Todo sigue como ayer

La política ha vuelto a fracasar mientras los partidos leen los posos del café buscando pequeñas victorias, esas que solo valen para los discursos.

Lo más relevante del 27S es que todo sigue como ayer. Nada ha cambiado, ni en el reparto de fuerzas ni en la solución. La participación ha subido, eliminando los sesgos tradicionales de los procesos electorales en Cataluña. Por fin tenemos una radiografía relevante de qué quieren y opinan los catalanes. Con ella en la mano, la única salida posible es el diálogo del que tanto el gobierno de España como el de Cataluña han sido incapaces en los últimos tres años. Vaya, como ayer.

Si el 27S había un plebiscito, como proponían Junts pel sí y la CUP y como aceptó y promovió durante toda la campaña el PP, ni independentistas ni unionistas lo han ganado. La suma de las listas prosecesión es grande, pero insuficiente para que fuera de España a alguien le parezca relevante y se pueda poner en cuestión la legalidad vigente. Los unionistas pueden defender que las listas no independentistas suman más votos, pero como victoria moral es ajustada, por un margen estrecho y, a efectos prácticos, bastante inútil.

Ni los independentistas pueden iniciar un proceso unilateral con la mitad del país fuera de él, más aún cuando esas mitades también tienen un componente territorializado, ni los unionistas catalanes ni el resto de españoles pueden estar contentos porque solo (¡solo!) la mitad menos uno de los ciudadanos dice que se quiere marchar.

Hace tiempo que el sector independentista defiende que con España no hay nada que hablar porque no se puede, porque España nunca cambia; pero es obvio que no se trata de una constatación sino de su decisión, deliberada y calculada. Una manera curiosa de obviar la propia historia del catalanismo, la del pueblo español y, por qué no decirlo, la realidad más evidente. Una manera, también, de aprovechar una situación coyuntural y transitoria como es un gobierno democrático para hacer política irresponsable de largo plazo. Al final se comprobará que fue muy cortoplacista.

El gobierno de España, representado en un PP irrelevante en Cataluña, desprecia de manera sistemática la voz de la mitad del pueblo de una Comunidad Autónoma que forma parte de sus obligaciones. Un pueblo agotado y a veces confundido con lo que se refleja en sus políticos o en los medios de comunicación. El PP agita las leyes como tablas sagradas, como si aquella constitución contra la que Aznar pedía votar en los setenta no hubiera sido el resultado de la negociación para resolver un conflicto, tanto de historias e ideologías como de intereses. Lo que de toda la vida se ha llamado política, la que ellos han renunciado a hacer convirtiéndose en funcionarios grises sin ideas, sin pasiones y sin sentido de Estado.

La incompetencia de ambos, de Mas y Rajoy, solo tiene una buena noticia: que en unos meses no serán ellos quienes escriban y moldeen la continuación de esta historia.

El Mas que dilapidó toda la herencia política de Convergència i Unió en tiempo récord, el Mas que imitó todos los discursos del PP sobre la corrupción propia, el Mas que envolvió sus recortes y su deuda disparada de épica e himnos, el Mas que finalmente huyó de los datos y los debates ocultándose entre las masas, está ahora en la cuerda floja. Sin mayoría absoluta para su lista collage depende de la CUP para ser president. Si los anticapitalistas son coherentes Artur Mas no será elegido y habrá que buscar una alternativa. Quizá sea Romeva, otra decepción recién descubierta pero con capacidad involuntaria para unir a tantas sensibilidades indepententistas, necesitadas de una figura de transición con menos personalidad y poder fáctico que Mas. Una figura menos atada y más de fiar. Ante lo que viene, al propio Mas es lo mejor que le podría pasar.

Rajoy, que ha vuelto a protagonizar los momentos más hilarantes de una campaña electoral bochornosa, tiene los días contados en Moncloa. Ninguna encuesta dice que el PP pueda revalidar su actual mayoría, y sin ella cuesta creer que alguien se atreviese a pactar algo con el partido sin pedir antes la cabeza del personaje más vacío que recuerda la historia reciente de España. La nueva posición de Ciudadanos en Cataluña, fruto de la polarización del voto y de su conocimiento del terreno, pone aún más fácil ese escenario. Inés Arrimadas fue la gran triunfadora de la noche, de 9 a 25 escaños, y su resultado supone una segunda lectura: la estrategia de radicalización del PP, tanto en lo nacional como en lo social, ha sido un fracaso que ya no intentará exportar. Por suerte para todos.

No hay que olvidar que estas elecciones eran, no además sino sobre todo, unas elecciones autonómicas. Ahí quedarán lecturas para estos meses. La lista independentista pierde 9 escaños con respecto a los resultados de ERC y la extinta CiU. Unió Democràtica, un partido histórico ya casi personalizado en Duran i Lleida, siempre estuvo socialmente sobrerrepresentado en la federación. Ahora sabemos cuánto: de 16 a cero escaños. Catalunya sí que es pot, que aglutinaba a ICV-EUiA, Podemos y Equo pierde dos con respecto a lo que obtuvo la coalición verde por sí sola. Pablo Iglesias dice que se trata del contexto, de esa polarización. Sí. Y habría que añadir a ello una campaña nefasta con un discurso antiguo y un candidato incapaz de conectar con nadie. Quizá tampoco con Cataluña, a la que Podemos ha tratado como una hija pequeña. Otra prueba: el PSC vuelve a salvarse; tanto, que puede acoger su peor resultado histórico como una pequeña victoria. Miquel Iceta ha conseguido que su partido siga siendo el referente federalista en Cataluña y el partido referente de la izquierda no independentista. Está bien situado para un futuro aún incierto.

En este escenario, en el de la Comunidad Autónoma que aún existe, es en el que se abren los interrogantes inmediatos. Mañana hay que seguir gobernando Cataluña: ¿cuál es la ideología de Junts pel sí, que aglutina a la izquierda y a la derecha?, ¿cuáles serán las condiciones y la capacidad de influencia de la CUP?, ¿cuánto durará la solidez de la lista independentista una vez que haya un cambio en España, si ya incluso en la jornada de reflexión esto propició titulares?, ¿cuántos meses tardarán los catalanes en volver a votar?

La política es diálogo, es pacto. Es incluso coalición. Todos esos conceptos que desde hace tiempo se denostan como si fueran negativos, como si la pureza y el enfrentamiento fuesen la opción correcta. No se puede argumentar que en estas elecciones ha ganado alguien que tenga legitimidad para cerrar el debate nacional de Cataluña. Primero porque no hay normas, no hay reglas establecidas ni una pregunta clara. Lo reconocen quienes alertaron de que votar por Lluís Rabell era votar por la unión, por España y hasta por Aznar y ahora dicen que esos votos son una suerte de abstención. Mover la portería cuando el resultado del partido no es el esperado, un clásico. Segundo, porque las mayorías no solo carecen de solidez sino que, además, ni siquiera han variado con respecto a los últimos años.

Sí, todo sigue como ayer mientras en una noche que nos prometieron decisiva algunos entusiastas gritaban aludiendo a “un sol poble” que nadie veía y que las caras de sus dirigentes no reflejaban.

El problema es que el fracaso de la política desde 2012 y esa citada incompetencia de Mas y Rajoy ha convertido al próximo Parlament en un escenario mucho más complicado para desencallar este absurdo y salir del círculo de surrealismo repetitivo en el que vivimos. En Junts pel sí ya hay pocos políticos, es una lista de activistas con un propósito claro que la dependencia de la CUP solo acelera. El PP ha enviado a un hincha radical a representar su posición. Ciudadanos tiene más complicada una postura tibia porque ha conseguido despuntar gracias a un escenario de enfrentamiento. Catalunya sí que es pot y el PSC no condicionan mayorías decisivas, al menos de momento. ¿Cómo alguien con amor por Cataluña ha podido permitir que se llegue a esta situación?, ¿quién ve buenas noticias? España tiene una bomba sobre la mesa y su presidente sale a comparecer horas después, sin preguntas mediante, para repetir frases gastadas. No merece la alta responsabilidad ni el honor asociado a su cargo.

El próximo presidente de España, que lo será en unos meses, no puede permitirse mirar de lado ni hablar solo de la fuerza de la ley. Del mismo modo el independentismo tiene que superar el tiempo de los eslóganes y las arengas. Hay que hacer política, una palabra que tenemos que dejar de apartar y mirar con sospecha para recuperar con toda su fuerza y altura. Y una vez más hay que decir que, pese a las risas y las incredulidades, el federalismo español nunca lo ha tenido tan fácil; no porque Cataluña ya no encaje en esta España sino sobre todo porque España entera ya no encaja en su propio sistema. Es el momento de elegir para no tener que elegir romper.

Una de las frases de la campaña: “No volem triar. Ho volem tot”.