“Queremos cambio, no recambio”

Lo que hizo ayer Pablo Iglesias es muy grave. Lo que se ha hecho después para justificarle es casi peor.

¿Corporativismo en la prensa? La frase anterior no la firmarían, por convicción, muchos periodistas que han salido a defenderle. Por razones obvias ninguna profesión está tan expuesta al escrutinio público. En ninguna vemos, por ello, tantos ataques de compañeros entre sí. A diario.

Esto es bueno. Al periodismo se viene llorado de casa.

La prensa, como la política, puede ser criticada por cualquiera. Cuando se es político existen unos códigos. Pablo Iglesias es político y además un cargo público; esté en una universidad, en el Congreso o en su casa. Esa suerte de excusita que busca disfrazar de análisis académico sus frases polémicas ya no cuela. La representación jamás se despega del personaje que la ejerce.

Fue Pablo Iglesias quien acompañó (según su relato ese es el verbo correcto) a un grupo de estudiantes a gritar “Fuera políticos de la universidad”. Pero él tiene una doble vida. Una doble alma. Es el puto amo. No es político sino un pensador.

Y Rajoy sólo un pelele con ruedines. Vaya cara.

En cualquier caso, en el ámbito académico y en su nombre también se dicen a diario barbaridades reprobables. Ay, la humildad.

Pablo Iglesias no criticó ayer a la prensa o la vileza del sistema. Hizo algo más: señaló a un periodista en concreto ante un auditorio que él sabía dispuesto a reír su gracia. Nos ha dicho tantas veces que Podemos no es de izquierdas, que ese es un marco superado, que al final nos ha convencido por la vía de los hechos: la izquierda jamás señalaría al último peón del tablero.

Cuando en unas semanas decenas de trabajadores de Unidad Editorial sean puestos en la calle volveremos a este debate. Hablaremos de nuevo de la precariedad del periodismo, de lo que hay que hacer para ascender, de los servilismos políticos y de la falta de libertades. Y de nuevo podremos señalar con el dedito a un trabajador. A cada uno de ellos. Si hay cojones.

Este hecho no debe despistar la atención del fondo real del discurso de Iglesias, que es donde está el jugo. Pablo Iglesias le vino a decir a su público que toda información u opinión que contravenga sus intereses está, por naturaleza, manipulada. No hay que creer nada, o en nadie, que se meta con él.

Así cambia el mundo cualquiera.

La línea editorial de los medios de derechas no es legítima para la nueva política, al parecer. La de izquierdas tampoco si no aplaude cada paso de los nuevos profetas. La democracia es la gente. En concreto la gente que piensa bien. Bien.

Nueva política. Nótese.

Jamás, llevan dos años repitiendo, jamás ha existido una campaña tan feroz como la que se ejerce contra Podemos.

Podemos no tiene medios afines, como todo el mundo sabe.

Hablemos del periódico de Álvaro Carvajal. El Mundo fue el periódico que se inventó una teoría de la conspiración para derribar a un gobierno, deslegitimar a su presidente, colgarle la condición de asesino y manchar el nombre de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado.

¿Vais a descubrir ahora el pseudoperiodismo de mierda? Tarde.

A la política también se viene llorado de casa.

Las miserias del pasado no justifican las nuevas. Las miserias nunca son justificables. Pero el victimismo tampoco sirve como excusa eterna para hacer y deshacer al gusto.

Ay, pobre Podemos, que acaba de llegar y debería tener bula.

Y como no la tiene, entre el margen de ir a los tribunales ante alguna intoxicación o demostrar al público sus verdades, como hacen todos, Pablo Iglesias empieza a levantar con carita de inocente y entre chascarrillos una lista de buenos y malos.

Qué divertido, eh.

Pablo Iglesias es divertido, sí. Tanto que hasta se le pudo reír el desprecio machista sobre una reportera que jamás se habría tolerado a la casta. Era una reportera pija con abrigo caro. No era de las nuestras. Bah.

Es una pena: aquel día no supimos si el experto en abrigos era el político o el académico. Seguramente lo segundo, porque se percibía nivelazo.

Hablemos en serio.

Claro que existe la manipulación en el periodismo. Claro que se hace periodismo basura todos los días. Claro que hay que denunciarlo. Claro que avergüenza ver a Rafael Hernando hablando de libertades. Claro que muchos, por triste necesidad o por falta de principios, han callado, han bajado la cabeza y se han quedado en las ruedas de prensa sin preguntas.

Si alguien espera que eso justifique una bravuconada intolerable es porque ya está dentro de una trinchera. Los buenos aquí, los malos allí. Y contra los malos, como contra las periodistas pijas, todo vale.

No. Un periodista decente es el que viene a sacar de las orejas a todos los soldaditos que se escondan en esas trincheras para tapar la basura de sus zapatos. Y sobre todo a los generales al mando. Se llamen como se llamen y lleven el uniforme que lleven.

“Queremos cambio, no recambio”. No es creíble si se aplaude lo que, con las mismas palabras en boca de un dirigente de otro partido, sería calificado de acto fascista.

Nos conocemos todos. A Pablo Iglesias también porque no salió de un agujero en 2014. Ese es su problema, de hecho.

Hablemos un poco más de las cosas que claro que sabemos.

Por ejemplo: claro que existe la censura en el periodismo. Pero, contra lo que cree la mayoría, la más habitual se llama autocensura. No hacen falta llamadas cuando el periodista sabe quién le paga el sueldo. También en los medios de izquierdas. También en los nuevos.

La crisis, la desintegración de las empresas editoras potentes y la necesidad de crear redacciones más pequeñas ha facilitado medios libres de la dictadura de la publicidad como única vía para sostenerse. Las grandes corporaciones usan su poder (el de dejar de pagar) para orientar, matizar o acallar informaciones. Pero ahora los lectores que pagan también son una masa interesada con capacidad de presionar. Con un matiz: las masas son aún más impredecibles que las empresas. Y muy variables.

Hace poco, un amigo se mostraba preocupado por la posición en la que se encontraría su propio medio en caso de que cambiasen las tornas y Podemos tocase poder. Venía a querer decir “Contra Rajoy vivíamos mejor”. Por el contexto había cierto tono de jocosidad pero todos los presentes sabíamos que iba en serio. Si el partido cuyo programa defiendes en tu línea editorial pasa a gobernar, tarde o temprano habrá que criticarle; y los lectores o espectadores, sobre todo en según qué escenarios, no siempre están preparados para ese momento.

En 2013 se vivió un episodio de este tipo en eldiario.es: decenas de lectores se encararon con el medio y su director por una publicación que desmontaba una teoría que afectaba a Cristina Cifuentes, que no es precisamente afín. El propio Nacho Escolar me negó que fuese un problema mayor y la capacidad de influencia de los lectores de ese modo. Semanas después, uno de sus periodistas dejaba de colaborar con ellos por una escena parecida.

Libertad de prensa. Libertad de informar y opinar. Ay, qué utopía.

Otro detector de autocensuras, sobre todo en el ámbito de la opinión, es el de las justificaciones previas.

Pongamos un ejemplo real. Ahora.

Creo que Ada Colau se ha crecido en el cargo y tiene un buen equipo alrededor que seguramente pueda competir por una reelección tranquila, creo que el ayuntamiento de Madrid está sabiendo localizar y corregir las áreas más oscuras de la gestión del Partido Popular, creo que Mònica Oltra ha hecho una oposición magistral en la Comunitat Valenciana y alegra verla al frente de las instituciones que más escándalos han generado estos años, creo que Xulio Ferreiro está siendo un excelente alcalde de A Coruña en una ciudad que por estructura sociológica no le será fácil gobernar.

Creo que Podemos era un partido muy necesario en España, que la sociedad lo pedía a gritos, que su discurso ilusiona y que la izquierda clásica está dirigida por mediocres e incompetentes y merece estar contra las cuerdas.

También creo que Pablo Iglesias es un ególatra de actitudes estalinistas y un cínico al que no confiaría ni las vueltas del pan, que es una rémora para su propio programa, que genera rechazo en muchos ciudadanos que de otro modo ya estarían con él, y que, si nadie se lo impide, acabará comiéndose a su propio partido.

Si para decir esto último tengo que justificarme antes con la retahíla inicial, buscando una suerte de legitimidad, es que vivimos en una sociedad inmadura y protodemocrática con todo por hacer.

Y así es.