No hay violencia en este currículum

Un clasismo creativo y mejorado, reinventado en esta década y abrazado incluso por la izquierda, exige ahora un pasado intachable para poder dedicarse a la política. Las personas han perdido la oportunidad de equivocarse, de evolucionar, sea en lo personal o en lo ideológico, o hasta de abrazar un principio básico de nuestro sistema jurídico: reinsertarse y tener una segunda oportunidad tras cometer un error.

Ser una persona normal, es decir, imperfecta, es cada vez más difícil.

Clasismo, sí. El de la formación. Es clasismo porque exige un expediente académico perfecto como si ya hubiéramos alcanzado la igualdad. Incluso la de oportunidades. Como si nacer en uno u otro barrio, contexto familiar o personal no condicionara la capacidad para acabar los estudios básicos, ir a la universidad y hablar cinco idiomas.

Estos tiempos son tan locos que se lee a personas de izquierdas jalear uno de los dogmas del neoliberalismo: algo habrás hecho. Mal. Si eres pobre algo habrás hecho. Si fracasaste en los estudios algo habrás hecho. Esos desclasados neoizquierdistas piensan que nuestros compañeros de generación que dejaron los libros por los andamios lo hicieron por voluntad propia. Según su relato no había alrededor un sistema y un contexto económico y social incentivando que eso sucediera.

Hemos fracasado por encima de nuestras posibilidades. Un nuevo eslogan.

Todo esto implica asumir también que el sistema educativo es perfecto y que, por tanto, haber pasado por todas sus etapas te hace inevitablemente más capaz. Según esos parámetros y estando en un país en el que la educación obligatoria premia la memoria, un presidente registrador de la propiedad es lo mejor que nos tendría que haber pasado nunca.

Implica asumir, además, que el sistema educativo no es uniformizador y evalúa de manera justa y objetiva capacidades distintas.

No es verdad.

Es probable que todos los años un montón de genios acaben en las filas de esa cosa a la que llaman “fracaso escolar”, señalando al estudiante cuando cada uno de ellos supone un fracaso del sistema y de la Administración. Es probable, también, que muchos mediocres consigan títulos universitarios con los que creerán que pueden dar lecciones a una generación de abuelos que aprendió a leer sin tocar una mesa de escuela y a una de padres que emigró, luchó y se dejó la piel para que sus hijos, genios o mediocres, pudieran ir a la universidad y hablar cinco idiomas. Y lo consiguió.

Es urgente adaptar la definición de niñato a tanta realidad sobrevenida.

Los condicionantes económicos son importantes, claro. Pero no solo esos. A veces, el fracaso escolar está siendo generado dentro de las aulas y nadie hace nada por pararlo.

Diego, un niño de 11 años, se suicidó hace unos meses dejando una carta a sus padres en la que decía que no quería ir al colegio y que esa era la única forma de conseguirlo. Se tiró por la ventana. La carta la custodió Lucho, su peluche favorito.

Sus padres la han hecho pública porque la justicia dice que no hay nada más que investigar y que en su colegio, donde este no es el primer caso publicado, todo funciona bien.

Mucha gente no puede entender lo que condiciona ser acosado o maltratado en la etapa infantil. Las marcas de niño duelen y se manifiestan toda la vida. Ya nunca se llega en igualdad de condiciones al instituto, ni académicas ni personales. Desde dentro parece una segunda oportunidad para empezar desde cero, pero al final la violencia recibida se convierte en un saco de miedos que llama a más violencia. A peor violencia.

Desde ese punto de salida llegar a la universidad es una carrera de obstáculos. Hacerse fuerte en la vida es casi imposible.

En la última década hemos dado un paso brutal en la concienciación sobre la violencia machista. Casi toda la sociedad la rechaza y está comprometida para perseguirla. Ahora no hay más violencia contra las mujeres: se conoce más que antes.

Es el momento de socializar el rechazo a la violencia contra los niños y legislar para acabar con la impunidad. La de los acosadores y la de los adultos responsables de ella que hacen lo posible por taparla o ignorarla.

No son cosas de niños. Es violencia contra ellos. Una que jamás se despegará de su piel.

“Los dos sois increíbles pero juntos sois los mejores padres del mundo”, dejó escrito Diego.

En unos años, ojalá, Diego podría haber sido otro caso de fracaso escolar. Sin embargo, nos ha dejado una lección, un grito desgarrador que debe servir para que ni él ni otros mejores padres del mundo sigan solos en esto.

Origen económico, contexto social, acoso escolar. Violencia. No es una mezcla de temas. Son tres elementos que están en nuestra historia personal pero que jamás figurarán en nuestro currículum.

No necesitamos políticos con grandes éxitos sobre el papel. Necesitamos personas con un discurso sólido y capacidad para transformarlo en legislación que mejore nuestra vida.

Hace unos días una diputada de Compromís confesó haber sufrido acoso mientras se debatía en Valencia una iniciativa sobre el tema. Qué estudió es relevante, pero secundario. Lo es mucho menos que lo que dijo en la tribuna. Lo es mucho menos que lo que dijo durante su campaña electoral.

No necesitamos éxito escolar cuando vestimos la sociedad, la política y el modo de organizarla sin contar para ello con ningún valor de auténtico éxito colectivo.

Diego no hubiera sido ningún fracasado. Hubiera sido un héroe. Lo es.