PSOE y Podemos: la culpa no es del otro

Queda semana y media de campaña electoral. La izquierda aún está a tiempo de salvarse de sus propios candidatos y de los fanáticos que les replican el discurso. Hagamos historia.

Pablo Iglesias recorre España diciendo que quiere pactar con el PSOE y que su adversario es sólo el Partido Popular. Tiene que repetirlo tanto porque cuando tuvo ocasión de demostrarlo bloqueó cualquier intento. Por si hay dudas: anunciar una propuesta a la prensa antes que a tu socio, decir que quieres pactar con él porque no te fías de él o repartir los cargos sin concretar las políticas (días después de afirmar “jamás seré vicepresidente de un gobierno que no presida”) era sinónimo de bloquear cualquier intento, sí. Una estrategia tan obvia y grande como la puerta de Alcalá. Perseguía tensionar a la otra parte, generar un sentimiento de humillación y agitar a los críticos de Sánchez para acelerar su decadencia. Sobre todo, para restarle legitimidad a la hora de buscar ese mismo pacto y poder culpabilizarle de un fracaso que ya había sido decidido. A la vista está que el objetivo se cumplió.

Las estrategias forman parte de la política desde que inventamos esa palabra. La complicación reside en saber acoplarlas a la coherencia del discurso. Fallan cuando los ciudadanos perciben que el partido se antepone al bien común.

Podemos promete ahora que no habrá líneas rojas. Hace unos meses puso una al PSOE, celebrar un referéndum en Cataluña, justo después de que el PSOE acordase que esa sería la suya pero en sentido inverso. Oh, casualidad: la línea roja elegida hacía imposible el pacto antes de sentarse a negociarlo. La dichosa línea colocaba a Podemos en otra disyuntiva caliente: ¿por qué lo irrenunciable era una consulta territorial y no las medidas sociales sobre vivienda o educación que sí afectan al conjunto del Estado? Consiguieron escapar a ese debate. De momento.

Tercera novedad de Iglesias: no pactará nada con Ciudadanos. Es lo que ha hecho estos meses. Lo que han olvidado muchos votantes es que durante la anterior campaña electoral se recubrió con el barniz de la moderación mostrándose dispuesto a llegar a acuerdos con el PSOE y con Ciudadanos. Con ambos a la vez. Paradojas de la vida, fue después de que el PSOE le arrancara un pacto que jamás habría firmado un partido de derechas cuando, tachán, Ciudadanos se convirtió en el lobo, el demonio, el mal absoluto. Así que, vistos los antecedentes y lo que importan los compromisos de campaña, quizá tras las nuevas elecciones Podemos y Ciudadanos pacten y el PSOE se convierta en el partido “del no”. Por qué no.

Hay otro extraño mantra podemita que necesita a Iker Jiménez. Podemos lleva todo el año diciendo que quiere un gobierno “a la valenciana”. Tanto es así que ellos y sus socios en la Comunitat se presentan bajo esta marca: A la valenciana. Analicemos qué es un gobierno a la valenciana: un gobierno presidido por el Partido Socialista, con miembros de un partido que lleva años trabajando en la oposición y sin presencia de Podemos, que se limita al apoyo parlamentario. ¿Aplaudimos?

Pedro Sánchez también recorre España, en su caso para explicarnos que a estas horas podría ser presidente del Gobierno, no como el de ahora sino uno guay, con sonrisas, guiños cuquis y un plan majísimo para salvar el mundo, pero que no lo es por culpa de Pablo Iglesias. Los suyos le llaman Pablo Manuel Iglesias por respeto al fundador homónimo. El caso es que Pablo Manuel es muy malo y encima comunista. Quien también es comunista es el partido con el que el PSOE lleva 30 años pactando gobiernos locales, autonómicos y acuerdos estatales pero que ahora se ha ido con Podemos, generando un sentimiento de exnovio resentido que mete miedo. En esas estamos.

Pedro Sánchez dice que hay que votar al PSOE por todo lo que ha hecho y en cambio sigue hundiéndose en las encuestas. Los expertos en comunicación saben que es bueno fijarse uno o dos objetivos y centrarse en ellos. Esto Podemos lo domina. Se intuye que el PSOE tiene un programa muy interesante pero pasa el día obligando a la gente a recordar que es el partido de la sanidad universal, las becas justas y la ampliación de los derechos civiles y sociales; así que a lo mejor, haciendo tanta memoria, la gente recuerda lo demás: la corrupción, las incoherencias o el abandono de las políticas socialdemócratas que ahora se reivindican como si fueran una marca registrada y no algo que se ha de acompañar de hechos consecuentes.

La obsesión de esta campaña es un debate teórico que está emocionando en todos los chiringuitos playeros, donde la gente siempre acompaña sardinas y cervecitas con una buena reflexión en torno a Laclau y Mouffe. Resulta que Pablo Manuel es comunista pero ha hecho un viaje a la socialdemocracia por interés electoral. Del viaje que hizo el Partido Socialista aceptando el marco neoliberal y su “fin de la historia” se habla mucho menos. En 2004 el PSOE ganó las elecciones denunciando la precariedad laboral y la burbuja inmobiliaria, pero luego las reformas se centraron en aprovecharse de la riqueza que ese sistema enloquecido generaba en lugar de desactivarlo y preparar una alternativa. Cómo acabó la cosa lo sabe todo el mundo. Si el PSOE se arroga la propiedad del término socialdemocracia ha de explicar por qué los nuevos ayuntamientos de marcas afines a Podemos son más socialdemócratas, gobernando con minorías inestables y la burocracia funcionarial en contra, que sus últimos gobiernos de España, donde todo estaba bien atado. Y tiene que explicarse a sí mismo, sobre todo, por qué nadie se cree que si Podemos no le hubiera movido el suelo electoral sus propuestas y programas sí lo hubieran hecho.

Pedro Sánchez acusa a Pablo (Manuel) Iglesias de poner líneas rojas como si no hubiera sido el partido regionalista andaluz que él tiene federado el que le puso la primera, y bien gorda. El enemigo en casa, con el olor a urnas aún caliente, montó un aquelarre para impedirle pactar con Podemos antes de que pudiera siquiera planteárselo. Pedro Sánchez no sólo pactó con Ciudadanos porque quisiera sino porque no tenía nadie más con quien hacerlo.

Los sectores conservadores del Partido Socialista hacen cada vez más y más ruido (quizá porque ante la huida de los militantes cada vez son más y más mayoritarios) y quieren convencernos de que los ochenta están a punto de volver. Como la evidencia choca con su ilusión paralela, las Susanas Díaz de turno aparecen en las pantallas deformadas, como una visión anacrónica. Esas Susanas, por cierto, que insultan de forma permanente a sus compañeros del resto de España jactándose de ganar elecciones. No existe constancia de que la presidenta andaluza se haya ofrecido a ser candidata por Cantabria, Galicia o Madrid para demostrarnos que ella sí que ganaría y ayudar al PSOE a ser grande otra vez. Quizá si lo hiciese podría descubrir en un cursillo acelerado por qué tanta gente quiere un cambio en Andalucía y por qué sólo le salva que la alternativa sea mucho más terrible que la enfermedad que ella representa.

La línea roja del regionalismo socialista andaluz es un referéndum sobre la independencia de Cataluña. Esto afecta al PSC (el PSOE no se presenta allí) y quizá tenga algo que decir. El PSC es el partido que gobernó la Generalitat hace sólo unos años e hizo de Barcelona y su área metropolitana su gran obra maestra. El partido del Estatut, el que tenía un modelo de Estado claro y consiguió ganar con él dentro y fuera de Cataluña. El que después encabezó con un presidente cordobés la manifestación contra la sentencia del Tribunal Constitucional. Ese partido. Ese que cuando estalló el debate identitario asumió que compartía el llamado “derecho a decidir” (o sea, el eufemismo del “derecho a la autodeterminación”) y ahora ve cómo el PSOE patalea porque, ante Podemos, “con la unidad de España no se juega”. La propuesta de Podemos de 2016 es la propuesta del PSC de hace sólo unos pocos meses. La sobreactuación es más creíble cuando no tienes a la mitad de los tuyos haciendo malabarismos argumentales frente a la hemeroteca. Los resultados de Podemos el 20 de diciembre y los que vaticinan las encuestas no hacen pensar que los votantes de toda España vean un gran problema en romper esta línea y dar una solución a Cataluña, reforma constitucional mediante. El PSC ha vuelto a ganar pero esta vez con su discurso en otras siglas. El PSC es un gran partido. Uno al que el PSOE de mirada corta y mitos mesetarios heredados de la derecha casi nunca ha hecho ni caso. Y que a pesar de todo permanece leal, viendo con impotencia cómo le han comido su terreno y su posición histórica.

El PSOE tiene también mucha historia. Pero ser un partido con 137 años y una estructura asentada no le convierte en el jefe, como si en lugar de un Congreso tuviéramos una familia en la que los socialistas pretendieran ser el abuelo que reparte collejas y mira a sus nietos con condescendencia. La democracia tiene estos detalles. Por eso, con 90 escaños de 350 y sólo unos pocos miles de votos más que un potencial aliado para formar gobierno, no puede pretenderse que la fórmula de acuerdo sea igual que cuando se tenían 169 escaños y la distancia era de varios millones de personas. La humildad es buena, un consejo que sirve tanto a socialistas como a podemitas. La diferencia es que estos últimos están en la cresta de la ola y tardarán más en aprenderlo. Pedro Sánchez la necesitaba con urgencia y va a tener que tragar la lección desde casa. “Es que quería la vicepresidencia”, le espetó Antonio Hernando a un señor indignado. “Pues claro”, le respondió incrédulo.

Pedro Sánchez y los suyos lloran porque la política no se hace en la televisión. La verdad es que sí: se hace también allí porque es donde más gente hay. Mucha más que en los actos preparados y cerrados con militantes dispuestos a aplaudirlo todo. Tras años de ruedas de prensa sin preguntas, de falta de respeto a los periodistas, de utilización partidista de los medios de comunicación, de licencias arbitrarias del espacio radioeléctrico y el sector audiovisual y de uso ilegítimo de la publicidad institucional, la castita (esto escuece y por eso divierte usarlo) descubre que el mejor uso de los medios era plantarse allí, delante de la pantalla, a decir cosas y recibir pedradas. Pues bueno. Pues vale. Llorad. El lamento auténtico es el de ver a un partido que fue la vanguardia llegar tarde a todo y encima protestando porque le obligan a hacerlo.

Planteado este recorrido sobre los últimos meses, e incluso años, viene la gran pregunta: ¿entonces qué votamos las personas de izquierdas? Es fácil: pídele a tu partido de confianza que deje el circo y la alimentación del odio a su única opción real de pacto de gobierno y te explique qué quiere hacer. Los cómo, los con quién y las renuncias es algo que, de toda la vida, se ha decidido tras las elecciones y no antes. Los partidos plantean los máximos, los ciudadanos reparten las cartas y los partidos, después, acuerdan los mínimos que los votantes les permiten.

Democracia parlamentaria, nivel uno.

De nada.