Nos han humillado

Hasta hace un tiempo la política, por muchas buenas razones denostada por los ciudadanos, consistía en proponer ideas nuevas, debatir sobre los asuntos de importancia para la sociedad y gestionarlos bien. Había una serie de estructuras que, funcionasen mejor o peor, iban vestidas con un cierto contenido.

En un momento dado, sin que nos diéramos cuenta, la política pasó a tener más relevancia pero también a ser banalizada. Tras descubrirse su tirón comercial han surgido espectáculos televisivos donde los protagonistas gritan mucho pero nadie sabe por qué discuten. Si se pregunta a un ciudadano medio por sus proyectos sobre empleo, economía, política social o educación no sabrían citar más que generalidades. Titulares. Hay cadenas de televisión que llenan horas de programación ofreciendo eso: titulares de impacto. Cuando acaban, los espectadores tienen la adrenalina a tope pero la misma información que antes de empezar. Y cuando hay debates con platós grises y tipos que, a la antigua usanza, se ven en la obligación de desarrollar ideas, las redes sociales y los grupos de Whatsapp colapsan con mensajes de gente que dice aburrirse, indignada porque el plató es gris y nadie se grita. Las mismas redes y grupos donde los bulos, las manipulaciones y la propaganda disfrutan de su nuevo hábitat natural.

La política tiene que llegar a todo el mundo pero no a costa de ser destruida ni de convertirse en un teatro infame. Los políticos deben estar cerca de la gente pero no participar de la degradación del sistema democrático. Y los políticos de izquierdas no deben cometer el error de jugar con las lógicas del enemigo.

Desde el 20 de diciembre todo el mundo hablaba muy acaloradamente sobre pactos y estrategias, luego sobre “sorpassos”, y atribuía capacidades de divinidad a algunos inteligentes grupos de élite que nunca fallaban porque habían estudiado mucho. Algo así. Pero fallaron. Lo que nadie decía era si entre tanta discrepancia de artificio realmente había un objetivo o estábamos participando en un juego de poderes y vanidades. Ahora toca curar los egos heridos en una noche desastrosa.

Seis meses después de interpretar tres encuestas al día como quien destripa un grajo al amanecer, de teorizar sobre liderazgos y, en general, sobre humo, el Gobierno de España con peor trayectoria social y democrática en décadas, ahogado por la corrupción, sale reforzado en las urnas. ¿Pero quién coló en las portadas de los medios sus grandes mensajes sobre qué iba a mejorar con ellos al mando? Es mejor no responder.

A partir de mañana podremos seguir esta senda del espectáculo y la decadencia pública o madurar juntos. Es ilusionante que se interese por la política mucha más gente que hace diez años, aunque sólo sea para hablar de ella. Lo triste es que eso acabe sirviendo para generar otra nueva ola de desencanto y un nuevo alejamiento.

La izquierda ha sido derrotada en estas elecciones y debe plantearse por qué. La coalición Unidos Podemos ha podido menos que los partidos que la conforman por separado, algo que para muchos era obvio pero que otros necesitaban comprobar empíricamente. Ahí tienen su millón de vacío. El PSOE sigue desangrándose, creyendo que el mundo entero está en su contra, cuando lo que ha hecho es cambiar mientras ellos permanecen escondidos dentro de una caja que empieza a oler a pino fúnebre. Están a tiempo de salir de ella y tendrán que demostrar que esa cansina reivindicación de su historia todavía tiene algún sentido. Uno lejos de Susana Díaz, la sí ‘sorpassada’.

Tras las anteriores elecciones muchos ciudadanos de izquierdas que hoy no nos sentimos cerca de ningún partido pedimos, como otras veces, que no nos fallaran. Algunos creen que Podemos lo hizo por no investir a Pedro Sánchez. Otros que lo hizo el PSOE por pactar con la derecha. Otros no compramos los discursos oficiales y pensamos que nos han fallado ambos. Lo cierto e irrebatible es que esta noche hemos perdido todos.

Podemos generó unas expectativas que hoy le hacen parecer aún más perdedor (es un éxito tener 71 escaños en dos años) y el PSOE siente que respirar es suficiente. Pero han perdido y punto. Los eslóganes no sirven. Ni el IBEX-35, ni el comunismo, ni las grandes coaliciones, ni los bolivarianos a caballo, ni cualquiera de los mantras absurdos que Podemos y PSOE se han arrojado caben ya en los mal llamados argumentarios.

Han perdido. Hemos perdido. Así que preguntémonos si valió la pena. ¿Valió de algo tanta prepotencia clasista de unos y tanto orgullo decadente de otros? ¿Se ríe de algo el “macho alfa” Pablo Iglesias después de agotar una oportunidad colectiva? ¿Lo hacen los mediocres que alardean de una historia socialista que nunca se habría construido con Hernandos y Luenas? ¿Pedís dignidad los podemitas molestos con los aplausos de Ferraz cuando lleváis semanas festejando la inminente desaparición de un partido histórico? ¿Queréis respeto los socialistas vapuleados por la simpleza de un gris registrador de la propiedad que os ningunea sin mover un dedo?

La política es más que fútbol y pasión. La política es mejorar la vida de la gente. La política de izquierdas es además respetar a los abuelos que votan como quieren porque, a diferencia de quienes les insultan y llaman analfabetos, ellos sí pelearon por su derecho a hacerlo. Es también no acusar a los individuos de las estructuras de las que son víctimas. Sí, la clase trabajadora que vota al PP es víctima como lo es la mujer maltratada que no denuncia a su verdugo. Que alguien se sienta ajeno al marco ideológico dominante denota, además de un problema de análisis, otro muy serio de falta de humildad. Pero cuando además ese alguien aspira a gobernar obviando el marco merece, claro, perder.

Diseñar planes de políticas públicas viste menos que hacer danzas alrededor del fuego pero es mejor trabajo para un politólogo. Controlar al poder y servir datos contrastados y contextualizados es más difícil que repetir opiniones previsibles pero es el trabajo de un periodista. Conseguir que la sociedad esté cohesionada bajo un proyecto común lleva más tiempo que intentar ganar el poder tensionando emociones pero es lo que hacen aquellos políticos que pasan a la historia del lado de los buenos.

La gran derrota de esta noche no es la ausencia de ‘sorpasso’ o que el bloque de izquierdas se haya desinflado. Tampoco que todos hayamos hecho el ridículo creyendo que teníamos un análisis irrefutable sobre la complejidad del nuevo sistema de partidos. La gran derrota ha sido confirmada cuando en la calle Génova de Madrid, frente a una sede financiada con dinero negro, una tupa de exaltados ha gritado “Sí se puede”. Han cogido el grito de cansancio y dignidad de una sociedad (y una generación) harta y se han reído de él. El grito que quería parar los desahucios y la venta de la sanidad, el que abría las ventanas podridas de corrupción, se ha usado para celebrar la victoria de un funcionario que cree que las historias de sufrimiento son sólo un dato. El que envió el mensaje a Bárcenas. El que, según nos contó de forma involuntaria su ministro, recibía cumplida información sobre una guerra sucia contra el adversario pagada por todos. Ese.

Es humillante. Nos han humillado. Y la culpa es sólo nuestra y de nuestra propia incompetencia.