Bienvenidos

Bienvenidos a la democracia parlamentaria. Por fin.

El resultado de las elecciones es el peor que podrían esperar los cuatro nuevos grandes partidos porque les obliga a retratarse. Todos deben salvar España (qué digo España, ¡el mundo!) salvándose a sí mismos. Conjugar ambas cosas va a necesitar de sexo, drogas y mucha inteligencia. ¿Por ese orden? Pues quizá, ya todo es posible.

El PP tiene la legitimidad de ser el primero en intentar formar gobierno. Es ahora cuando va a comprender de qué sirve en un sistema parlamentario jugar a la exclusión y la agitación visceral permanente. Rajoy (como ya le enseñó su predecesor y ahora enemigo) ha dinamitado todos los puentes de entendimiento que le podrían servir para salvar la silla. A la hora de pactar importa más no causar rechazo que generar afecto, como tanto se ha repetido estos días. Sólo tiene el cariño inevitable de Ciudadanos y es insuficiente.

Todo el mundo mira al PSOE con cara de pena. El PSOE, experto en destruirse a sí mismo, mira a los demás con la misma cara de pena y a los suyos con hambre caníbal. El espectáculo será dantesco. Como siempre. Estos días va a recibir presiones para dejar gobernar a Rajoy, es cierto; como lo es que muchos están deseando que eso pase para confirmar su propio discurso y poder rematar a un partido que a pesar de sus enemigos y a pesar de sus dirigentes no acaba de morir. Ay, qué ilusos.

En realidad el PSOE lo tiene muy fácil. Del mismo modo que Rajoy tiene la legitimidad de buscar apoyos, Pedro Sánchez tiene la de liderar la alternativa. Basta con que presenten a su candidato con un programa social y de Estado que las fuerzas de la izquierda no puedan rechazar y dejarse querer o matar. Una y otra vez. Si sale, bien. Si no sale, nuevas elecciones y que la gente, ese concepto de moda, decida.

¡Ay, la inestabilidad! ¡Ay, la responsabilidad de Estado! No: la normalidad democrática. Es que faltaba costumbre. Nadie suicida a un partido con 137 años de historia para reelegir a un pelele hasta el pelo de corrupción, con una imagen pésima, de una ideología y valores contrarios a los propios y con una fuerza emergente deseando ocupar tu posición y comerse tu discurso. Esto incluye también no ceder por cualquiera que estuviera en el gobierno que tus electores te han pedido sustituir porque nada sería menos parecido a un gobierno estable que eso: ¿con qué programa trabajaría?, ¿desde qué principios?, ¿con qué aritmética parlamentaria? Dicho de otra manera, responsabilidad de Estado lo que llevo aquí colgado.

Podemos ha ganado estas elecciones. Un partido que en dos años tiene parcialmente en sus manos la gobernabilidad del Estado y agita el sistema ha arrasado. Sin matices. El problema es que las elecciones no se miden en cuánto sube o baja cada uno sino en cuánta gente ha votado cada candidatura. Esa idea de “nueva política” que parece hacer creer que los votos valen más si son a mí y menos al resto, porque esos votantes son tontos y viejos, será nueva política pero no muy demócrata. Podemos sigue teniendo menos votantes que el PSOE. Es lo que ha decidido la gente común. El pueblo. Eso y que el PP sea el mas votado. Es lo que hay.

Lo que sí tiene Podemos es todo el derecho del mundo a poner condiciones y a decir que no. Incluso a intentar investir a su propio candidato. Los demás, a interpretar esos movimientos.

Es llamativo que la gran línea roja planteada por Podemos para apoyar a Pedro Sánchez sea un referéndum sobre Cataluña. No un tema de emergencia social desde una perspectiva de izquierdas sino un asunto territorial. Justo ese que es conocido por todos que divide al propio PSOE, tanto a nivel orgánico como entre sus propios votantes por territorios; mientras que seguramente no afecte mucho al electorado actual de Podemos. El partido morado ha alcanzado más peso justo en los territorios con más identidad nacional y en el resto del Estado sus votantes tienen incentivos suficientes como para que eso no importe. Magistral. El problema es que ese postureo se nota incluso entre quienes creemos en la necesidad del referéndum y apoyamos esa posición de Podemos.

Un referéndum en Cataluña no es viable en este momento. Pablo Iglesias lo sabe. Para empezar porque no es legal (lo sería una consulta no vinculante según la doctrina del TC) y para continuar porque el PP seguirá teniendo la mayoría del Senado. Así que una hipotética consulta sin más valor o bien podría llegar a no celebrarse, atendiendo a esa mayoría de bloqueo que mantendrán los conservadores en tantas instituciones, o de celebrarse no podría después convertirse en el primer paso para implementar una reforma constitucional para la que no existen mayorías.

Podemos pone en manos del PSOE una falaz elección: o Rajoy o un referéndum. Ambas destruirían al Partido Socialista. Es falaz porque no es necesario que el PSOE entre en esa dicotomía y se deje destruir. La estadística dice que es probable que el PSOE lo acabe haciendo por alguna de las dos vías o por una tercera creada por ellos mismos. Son así.

Ciudadanos es otro partido victorioso al que han hecho perder los que le hicieron parecer demasiado ganador: los medios de comunicación y la falsa demoscopia. Pasar de cero a cuarenta escaños es brutal. Que se acabe convirtiendo en derrota es para hacérselo mirar. El giro final de campaña plegándose a las peticiones externas, temerosas de Podemos, ya es como para tirar fuegos artificiales; los mismos que merece la reproducción de los mantras y mitos del Partido Popular desde aquel particular e improvisado viernes de Dolores.

Era evidente que un partido sin un crecimiento ordenado y casi ninguna implantación territorial no podía alcanzar resultados como los que imaginaron algunos editorialistas. Sólo tuvo sentido en Cataluña, donde el partido ya tenía recorrido y donde aglutinó el “voto útil” contra la independencia. Fue un espejismo. Sirve como lección a Podemos, que es probable que tenga un voto prestado en ese mismo territorio para forzar cambios en todo el Estado. También por eso su “línea roja” no es casual.

La gran derrota del partido de Artur Mas (tiene tantos nombres que así lo entiende todo el mundo) fue que Cataluña y el conflicto territorial quedaran fuera de la campaña, algo que pasó porque a nadie más le interesaba abrir ese melón. Junts pel Sí fue un invento para que Convergència no dejase de ser primera fuerza y Mas tuviera legitimidad para seguir al frente de la Generalitat. Sin inventos de por medio la distribución está clara. ERC manda en Cataluña y manda en el ‘procés’.

Así están las cosas. España y Cataluña sin mayorías que permitan gobiernos, aunque parece que el segundo caso está en vías de solución. ¿Drama? Ninguno. Inestabilidad es no poder pactar, no poder discutir, no poder ni aportar ni ceder y finalmente no poder votar. Esto es sólo democracia, gobiernen dos partidos o gobiernen once. A disfrutarla.