En catalán, marmota también se dice marmota

Otra ‘Diada’, la quinta desde aquella en la que Artur Mas descubrió (junto con que era independentista) que tenía un plan maestro que luego resultó que ni era maestro ni tampoco un plan.

El día después, que es el de hoy, todos repiten lo mismo por quinta vez. Unos, que los principios del Estado de Derecho no se tocan, que una Constitución es una cosa muy seria y que la democracia o se ajusta a la ley y la respeta o no es democracia. Otros, que siguen teniendo un plan maestro tan claro, tan infalible y con tanto apoyo popular que no saben exactamente cómo van a llevarlo a cabo ni en qué consiste; o sea, que siguen sin tener un plan.

Lo que dicen unos es cierto y fácil de defender por cualquier persona que sepa leer y hacer razonamientos básicos. El problema de tener la política española copada por personas del mundo del Derecho es que nadie parece darse cuenta de que la política no acaba en ese análisis sino que es lo que empieza justo después. Así que teniendo claro el estado jurídico de la cuestión falta que alguien se ponga a lo otro, a dar soluciones políticas.

Lo que dicen otros, bueno, ya depende de a quién le preguntes. A menudo hablamos del independentismo o, aún peor, de “los catalanes”, como si fuesen una categoría; por eso cada mes escuchamos que hay que defender de manera entusiasta una hoja de ruta nueva. La realidad es más compleja.

La primera falacia del “procés” está en decir que es un conflicto de Cataluña contra España cuando (aparte de la enorme indiferencia comprobada que causa más allá de la línea imaginaría del Ebro) sería, antes que eso, un conflicto entre catalanes: los que votan a lo que quede de Convergència, los de Esquerra, los del PSC, Podemos, el PP y la CUP. Catalanes son todos esos y no parece haber acuerdo entre ellos para volver a celebrar la ‘Diada’ juntos, ni parece tampoco que ninguno de los bloques esté en condiciones de aplastar al otro con legitimidad (si es que eso se puede hacer en alguna condición).

La segunda gran ilusión es la del enfriamiento. Si alguien sentado sobre los editoriales de ABC cree honestamente que la solución Rajoy, no hacer nada, es de verdad una solución, el bofetón que le va a dar la realidad va a ser épico. Una sociedad y un Estado no pueden vivir eternamente en ciclos de tensión. O hay solución acordada o habrá una en forma de estallido, quizá en 18 meses o quizá en 18 años.

El sentido común y la salud social animan a resolverlo ya, y a pedirle a Rajoy, a Puigdemont y a sus respectivas comparsas que dejen de reírse de catalanes y españoles y se tomen en serio la importancia de sus cargos.