A los federalistas

Felipe González escribió hace más de una semana una carta a los catalanes en la que hablaba de cosas interesantes. Todas ellas quedaron empañadas por la clásica meadita fuera de tiesto. Nadie que viva en Cataluña puede aceptar comparaciones o amenazas con nazis, italianos enloquecidos o aventuras balcánicas sin preguntarse dónde viven los oradores del presunto unionismo. En el PP, el partido del inmovilismo, acabaron por aplaudir las palabras de quien decía “No estoy de acuerdo con el inmovilismo del Gobierno”; sin que quedase claro si aplaudían la carta entera enmendándose a sí mismos o si ni siquiera llegaron a leer hasta allí porque ya tenían lo que querían. Son poco creíbles los llamamientos a la calma con gritos que aceleran más la mecha y cargan de munición victimista a quienes solo saben hacer campaña en ese plano. González, que ni es tonto ni es nuevo, también sabía que de esas frases de su carta y no de otras se hablaría al día siguiente, que esos serían los titulares y que pocos son los que sobrepasan el primer párrafo. Así que fue miserable por lo que tenía de incendiario consciente.

Una semana después los líderes de la candidatura independentista ‘Junts pel sí’ respondieron con una carta a los españoles. Decían querer mucho a España y que su problema es con el Estado español, a veces con mayúscula y otras con minúscula. No significa lo mismo pero en su argumentario vale igual. El estado del Estado, en definitiva. Era una carta con buen tono pero que no podía evitar parecer impostada, centrada en un discurso de cariz sentimental que es donde según se acerca el 27 de septiembre se juega la partida para una secesión que solo traerá buenas noticias y ninguna renuncia. Una llamada al amor y la dignidad firmada por los mismos que quieren programar y proclamar una independencia con un importante déficit procedimental y poniendo como excusa para ello un contexto político eventual y a punto de agotarse. Una llamada a la democracia y la cohesión firmada por los mismos que van adaptando de forma arbitraria las condiciones de un proceso en el que aún no ha pasado nada con traducción real y práctica; más allá de las manifestaciones masivas, las performance que no tanto y la sobreactuación institucional. Por mucho mérito que tenga todo eso, que sin duda lo tiene.

Las cartas de González y de la llista de/amb el president adolecen un problema común: hablar a los españoles (se entiende que excluyendo a los catalanes) y a los catalanes en exclusiva como si en ambos casos fueran un todo absoluto, masas homogéneas sin tonos ni matices. El mismo problema que tiene este debate desde que se inició en 2012 o treinta años antes. Una condición que aleja ambos discursos de la realidad y los envía a la papelera.

Mientras estas miradas viscerales condicionan el ámbito público los federalistas siguen lloriqueando que existen, aunque nadie esté seguro de ello ni les haga caso. Los federalistas están tan denostados que ni siquiera les escriben cartas. No hay misivas de amor para el federalismo español. Prometen que su programa es viable, de hecho el único viable, serio y realista; pero ni así consiguen tener un hueco fuera de los programas de humor de la televisión pública catalana, en los que aparecen retratados con maestría como un duende mágico y ficticio.

Hace unos meses Ferran Pedret escribía sus razones para ser federalista y proclamaba que los principales argumentos en contra dicen que costará, que no es fácil o que parece que los apoyos son pocos; pero que en ningún caso dicen que la idea es mala o no lleva a ninguna parte. Pedret, firmante de un discurso precioso, tendría que buscar a esa falta de difusión un culpable que está en casa.

La izquierda federalista española ha cometido muchos errores históricos, pero quizá el más grave es el de vivir acomplejada. España es un Estado difícil en el que las sensibilidades no se miden solo en el plano ideológico sino también en el territorial. Da igual lo mucho o poco que esto guste a cada uno. Es así y la política consiste en gestionar y afrontar la realidad.

El PSOE, único partido que durante décadas pudo jugar a ser referente en cualquier Comunidad Autónoma, tuvo que hacer equilibrios para conseguirlo. Equilibrios que a menudo consistieron en aceptar la postura de la derecha nacional o de las izquierdas nacionalistas sobre lo que afectase al modelo de convivencia. El PSOE aspiró a ser el partido del progreso social mientras en todo aquello que tuviera que ver con los símbolos, las competencias propias y los hechos diferenciales dejó hacer a quienes tenían y tienen esas como razones de ser. Una externalización de ideas que no ha servido de nada. Si el PSOE era el referente en siglas del federalismo español es lógico que ahora casi nadie se lo crea por tanta dejación de funciones.

Felipe González vuelve a servir como ejemplo de actualidad. Ni unos días han pasado de su polémica carta cuando se ve enredado de nuevo en sus propias palabras. El expresidente concedió una entrevista a La Vanguardia en la que dijo que estaría de acuerdo con reconocer la “identidad nacional” de Cataluña en una reforma constitucional. De ahí se extrae que González ha dicho que es favorable a reconocer a Cataluña como nación. ¡Pues no! Al parecer no es lo mismo. El complejito. Tendría que explicarnos el intelectual González cómo puede un territorio tener “identidad nacional” sin ser una nación. Solo las naciones pueden tener “identidad nacional” como solo las regiones pueden tener “identidad regional”, y así sucesivamente. Pero González no lo cree, y cuando le preguntan de nuevo por el asunto para que lo deje zanjado dice ante la prensa que no quiere contestar “para no enredar”. En realidad, por cobardía y porque no tiene nada que decir. Por el complejito.

En función de la audiencia los políticos del complejito se relajan, se vienen arriba y acaban regalando cantos de sirena adaptados. Eso que servía de algo, quizá, en el 78, cuando los mítines se hacían sin tantas cámaras y encima del remolque de un tractor. Luego salen corriendo cuando les asalta el miedo a haber fijado una postura concreta o valiente. El miedo de quienes permitieron colocar un artículo en la Carta Magna vigente que habla de “nacionalidades y regiones”, sin que nadie sepa qué es eso ni quién es quién y que por tanto es inútil. El miedo que dejará patente el PSOE en su próxima propuesta de reforma constitucional, según infoLibre, para decir lo mismo que González y por tanto no decir nada, intentando repetir otra constitución a medio hacer.

Los ciudadanos, y los periodistas en su nombre, tendrían que empezar a no aceptar estas enormes bombas de humo y los discursos llenos de aire. ¿Es usted federalista, autonomista o está por la recentralización? Y si es federalista, ¿qué significa esto? Sin palabras bonitas, sin florituras. A lo concreto, Pedro Sánchez. Otro que habla de federalismo sin decir nada. ¿Hay una o hay varias naciones? Se puede tardar un rato en explicar por qué, pero solo lleva unos segundos decir sí o no a preguntas que sólo admiten un sí o un no. A esas todos huyen cual González a la deriva.

España no puede permitirse otras tres décadas de discusiones filosóficas sobre lo que es o deja de ser. El federalismo español existe pero no toda la izquierda española es federalista. No hay ningún problema en que el PSOE prefiera una u otra postura puesto que todas son legítimas, por más que sobreactúen los nacionalistas de todo signo y capital. El escándalo está en que el partido que más años ha gobernado la España democrática y que aspira a hacerlo de nuevo no tenga una, la que sea. El mismo problema con el que llega Podemos por detrás, imitando eufemismos, palabras bonitas y discursos elaborados para que cuando terminan nadie sepa qué han dicho. Lo peor es que todos esos miedos parten de varias falacias y de una esencial: creer que defender posturas descentralizadoras fuera de Cataluña es un problema electoral.

Es difícil que alguien apoye lo que nadie explica y aún así la realidad sobre lo que es España escapa a los prejuicios: las encuestas siguen diciendo que el federalismo es mayoritario en Cataluña como opción ideal, pero también que es una de las opciones favoritas entre el conjunto de los españoles, junto al modelo actual, y que son una exigua minoría quienes abogan por un Estado central sin autonomías, más minoría cuanto más jóvenes son los encuestados. Incluso en pleno debate secesionista sigue siendo así. El problema de los federalistas y de la izquierda en general ha sido dejar que el PP se apropie de la ‘marca España’ y que en el imaginario colectivo de Cataluña y en la propaganda más interesada ambas imágenes estén asociadas. Por el complejito. El mismo que demuestra la izquierda por otro lado cuando el secretario general de un partido es proclamado candidato ante la bandera del Estado que aspira a presidir y eso se convierte en un tema de debate central. A estas alturas.

Una de las motivaciones favoritas de la derecha españolista más cerril es recordarnos cada cierto tiempo que la ruptura de España es inminente, que ellos han venido a salvarnos y que por eso tenemos que votarles. Se atreven a decir una y otra vez que la culpa de lo que pasa en Cataluña la tuvo aquella frase de Zapatero prometiendo que aprobaría el mismo Estatut que aprobase el parlamento catalán. No el recurso del PP entre frases radicales y obviando la voluntad del pueblo catalán expresada en referéndum, no las recogidas de firmas del PP por provincias andaluzas en actos llenos de caspa y algaradas cañís, no los anuncios de radio cargados de xenofobia para intentar rentabilizar en el resto de España su aislamiento en la política local de Cataluña, no todos los desprecios posteriores y los anuncios de españolización de niños, no quienes después de tanto ruido y tantos autobuses hicieron presidente a Artur Mas pensando en sus necesidades en el Congreso. No, resulta que la tiene el único dirigente socialista que con mejor o peor fortuna intentó cerrar el debate más cansino de la historia de esta delirante nación, entre zancadillas ajenas pero también muchas propias.

Lo que no se ha reivindicado nunca, para sonrojo colectivo de la izquierda federal, es que después de tanta campaña, tanta firma, y después de aprobado y aún no recortado el Estatut que negoció, pactó y defendió el ahora gran líder Mas, el presidente Zapatero ganó las elecciones generales españolas y siguió en el cargo. Las ganó mientras la prensa opositora repetía hasta la saciedad aquella frase (tan obvia por otro lado) que pronunció en el Senado: “el concepto nación es discutible y discutido”. El complejito es tan grande que la izquierda federalista no es capaz ni de rentabilizar sus propios triunfos o darse cuenta de cuándo ha conseguido una victoria señalada. Porque aunque no se pueda extraer causalidad entre el debate catalán y el resultado de aquellas elecciones, es aún más evidente que tampoco se puede concluir el efecto contrario, como siempre se ha dado por hecho entre la tertulianada española y catalana.

Los nacionalismos periféricos y el independentismo han crecido exponencialmente con las mayorías absolutas del PP y han decrecido a su mínima expresión cuando el PSOE ha gobernado. ¿Quién es entonces el separatista? ¿Quién desestabiliza la unidad de España? ¿El que considera y cree que el gallego, el euskera y el catalán son lenguas de España que merecen respeto y protección o quienes tensan a la sociedad inventando problemas inexistentes para barrer su basura? La izquierda ha aceptado a lo largo de la democracia todas las imposiciones conceptuales de la derecha y ahora está presa de ellas, pero lo está por propia elección. No le hace falta imitar el discurso de Cospedal, Albiol o hasta Rosa Díez vinculando la expresión democrática de una parte de Cataluña con movimientos radicales o antidemocráticos, ya lo hacen ellos; ni mucho menos le hace falta esconderse en debates centrales, como cuando se pide la segregación de niños por su lengua (que en Galicia y Cataluña suele ser lo mismo que decir por su clase social) frente a los programas de inmersión que han ayudado a cohesionar a la sociedad e igualar oportunidades, y nadie da un puñetazo en la mesa para desmontar esa falsa llamada a libertad. También ante el lado independentista ha habido cesiones acomplejadas, como ese discurso culturalista casi nunca contestado que dice que “España no puede cambiar”, cuando la propia historia de los gobiernos socialistas y de la evolución de la España autonómica demuestra lo contrario con datos objetivos.

Ahora, con la mayoría absoluta que han empleado como rodillo autoritario y las instituciones del Estado desprestigiadas, el PP aprueba una reforma que afecta aún más a la maltrecha credibilidad del Tribunal Constitucional por la misma vía de ordeno y mando. Así, mete de nuevo a las estructuras del Estado en campaña y debilita su legitimidad, dotando de más y mejores argumentos a los candidatos por la independencia que hablan de falta de democracia en España. Candidatos que tienen la suerte de contar al otro lado con el Gobierno menos político, menos intelectual y más reaccionario de la historia reciente.

Mientras tanto, ambas partes señalan a quienes les dejan en evidencia abogando por opciones que consigan que las derechas de bandera al viento dejen de usarlas para aplicar juntas las mismas políticas sociales camufladas entre debates que saben que no van a ninguna parte. Llama la atención cuánto se parecen los discursos populares y convergentes al hablar de la sanidad, de los recortes y de los registros por corrupción; y cuánto se parecen esos discursos al encontrar al peor de los enemigos entre quienes señalan que todo esto, sea bajo la bandera que sea, no puede beneficiar a nadie. Pero ni así decae el complejito.

En realidad los federalistas de izquierdas solo deberían tener un complejo: haber sido tan inútiles como para mostrarse incapaces de posicionar y defender su discurso durante décadas, hasta cuando lo tenían todo a favor. Ahora lo tienen todo a favor. Pero hay un paso más que los federalistas españoles tienen pendiente y es dejar de pegar saltitos solo cuando el nacionalismo catalán se viene arriba. El federalismo no es una forma de solucionar un conflicto entre Cataluña y el resto de España y sería inaceptable implementarlo por esa razón. El federalismo es un modo descentralizado pero cooperativo de entender el Estado que va mucho más allá y que ni siquiera se explica en los discursos políticos de Comunidades con larga tradición política en esta postura, como Galicia. Lo que un federalista debe razonar a murcianos, andaluces, canarios y cántabros no es que el federalismo calmará a los catalanes sino que una España federal servirá para gobernar mejor y de manera más eficiente sus propios intereses.

A los catalanes favorables a la secesión, de hecho, hay que decirles que la propuesta federal es independiente a su ansia de marcharse y que no habrá un federalismo ad hoc para Cataluña, porque eso ni sería federalismo ni sería de izquierdas. Se puede estar de acuerdo en que Cataluña vote su independencia pero, si decide quedarse, qué es España sí lo tendremos que decidir entre todos y por el bien de todos, no de una parte. A día de hoy, los discursos en el marco referencial catalán y español ya están despegados: mientras en los medios españoles se sigue debatiendo si Cataluña tiene o no derecho a decidir su independencia, en Cataluña el debate es ya por qué marcharse y cómo hacerlo. A esto los federalistas españoles también llegan tarde y no será porque sus compañeros catalanes no les avisaron a tiempo. Compañeros catalanes que sí llevan años y años hablando claro, alto y fuerte mientras, qué paradoja, todo el mundo les acusa de lo contrario.

El PSOE, Podemos o cualquier partido que quiera vender una tercera vía ha de empezar a obviar los eufemismos y los buenos rollos vacíos para hablar de forma nítida: ¿habrá derecho de autodeterminación para determinados territorios y cómo se ejecutará?, ¿habrá capacidad de recaudar impuestos por parte de las Comunidades Autónomas?, ¿cómo se financiará el Estado?, ¿qué competencias tendrá blindadas el Estado y cuáles podrán ser transferidas a las Autonomías o como se llamen los Estados federales resultantes?, ¿dónde estará el límite?, ¿tendrá alguna Comunidad competencias blindadas en educación, cultura o política lingüística?

La valentía no hace perder votos en Albacete. La cobardía de un federalismo necesario pero ausente sí hace que España sea hoy políticamente irrespirable y esté perdiendo la batalla de su propia razón de ser; dejando que el discurso de Estado y, peor, el futuro de ese Estado, lo construyan minorías sociales con altavoces más fuertes y, eso sí, ningún complejo para gritar.