Preanálisis electoral

Todos tenemos un análisis electoral que hacer. Hay elementos, en cambio, que trascienden la opinión superflua.

La ley D’Hondt no existe. Existe una fórmula que se llama así y que sirve para convertir los votos en escaños, encuadrada en un sistema electoral con más elementos.

El sistema electoral perfecto tampoco existe. Ni siquiera se pueden comparar países entre sí: lo que funciona en Francia, Reino Unido o Suiza puede no servir en España. Cada uno tiene un contexto y unas características que lo hacen único y lo vinculan a unas necesidades. En el caso español hace falta armonizar la representatividad de las ideologías con la de los territorios, entre otras cosas. El sistema, además, buscaba en su origen generar estabilidad en un tiempo de inmadurez democrática que esta legislatura tendremos la oportunidad de saber si hemos superado.

Todo sistema electoral ha de cumplir dos principios que no responden a un plan malvado sino al más básico sentido común: ser lo más representativo posible y garantizar la mayor gobernabilidad posible. Sin uno de esos elementos cualquier propuesta es inválida.

Por último, hay que recordar ese aspecto contextual: ningún legislador sella un sistema electoral con vocación de eternidad. El nuestro tampoco la tiene. Lo que sí tienen todos los sistemas electorales es un sesgo. Eso no hace sostenibles afirmaciones como “España no es una democracia”. En cada momento hay que estudiar las nuevas realidades sociopolíticas y adaptar el sistema a todas ellas con el consenso de fuerzas más amplio posible.

Hoy España necesita esa adaptación porque ha superado una etapa de su historia, por eso es importante que los ciudadanos sepan dónde fijar su atención y a qué atenerse cuando los políticos abran ese proceso.

Hablemos del aspecto más famoso. La falta de representatividad actual no se produce tanto por la fórmula (que no ley) D’Hondt sino sobre todo por la distribución de nuestras circunscripciones en provincias. En toda España hay muchas circunscripciones de pequeña y mediana magnitud que favorecen a partidos que son mayoritarios en todo el Estado y tienen buena implantación o a aquellos que tienen mucha representación en un solo territorio. Este problema se podría corregir con circunscripciones más grandes (una autonómica o una única, por ejemplo), pero ello generaría otro tipo de sesgo del que habría que hablar con partidos regionalistas y nacionalistas o con el actual partido conservador mayoritario. Sin ninguno de ellos se puede construir una alternativa.

Otro mito no del todo cierto es que los sistemas electorales generan sistemas de partidos concretos. El mismo sistema electoral que presuntamente generó el bipartidismo ha permitido acabar con él. Así que el bipartidismo existió porque, entre otras razones estructurales ciertas, había millones de personas con motivaciones muy diversas que confiaron en esos partidos. Ahora han dejado de hacerlo o han encontrado alternativas. Antes no.

Había un ejemplo anterior: Cataluña juega en el mismo sistema electoral que toda España y su sistema de partidos no era igual ya incluso antes de 2015 o de la subida independentista de 2012.

El último mito que hoy recorre las redes sociales tiene que ver con las coaliciones preelectorales y los análisis que se hacen ‘a posteriori’ sumando datos en bruto. Se mira por ejemplo a Izquierda Unida desde Podemos comparando sus datos en solitario con los de Equo, un partido antes extraparlamentario y que aceptó la llamada confluencia.

Estos análisis son imposibles. Hay muchas razones por las que la gente decide su voto: ideológicas, pragmáticas, circunstanciales o incluso algunas que tienen que ver con las personas concretas que formen la candidatura. Los resultados nunca serían iguales. En Galicia, Nós (BNG) decidió no sumarse a En Marea y ha quedado fuera del Congreso, pero sobre el papel nadie puede afirmar que los miles de votos que recibió hubieran sido automáticamente para la candidatura de unidad en el hipotético caso de haberlo aceptado.

El ejemplo más claro que sirve para jugar con esto es el de la Comunitat Valenciana. La suma de Podemos y Compromís ha obtenido menos votos yendo junta a las generales que por separado en las elecciones autonómicas de hace siete meses; pero igual que antes, tampoco se puede colegir de ese dato que de haber ido separadas habrían tenido más o menos éxito. Hay otros factores, como que son elecciones distintas, la valoración social del nuevo gobierno de la Generalitat o el apego o rechazo que genere en masas concretas de votantes cada uno de esos partidos por separado, que puede impedir que les voten estando unidos.

Todo eso y, por supuesto, que la discrepancia se puede defender aunque te deje en minoría. Perder también es una posibilidad.

El Senado. Llevamos treinta años diciendo que no sirve para nada. Como no quisimos aprenderlo por las buenas ahora vamos a conocer su utilidad por las malas. También la imperiosa necesidad de reformarlo. Pero, obviando a la institución misma, ahí queda otra lección del sistema electoral: la mitificación de las listas abiertas. En el mundo de las ideas todo parece bonito, en su aplicación las cosas pueden salir por cualquier sitio. No parece que la presencia de ese sistema de listas haya servido para mejorar ni la democracia, ni el propio Senado, ni la cercanía de los ciudadanos a esa cámara. Ojo con inventarse vías rápidas bienintencionadas para problemas complejos sin tener en cuenta todas las variables.

Hay mitos en las redes sociales pero hay otros que pueden ser expresados hasta por el mismísimo presidente del gobierno con el fin interesado de difundirlos y confundir, manifestando así alguna incapacidad propia.

En un sistema parlamentario no gobierna la lista más votada. Lo que tiene la lista más votada es la primera oportunidad legítima de intentar formar gobierno. Punto. Se puede discutir, como con todo lo anterior, un nuevo sistema. El de hoy en España es de suma de mayorías sin segundas vueltas. Punto. Cualquier persona que sepa sumar al mismo nivel que un niño de primaria entiende por qué. Punto. Da igual que nunca haya pasado antes en la historia que la lista más votada no gobierne. Punto. Sobre todo si esa historia es de diez legislaturas. Punto.

Se abre una legislatura apasionante. El resultado de las urnas es imposible. O sea, el peor posible para los nuevos cuatro grandes partidos. La nueva configuración del Congreso y del Senado obliga a que todos se mojen y hace necesaria la participación de todas las sensibilidades que conforman España para sacar cualquier reforma relevante adelante, no digamos cualquier mínimo retoque a la Constitución. El éxito o no de esta etapa depende de la altura democrática de partidos y ciudadanos y de que sepamos quitarnos de encima tantos prejuicios, odios y condicionantes ideológicos.

No es el apocalipsis. Para estas cosas hemos inventado la política, que significa negociación, diálogo, pocas florituras y, al final, cesión de todas las partes. Democracia.

La democracia nunca consiste en llevar razón. Lo habitual suele ser que haya mucha gente que no esté de acuerdo con nosotros y que nosotros mismos no compartamos muchas cosas que dicen o hacen los representantes a los que votamos. La democracia consiste en buscar los puntos de acuerdo intermedio. Los grises. La denostada transición consistió en eso y hay que decir que lo logró con mucho éxito. Desde la distancia todo es más fácil.

Por ese motivo es peligroso que tantos ciudadanos crean que los votantes del PP aprueban la corrupción, que los de Ciudadanos son simples estúpidos manipulados por la televisión, que los de Podemos están sumidos en una peligrosa ola de radicalismo que pone en peligro nuestra democracia o que los del PSOE siguen ahí porque representan a una capa social miedosa, tradicional y con poca formación académica. Bueno, esto además es asquerosamente clasista. Bienvenidos al mundo real donde no hay buenos y malos ni superioridades morales que valgan. Sólo hay ciudadanos que responden a intereses y emociones diversas dispuestos a expresarlas.

Menos humos. Todos.

Ya, ya lo sé. Es un texto largo y a la gente hoy le da pereza leer estas cosas. Es lo que me decís siempre y resulta cansino: no obligo a nadie. Pero ese es precisamente el problema. Compartir números aleatorios y generar conceptos abstractos en memes con dibujos divertidos o simplones es más fácil que explicar las cosas dotándolas de sentido. Incluso equivocándonos, que también así podemos hacerlo. La debilidad postmoderna es que hay mucha gente que cree que está informada cuando lo está menos que nunca y la propaganda fluye sin filtro. Algunos intentamos sobrepasarla. Con poco éxito. Y qué, no es nuestra culpa.

Mañana hablamos de pactos.