El mito monárquico

Al rey emérito teníamos que estarle eternamente agradecidos por traer y consolidar la democracia, un mítico (y algo insultante) relato que no resistió el tiempo suficiente como para que su particular estilo de vida siguiera siendo compatible con el cargo. Durante años mucha gente nos repitió que el 23-F un Borbón se ganó una suerte de moderno derecho de pernada. Caducó, como las cacerías exóticas pagadas por todos y la impunidad que impedía llevarlas a las portadas.

Ahora todo es más transparente. Un yerno del mismo tipo usó su posición y a su familia para hacer negocios sucios con el dinero de nuestros impuestos; quizá con la connivencia, veremos también si la participación, de su esposa e infanta de España. La justicia dirá. Una hermana del mismo tipo, otra infanta, aparece como propietaria de una empresa en un paraíso fiscal que duró casi el mismo tiempo que su reinado.

Juan Carlos es así, vive rodeado de casualidades; accidentes permanentes como su misma proclamación y su final y decrépita abdicación.

Ahora han llegado los nuevos buenos. La reina Letizia, tan plebeya y campechana, envía mensajes de apoyo a sus ‘compiyoguis’ acusados de corrupción. Cuando la prensa destapa los mensajes ellos dicen que acabaron allí. Cuando la prensa demuestra que eso es mentira no pasa nada, porque son los nuevos buenos a los que toca proteger por el bien de la patria.

Es difícil de entender, desde esa perspectiva patriota, por qué tantos españoles creen con sinceridad que la unidad y la estabilidad de España están en manos de una familia que ni siquiera ha sido capaz de aprovechar su posición privilegiada de cuna para, al menos, no hacer nada. Si el futuro de España está tan en el aire que necesita un sistema arcaico sustentado en privilegios de sangre ejercidos por una familia que nada de escándalo en escándalo y a la que no se puede corregir en las urnas, mucho han tardado los independentismos en empezar a triunfar.

Están diciendo que este es un país de mierda, necesitado de tutelas y siempre a punto de estallar. Y no lo es.

Felipe, ‘el preparao’, ni siquiera tiene un relato aparte de ese: que estudió para ser rey. Como si la calidad democrática y el prestigio de un país se midiera por la capacidad de un hombre para ser la marioneta perfecta y leer discursos con la, por otro lado, discutible dicción borbónica, mientras todo se desmorona a su alrededor.

Tuvieron suerte una vez. Ahora la mitificación de la mediocridad va a ser más complicada. El modelo de un Estado sobrevive en tanto que es útil a las élites de ese Estado. La monarquía española se ha acostumbrado tanto a mear fuera del tiesto que no sólo el relato empieza a hacer aguas sino, sobre todo, la capacidad de las instituciones para absorber tanto residuo.