La nueva Euskadi

Hubo días en los que el odio social y político estuvo legitimado en Euskadi. Para unos porque hicieron un viaje totalitario revestido de insultante victimismo. Para otros porque necesitaban la defensa propia que asiste a cualquier víctima verdadera, aunque a veces esa posición llegara a causar un complejo que justificaba excesos o sobreactuaciones.

Entre todos crecieron pasiones y sentimientos cada vez más enfrentados e irreconciliables.

Si hay un nuevo tiempo del que tanto se habla es porque aquel ya murió. Hoy, las opiniones encontradas sobre la salida de prisión de Otegi parecen anhelarlo.

Otegi no ha sido un preso político y su retórica sigue siendo así, victimista y sobreactuada. Es normal que aún provoque náuseas a los demócratas que saben qué hizo y, sobre todo, qué y cuándo calló.

Eso no tiene que impedirnos entender que la nueva Euskadi hay que hacerla con él y con los suyos. Es por esa normalización por la que muchos lucharon. Lo siguen haciendo.

Las posiciones viscerales en los grandes debates suelen llegar de quienes tienen poco que perder en ellos o de quienes ganan algo en la visceralidad. Cuando se ha sufrido la historia reciente de la sociedad vasca hay razones para querer avanzar hacia otro escenario. En él, quienes hemos estado siempre del mismo lado tenemos que empezar por entender cuál es la base de nuestro propio sistema jurídico, el mismo que condenó a Otegi y que hoy le ha liberado.