la culpa fue de quien sí lo entendió: Bernie Sanders.

Los sectores de la sociedad americana y europea que se están echando en manos de populismos de diversa índole son precisamente los que debería representar la izquierda. Al margen del componente de las minorías étnicas, tan importante en la política americana; son las clases medias, obreras, trabajadoras, llámalas como quieras, las que piden soluciones a gritos. La izquierda europea y los liberales americanos, en cambio, están muy ocupados insultándoles, paseando su superioridad moral e intelectual por la cara de los que sufren y no ofreciendo ninguna alternativa tangible. Y cuando nadie ofrece alternativas un hombre naranja, soez, maleducado e inculto puede ser presidente de los Estados Unidos de América con el voto incluido de pobres, negros y latinos. O una fascista puede ser presidenta de la república francesa gracias a quienes en otras épocas votaron a la izquierda.

Las encuestas han fallado y el clima de opinión creado por los medios no se ha correspondido, una vez más, con los acontecimientos posteriores. Quienes se dedican a ello podrán estudiar si existen problemas metodológicos concretos pero ya resulta evidente que hay otro general: el mundo está cambiando de una forma que nos viene grande. Responde a parámetros nuevos y necesitamos revisar el modo en que interpretamos la realidad. La vieja guerra entre lo cuantitativo y lo cualitativo sigue vigente: la estadística es una herramienta más, muy útil y necesaria, pero no es la única que nos ofrecen las ciencias sociales. Si convertimos disciplinas como la ciencia política en una mera sucesión de gráficos que colocar en los medios seguiremos haciendo el ridículo y perdiendo prestigio elección tras elección. A los que hoy redactan artículos con aires científicos, con una sola hora de margen, sobre “por qué fallaron las encuestas”, preguntadles por qué no redactaron uno tan científico, una hora antes, anunciando “por qué fallarán las encuestas”. Es destacable que esto lo hagan aquellos que menospreciaban a los periodistas porque no estaban preparados para analizar la actualidad.