Ni Feijóo es Galicia ni falta que le hace

Ayer se celebró el debate electoral en Galicia. No os quiero asustar pero es muy probable que Alberto Núñez Feijóo revalide su mayoría absoluta. Ocurra o no, va a ser la primera fuerza.

El día después de las elecciones empezarán las risas y las superioridades morales y pseudoétnicas, como si buena parte de los españoles no viviera, de hecho, en territorios sin cambios de gobierno frecuentes: Euskadi, Dios, fueros y PNV; Catalunya, casi toda la democracia con presidentes ‘convergents’; Andalucía, cortijo socialista; o Madrid, donde, se presente como se presente, el neoliberalismo corrupto arrasa.

Así que antes de soltar tópicos, cual urbanita hablando de montes que arden, vamos a ponernos en contexto. Feijóo no da miedo. Los votantes más politizados de la izquierda pueden agitar sus contradicciones, su mala gestión económica, la destrucción del territorio y su foto con el narco Marcial Dorado. Pero Feijóo sigue sin ser Esperanza Aguirre, Cospedal o, tirando más cerca, un miembro del clan Baltar.

Feijóo se ha ocupado de tener ese aspecto de hombre tranquilo, centrado, que de vez en cuando se hace socialdemócrata para mantener las tasas universitarias bajas en Galicia, amable defensor de los derechos civiles o verso suelto para enfrentarse a la corrupción genovesa. No importa que la imagen responda a la realidad: la imagen ya existe. Y ha conseguido algo aún más importante: dar otra vuelta de tuerca a la absorción del galeguismo de centroderecha, identificando al PP con Galicia como ya hace años consiguió hacer su mismo partido en la Comunitat Valenciana. La cultura, la lengua, la tradición y la identificación nacional pasan inexcusablemente por el PP. Feijóo tiene carisma. El de un percebe, sí: soso pero efectivo, sofisticado y “do país”.

Así que ayer se comió a sus contrincantes teniéndolo todo en contra. Hablemos de eso, de lo que tiene enfrente; de esos candidatos a los que según las encuestas prácticamente ningún gallego conoce porque acaban de llegar.

El Partido Socialista de Galicia tuvo que elegir uno inesperado después de que el previsto fuera imputado. Mal comienzo, amigos. Se apellida Leiceaga y es un tipo triste y gris. Profesor de economía, sabe mucho de eso pero soporta las mochilas de su partido, que son las suyas propias, y es incapaz de mirar a una cámara y despertar un mínimo ápice de ilusión. Un funcionario. Un, lo siento, Rajoy sin barba. Por seguir los símiles anteriores: un congrio. En empanada. Sus compañeros de filas se han pasado los últimos dos meses montando un sainete por la formación de las listas, con disputas entre familias y de estas con la dirección Federal. Los jóvenes, justo antes de ponerse a hacer campaña, se han dedicado a mandar comunicados de prensa con críticas internas. El rey de Vigo, Abel Caballero, tampoco ayuda mucho. Es, para que lo entendáis fuera, la Susana Díaz gallega con aún más vitaminas, minerales y taras mentales.

Después tenemos a En Marea, un cúmulo de cosas surgido de otro cúmulo de cosas que a su vez hace cuatro años sirvió para engendrar Podemos. Esto no es criticable salvo que, como el PSdeG, cada miembro del bicho se pase un verano entero discutiendo sobre sí mismo mientras Feijóo hace campaña por Galicia, muerto de risa y con un adelanto electoral en la mano que deja a toda su oposición en bragas porque, vaya, ¡nadie lo esperaba! Podríamos hacer una metáfora con las subidas de las mareas y lo que pasa con los despistados que dejan la toalla en la playa pero para qué. El caso es que los mareos han elegido a un juez para representarles, siguiendo esa extraña moda de colocar a gente con la cabeza cuadriculada a hacer política. El resultado ya se vio anoche. Luis Villares le ponía ganas pero sólo eso. No se ha aprendido la lección porque no tiene ninguna: es probable que ningún gallego conozca, a unos días de votar, cuáles son las grandes propuestas de En Marea para solucionar su futuro. Eso sí, todos están informadísimos sobre cuántos partidos forman el partido instrumental, qué es un partido instrumental, cuántos nacionalistas hay, cuántos federalistas y no sé qué de una diputada de un bando llamando “puta coja” a la líder de los otros. Nada que añadir que no sean lágrimas.

Con este panorama, una legislación electoral y distribución de escaños que ayuda al PP, las fuerzas mediáticas a su favor y un contexto español que deja hecho a Feijóo el discurso de campaña (“yo o el caos y conmigo no os va tan mal”), el resultado del día 25 es bastante previsible.

Ah, ya. Que falta alguien, ¿no?

Nadie tiene la sensación de que Ciudadanos se esté presentando a las elecciones al Parlamento de Galicia. Ni siquiera está claro que sepan dónde está Galicia ni que ellos estén allí. Nos hablan desde su nave nodriza, que al parecer es un autobús con faltas de ortografía, donde experimentan con catalanadas varias, conflictos lingüísticos de aldeanos y no sé qué cosas más. Ni merecen comentario ni merecen un solo voto. No digamos un escaño. Entre una Galicia con mayoría absoluta de Feijoó y otra controlada por la regeneración de Cristina Losada, no dudéis: Feijóo es nuestro héroe nacional.

Ana Pontón, candidata del Bloque Nacionalista Galego, no se merece las hostias a la izquierda. Es buena, es muy buena, y ayer fue la única que plantó cara al narcopresidente. La única, de hecho, que mencionó sus amistades y puntos negros, la única que le miró a la cara, sin leer todo el tiempo, y que supo poner sobre la mesa los grandes problemas sociales y económicos de Galicia, la única que demuestra un conocimiento del territorio y sus conflictos a la altura de una presidenta. Pero es que, tíos, es del Bloque. Tarde.

Feijóo no se merece cuatro años más. Galicia no los soportará. Pero la culpa de su victoria no la tiene Galicia ni que los gallegos sean idiotas. Los mismos gallegos, por cierto, que eligieron mayoritariamente a la izquierda en las elecciones generales de 2015 y que confían sus ciudades y grandes municipios a la misma izquierda, de nuevas o viejas siglas.

La culpa, otra vez, es de ese cainismo casposo y vergonzoso que abandona a los suyos para repartirse miserias sin intentar, al menos por una vez, cambiar de verdad la realidad.

Nadie paga a traidores. Nadie.