La Unión (Europea) no es el enemigo

Mucha gente dice hoy que no quiere celebrar esta Europa. Otras veces dice que no quiere celebrar esta España. O esta Catalunya. O esta Madrid. Como si los Estados o las instituciones fuesen en sí mismos bondadosos o perversos.

El problema de este discurso, que puede parecer indignado o rebelde, es que obvia lo que de verdad es importante. El problema de este discurso es que es justo el que beneficia al enemigo porque no centra el foco sobre él ni le hace sentir incómodo.

Cuando estalló la crisis económica había gente que hablaba de “los mercados”, un enemigo abstracto que se parecía mucho a los gnomos del bosque, mientras los responsables con nombres y apellidos de aquel desastre se iban de rositas. Ahora todavía hay gente que grita contra el malvado IBEX-35, pero nadie se ha cruzado a ese tipo por la calle y le ha agarrado de la chaqueta para preguntarle de qué va. No pasará nunca.

El día que Empar Moliner quemó una Constitución española en TV3 para protestar contra la anulación de un decreto sobre pobreza energética estaba haciéndole el juego al sistema. Al catalán y al español. Estaba convirtiendo en un problema territorial, mediante un circo muy medido, lo que es un problema de batalla ideológica. O, atención, que sale el sarpullido: de lucha de clases. La Constitución no es el origen del conflicto y pensar lo contrario es casi pueril.

La Unión Europea es una de las mejores ideas del siglo XX. Una suma de pueblos y personas no por herencias culturales, históricas o lingüísticas, esa rémora absurda, sino por derechos civiles y objetivos comunes que superan las diferencias de origen y dejan de convertirlas en motivo de odio o conflicto. Por fin.

Luego, entre todos dejamos que la nueva ideología dominante trepara e infectara el proyecto hasta reducirlo a un triste acuerdo comercial que sirve a ese marco ideológico y a los intereses particulares a los que representa. Ahora, ante una crisis de proporciones insoportables, vuelve de nuevo la creación del enemigo de paja: ¡ay, qué mala es Europa! Y el gigante, mientras, duerme tranquilo tras el humo.

Poco sentido tiene atacar al símbolo si no se ataja el problema que subyace en la raíz.

No vamos a ayudar a ningún refugiado renunciando a la idea de una Europa cada vez más fuerte y unida.

Cómo querríamos hacerlo: ¿reforzando y recuperando los Estados-nación que exalta la extrema derecha, basados en mitos, orígenes, purezas y xenofobias diversas? ¿Obviando el proceso histórico en el que estamos? ¿Pensando que la globalización no existe a ver si así conseguimos que sea verdad?

¿Qué siglo queremos vivir o revivir?

Ayudaremos a los refugiados cambiando las instituciones europeas, desde las locales, primero, a las comunitarias, después, para llevar a ellas los valores sociales y democráticos que han perdido hace años por irresponsabilidad colectiva.

Sobre todo, nos ayudaremos mucho a nosotros mismos.

El 9 de mayo hay mucho que celebrar. Y mucho por conquistar.