La radio antigua

Vivimos rodeados de gente que lamenta el cierre de medios que nunca consumió o de cafeterías en las que nunca entró. También de gente que lleva años anunciando el fin del periodismo pero que se queja de los textos largos, de los reportajes de televisión elaborados y que quiere que se lo den todo mascado en dos minutos y a ser posible entre memes de gatitos. Gente a la que no le importa presumir de ignorancia o de pereza pero que en cambio exige a los otros su parte de esfuerzo y grita muy fuerte antes siquiera de tener un dato que blandir.

Es posible que siempre fuese así. Las redes sociales y los contadores de visitas en las web solo nos han servido para entender que nadie leía los periódicos enteros y que aquellos escritores que fueron de prestigio estaban allí por la confianza de los editores. No se podía medir, como ahora, cuántos segundos se posaban en ellos los ojos de cada lector. Con el contexto mediático actual nunca habríamos tenido apellidos ilustres en las contraportadas. Ya no es el prestigio ni el compromiso lo que da dinero.

Descubierto el engaño aún hay quien se atreve a hacer cosas poco comerciales para, encima, triunfar con ellas. Jordi Évole en La Sexta, metiendo en prime time programas largos sobre temas relevantes, o Carlos Alsina haciendo una radio de cadencia tradicional que muchos llamarían antigua. Porque al parecer es antiguo destinar 18 minutos a un monólogo sobre la historia del ébola y, al parecer, lo es hacer un programa como el de esta mañana desde la frontera con Hungría para hablar de los refugiados sirios; dibujando un retrato de la realidad que emociona e informa a partes iguales.

Otra cosa que es antigua, ya de paso, es ser periodista antes que político. Carlos Alsina es de derechas, no caben muchas dudas. Pero nunca se oye hablar de él a esa gente que se cree muy informada. Es curioso. Losantos, Merlos, Sostres y los protagonistas de pseudomedios digitales con noticias inventadas y opiniones de flema tienen miles y miles de oyentes y seguidores menos en toda España y, en cambio, se les cita como faro y guía de no se sabe qué y parece que representan a alguien. Por ejemplo, entre los catalanistas favorables a la independencia que quieren convencernos a todos de que España es un erial de neuronas se agita mucho a estos, sostenidos de manera ficticia, pero nunca se mencionan los editoriales respetuosos y razonados de Alsina, desde el unionismo, o Gabilondo, desde el federalismo. No dan audiencia fácil ni despiertan bajos instintos. Para qué queremos un debate serio sobre nada pudiendo contar con los Indas, los Marhuendas, las Raholas, las Empares y ahora también las Karmeles y los Jorgejavieres de la vida, que por si éramos pocos también se meten a jugar a la política. A esa política.

Ayer era fácil cruzarse en Twitter con las soflamas de un personaje famoso por sus trifulcas en bares de Madrid y por proclamar el ultraliberalismo desde su tele pública. Decía que los medios (progres) nos engañan porque en realidad los refugiados sirios no son honradas familias ni niños como el de aquella playa, sino hombres jóvenes y combatientes que están invadiendo Europa cual caballo de Troya para acabar con la civilización. Lo decía desde su sofá. Esta mañana Alsina contaba en directo desde la estación de Hegyesalom que “para nosotros es un día normal pero para estas personas no lo es; para estas madres, para estos padres, para estos críos, muchos niños aunque el gobierno de Hungría no quiera que salgan en los medios públicos que él controla, muchos niños que anoche llegaron a esta estación; para todas estas personas no es un día normal”. En la radio es importante el segundo, en el “internet social” tiene mucha más difusión el primero. Y se supone que la burbuja de libertad y democracia está aquí. A ver si explota.

Es de agradecer que en medio de tanto ruido haya gente en Onda Cero y la Cadena SER, las principales radios de España, y las radios y televisiones públicas, que dignifique esta profesión mientras los que dicen que quieren algo mejor siguen dando publicidad, difusión y protagonismo a sus voceros intoxicadores favoritos. En internet todo es transparencia. Se ve enseguida quiénes se indignan porque quieren algo mejor y lo apoyan cuando surge y quiénes lo hacen porque es más fácil y menos costoso que seguir y aportar algo mejor. O peor: porque es lo que sirve a sus intereses. Lo bueno siempre ha existido. Es la audiencia basura la que crece sin parar.

Escuchad esto: Dos mil personas llegaron aquí en la madrugada del domingo. Colmado el campamento de Cruz Roja de personas cansadas, nerviosas, desveladas. Queriendo saber cuándo podrían subir a un autocar para seguir camino en Austria. Dos mil personas agotadas. Tendidas por grupos en el cemento.  Sigue aquí.