Rosa María Calaf: “Lo que es gratuito alguien lo paga y hay que saber quién”

Rosa María Calaf

Entrevistar a Rosa María Calaf puede ser un sueño y honor para cualquier periodista joven. Una vez que accede queda en sueño irrealizable. Las preguntas previstas son innecesarias en cuanto se le insinúa un tema. Quizá por costumbre de tratarlos, pero sobre todo por conocimiento y vivencias acumuladas, todo se reduce (o engrandece) a un monólogo al que solo hay que dar pie con una palabra clave. Ella ya sabe qué interesa.

El mayor apoyo para su forma entusiasta de expresarse es su reconocible voz, por lo que la transcripción supone una pérdida de calidad. El respeto que merece surge en cambio de la pasión. Se nota que disfruta su trabajo y sigue creyendo en él, en el periodismo.

Rosa María Calaf (Barcelona, 1945) suele recibir a sus invitados en cafeterías de la capital catalana que, al final de la entrevista, confiesa que elige por su comodidad pero también por el trato que recibe. Nada que objetar, el suyo es impecable.

Así, el pasado 6 de mayo habló del estado actual del periodismo, de la historia de Televisión Española y las intervenciones políticas en ella, de su forma de entender las sociedades y conflictos actuales, del futuro de China y su papel en el mundo o del ejercicio de su profesión allí donde las mujeres no conocen la libertad.

Ante una periodista con cuarenta años de trayectoria y que ha visitado más de 170 países cualquier aproximación es solo un esbozo de lo que guarda.

La primera pregunta, contradictoria con entrevistarte, es si no crees que los periodistas tenemos una cierta tendencia a hablar demasiado de nosotros mismos.

Sí, creo que sí. Yo mientras estuve en activo nunca hice entrevistas. Muy puntualmente, por ejemplo cuando me dieron el Ondas; pero tenía una gran resistencia a ello como muchos colegas. Cuando estás en activo tú no eres lo importante. El periodista es un puro puente entre realidades.

Ahora me paso el día haciendo entrevistas, pero claro, ahora ya soy yo; es decir, que no represento a ninguna empresa, es mi opinión de ciudadana y cuando se trata de cosas personales hablo de mi experiencia.

Pero sí que es verdad que hay una cierta tendencia al narcisismo en la profesión, a hablar demasiado y sobre todo a significarse demasiado. Yo siempre te hablo desde el ámbito televisivo, que es lo que conozco más. En los audiovisuales algunos llegan a creerse el ombligo del mundo. En eso no estoy nada de acuerdo ni lo he estado. Toda esta especie de exposición es una prueba más de cómo el periodismo ha ido derivando mucho al espectáculo.

En esta época en la que la profesión está en una situación muy precaria, llena de jóvenes becarios de los que las empresas se aprovechan, ERE… ¿dónde están los referentes?, ¿dónde tenemos que mirar?

Eso es gravísimo porque no es casualidad que sea así. La precariedad y toda esa manera de ir condicionando el trabajo tiene como resultado final peor calidad laboral, peor calidad informativa. Las empresas periodísticas convencionales no están interesadas en la excelencia informativa.

En el mejor de los casos el objetivo es hacer puro negocio; es decir, mercantilismo con aquello que va a tener mayor rendimiento para hacer caja. Se prescinde de los periodistas en las redacciones y quienes deciden son los departamentos de contabilidad, financieros y de marketing. En el peor, hay una clara alineación con intereses de grupo. Los medios de comunicación han pasado a pertenecer, por una tendencia general que empezó en Estados Unidos pero ya está en todas partes, al interés de grupos que tienen periódicos, cadenas de hoteles, fábricas… Cuando la General Electric tenía la NBC también tenía fábrica de armas.

Hay una promiscuidad entre el poder mediático, el poder político y el poder económico que es tremendamente peligrosa. Conduce a que la información no es buena. El ciudadano está muy indefenso porque no recibe aquellos elementos de conocimiento que necesita sobre los grandes y pequeños temas para formarse una opinión con la que va a tomar decisiones.

¿Dónde nos fijamos para buscar referentes? Cada vez es más complicado. Si haces un corte limpio entre la experiencia, la memoria en las redacciones y la gente que llega, hay un vacío. Nadie nace enseñado, todos hemos tenido que aprender. Hacer creer que la gente mayor no sirve es muy interesado, persigue que no se tengan las herramientas para poder trabajar.

Tenemos periódicos, televisiones, radios, medios convencionales; no todos son iguales. Pero todos en este momento responden a intereses económicos. El poder económico ha fagocitado al poder político, al que ha puesto a su servicio, y al poder mediático, que también. La esperanza, donde está ahora la batalla, es en la red. Creo que los medios convencionales están perdidos. No es lo mismo The New York Times que el China Daily, evidentemente. Cada uno responde a las características del país: a menor calidad democrática menor calidad de la prensa. Pero pensando en nuestros entornos, en lo que consideramos países libres, los medios no son libres. Esa es la cuestión.

Se siguen manteniendo medios convencionales que todavía tienen una cierta calidad, grandes cabeceras como The Guardian y Le Monde. Pero no son perfectos. Por ejemplo, The Guardian era uno de los periódicos con mayor prestigio en levantar grandes temas y hacer grandes denuncias y como ya no se invierte en investigación ahora ese departamento está en una fundación. Una fundación externa es la que paga el departamento de investigación del periódico. Hay unas ciertas garantías de independencia, pluralidad y compromiso, pero hay que estar muy atento.

Quien consiga dominar la red va a ser quien consiga dominarlo todo. Lo de que la información es poder era así. El que tenía el fuego era más poderoso que el que no lo tenía e intentaba que los demás no lo tuvieran. Eso ahora es exactamente igual.

Entonces, ¿crees que es posible hacer un buen periodismo y uno que permita destapar escándalos sin el soporte de una gran empresa detrás?

Creo que sí pero es mucho más difícil. Hay que convencer a la ciudadanía de que ya no puede confiar en las grandes empresas periodísticas. De hecho ya no confía, se ha conseguido que se desacredite la profesión y pierda su valor, que es lo que interesa a quienes no quieren que el periodismo ejerza su papel de control. La ciudadanía tiene que entender eso. Es muy importante que se dé cuenta de que está educada de una manera en la que tampoco se le explica que es importante que mantenga su sentido crítico, que sin darse cuenta va entrando en unas dinámicas que como persona y ciudadano no convienen. Y hay que tratar de que la gente entienda que lo que es gratuito alguien lo paga y hay que saber quién lo paga. Puede ser alguien que lo pague con absoluta voluntad de colaboración positiva, legítima, pero puede que no. Eso hay que saberlo.

Hay que saber quién está detrás de cualquier información. ¿De quién es la propiedad de los medios? En España es de los bancos. Todos los grandes medios de comunicación en España están en manos de los bancos; porque no han podido pagar créditos, porque han metido accionariado en fondos, como Prisa con Liberty, etcétera. En Francia también está entrando el gran capital, los grandes millonarios. En Estados Unidos el complejo industrial militar.

En la red es mucho más difícil. Cuando ves un blog o un periódico digital también hay que ir a buscar quién está detrás. El ciudadano tiene que tener conciencia de que su papel tiene que ser activo. Tiene derecho a exigir que se le dé una buena información, porque es un derecho como la sanidad o la educación; pero tiene que saber que tiene la obligación de informarse bien, igual que de formarse bien. Eso requiere un esfuerzo. Es muy complicado pero hay que intentar concienciar de que para hacer buen periodismo, investigación, levantar escándalos y darle al ciudadano todo eso que necesita para ser realmente un ciudadano y no solo un consumidor, él tiene que poner mucho de su parte.

En este momento hay que entrar en la idea de la suscripción por internet y el crowdfunding, que ya se está haciendo mucho. Por ejemplo, Mediapart, francesa, que levantó lo de Sarkozy y Gadafi, funciona por suscripción. Es la gente la que tiene ser consciente de que si quiere tener una buena información tiene que pagar por ella. Igual que en su día se consolidaron periódicos, o unas cadenas de televisión sobre otras o unas radios sobre otras, se consolidará la red. Pero ahí es donde está la batalla. Para eso hay que alfabetizar desde muy pequeños y alfabetizar a los muy mayores. Los medios hay que saber utilizarlos, interpretarlos y manejarlos, como los alimentos. Si tú no sabes que unas patatas fritas son tóxicas te las comes y vas al hospital. Tiene que haber un sistema que controle la calidad. No la ideología, por supuesto: la calidad del producto informativo. No todo vale, igual que no todo vale en las latas de sardinas o en la construcción de una casa. Pero es muy complicado porque hemos construido una sociedad que no piensa, precisamente porque se ha pretendido que no piense.

Cuando estaba preparando la entrevista reparé en un detalle interesante y pensé en qué opinión te merecería que yo, aun siendo más joven, sepa quién cubría la información en Asia en Televisión Española hace quince años y sin embargo no me venga a la cabeza quién lo hace ahora.

Por la forma de hacerlo. No es porque sea más lista, yo o cualquiera de mis compañeros que estábamos cuando salimos con el ERE. Es un problema de aprendizaje. Si tú te tienes que operar a corazón abierto qué vas a hacer, ¿irte a un cirujano que hace cinco años que ha salido de la carrera o a uno que lleve treinta años de profesión? Pues obvio. En la información es lo mismo. La experiencia es un grado. No somos más listos o más tontos: hemos tenido una etapa en la que se nos permitía formarnos porque se valoraba la formación. Ahora no. Ahora cualquiera puede ir a hacer una cobertura. La cobertura de internacional la están salvando los freelance porque los medios ya no mandan prácticamente gente. Estas personas podrán tener un talento extraordinario y esforzarse como locas, pero no han tenido tiempo de aprender y especializarse.

Había ese factor, un factor de mayor conocimiento; pero también que establecías una relación con el ciudadano. El ciudadano había tenido tiempo de comprobar que tú te equivocabas como todo el mundo pero no le fallabas en lo esencial. Es decir, que cuando había errores se reconocían y había un rigor y un compromiso. La persona que te veía sabía quién eras y qué ibas a hacer. Todo era mucho más reposado. Las crónicas eran mucho más largas, las cosas se explicaban mucho mejor. Ahora se valora estar en los sitios.

Si miras la cobertura [del terremoto] de Nepal todo el mundo dice lo mismo. Es igual. Se sale allí y todo es oscuro por detrás, con la diferencia horaria no se ve nada. ¿Para qué se hace un directo en ese caso si no estás viendo nada ni está pasando nada? Es puro espectáculo. Es introducir la estética cinematográfica en la información. Es hacer la información como si fuera una película. Es más atractivo pero es muy perverso, porque cuando lo que das es una película la persona que lo está viendo lo percibe como tal sin darse cuenta. No tiene ningún compromiso con eso que está viendo. Lo ve y tal y como lo ve lo olvida o lo recuerda cinco minutos, pero no se hace preguntas porque no es eso lo que te provoca esa manera de hacer.

Esto que me dices tú me lo dice muchísima gente. “Yo me acuerdo muy bien de cuando usted estaba en Nueva York”. Era el año 83 y se acuerdan de crónicas concretas, de cuando detuvieron al argentino que… ¿Por qué? Porque lo contabas con calma, con poso, con conocimiento. Dabas datos, dabas elementos que te permitían hacerte preguntas como persona, no solo engullir y nada más. Tiene una parte que es la personal de cada uno y su manera de hacer el trabajo, pero tiene mucho que ver con lo que los medios exigen ahora. Si cualquiera de los que está ahora les dice, como yo les he dicho más de una vez, que si no pasa algo muy gordo voy a estar diez o doce días fuera, desaparecida, sin móviles, detrás de un tema…

Cuando yo era corresponsal en la Unión Soviética y empezaba la Perestroika, Gorbachov había hecho una serie de declaraciones de que la gente se podía mover más libremente. ¿Qué hice? Me fui a Alemania y volví en coche, cuando estaba prohibidísimo circular en coche por la Unión Soviética, y me tiré cuatro días recorriendo desde Polonia hasta Moscú, sin teléfono y sin nada. Yo dije en televisión: “voy a desaparecer, voy a comprar un coche en Alemania, me voy a intentar meter sin cámaras…”, porque si las llevase ya en la frontera no me habrían dejado pasar. Es decir, yo con eso no iba a hacer un reportaje, iba a tener información para contarla; pero no iba a tener ninguna imagen, no iba a llevar ni una cámara de fotos para que no hubiera ningún riesgo de que me bloquearan. Esto lo dices ahora, porque solo quieres comprobar y certificar personalmente si esto se puede hacer o no, y te dicen que te has vuelto chiflada. Lo que quieren son doce crónicas al día con material de agencia que dirá lo mismo que las veinte televisiones de alrededor. Lo único que importa es poder decir que tú estás ahí, nada más. Eso es una actitud empresarial que significa otra vez lo mismo: que el objetivo no es la excelencia informativa, no es servir al ciudadano.

En la mente de los espectadores hay unas etapas muy bien establecidas en la historia de Televisión Española. El fin de la publicidad, la manipulación informativa, la TVE del año 89, cuando fue la única televisión grabando en la plaza de Tiananmén… ¿todo esto realmente es así? ¿Hay un hilo conductor en esa televisión o cambia tanto como lo percibimos desde fuera?

Sí, sí, hay unas etapas muy diferenciadas. Ha habido interferencias siempre. Te estoy hablando ya de la democracia, en la época franquista había las interferencias propias de toda dictadura. Cuando yo entré, en el 70, ya era dictablanda porque estaba en el final, pero aun así había temas de los que se sabía que no se hablaba. Pero fíjate, hago un inciso: siempre digo que era casi más fácil trabajar entonces que ahora, en el sentido de compromiso y de rigor. ¿Por qué? Porque el ciudadano que recibía la información estaba en tu misma onda, era tu cómplice. Sabía que tú no podías contar determinadas cosas, pero que tú te las ibas a ingeniar de alguna manera para poder colar, para poder meter entre líneas, para poder sugerir; y el ciudadano estaba alerta y sabía cómo era la situación. Luego bajó la guardia porque dijeron “ya está, los medios son libres y le cuentan, usted tranquilo”. No, ahora es cuando es peligrosísimo, porque es cuando no estamos en guardia y no tenemos alerta y te la cuelan por todos los lados. Es mucho más difícil levantar un ciudadano consciente e informado ahora porque lo que se hace bien, porque afortunadamente hay muchas cosas que se hacen bien, está tan enmarañado, tan mezclado con la basura que desentrañar eso es muy difícil.

Ya hablando desde la Transición hasta ahora hubo unas épocas muy diferenciadas. Siempre ha habido interferencias, porque en este país siempre han pensado los gobiernos que, sean del partido que sean, cuando ganan las elecciones de regalo viene la tele, la agencia EFE y Radio Nacional. Ha habido etapas en las que aún interfiriendo ha sido mucho menos burdo que ahora, que ya es el colmo de los colmos y es la peor etapa de lo que he visto desde la Transición.

¿Sigues Televisión Española habitualmente?

La sigo porque como hago muchas charlas pongo muchos ejemplos de distintas cosas. No estoy mirando, porque casi nunca estoy en casa, pero sí por internet.

¿Y la reconoces tal y como era la TVE en la que tú trabajaste?

No, claro. La reconozco relativamente parecida a algunas etapas.

En información internacional, que es lo que yo he hecho, ha habido siempre menos interferencia porque es como jugar fuera de casa; las interferencias son puntuales, más cosméticas que de fondo. Se entra en las corrientes de agencia sobre los temas homologados y de qué se habla y no se habla, y cuando tú dices que precisamente porque no se habla de ello hemos de hablar es una batalla perdida.

En nacional sí, pero ha habido etapas mucho más sutiles y con intervención mucho menos extendida. Ahora mismo se interviene en todos los programas. Es una cosa tremenda. No te puedes imaginar. No das crédito. Y hay un valor añadido: antes cuando se hacía esto se intentaba disimular. Ahora ya no. Es decir, que ahora ves que ya no importa, ya no hay pudor. Igual que no hay pudor para que un señor diga que compra un periódico, como el magnate que se hizo con parte de The New York Times, porque le interesa hacer dinero y tener influencia. Lo dijo directamente. Hasta hace diez años te hubieran dicho que quieren apoyar a la prensa aunque después no lo hagan. Ahora ya no, ya ni siquiera hace falta tener la máscara o la apariencia. Por eso es tan flagrante lo que pasa.

Se denuncian falsedades y no pasa nada, y no hay peor mal para la construcción de una sociedad sana que la impunidad. Sea en lo que sea: en la corrupción, en la manipulación. Si las conductas delictivas no son penalmente sancionadas y las conductas irregulares, inmorales, ilegítimas, no son sancionadas socialmente; si no temes que la gente te deje de saludar, no estamos en una sociedad sana. En la televisión está pasando eso, que se están haciendo verdaderas barbaridades y no pasa nada; entonces el ciudadano se despega. Ese es un dato que reconforta hasta cierto punto: que haya bajado tanto la audiencia de Televisión Española. Yo creí que no iba a tener apenas impacto. Pensé que, como la sociedad está ya tan adormecida, no iban a tener esta postura activa, que es la que tenemos que inculcarle a todo el mundo. Cada uno de nosotros con nuestros pequeños gestos hacemos un gran gesto. Y ese gran gesto es el que transforma el mundo. Los pequeños gestos uno por uno no van a conseguir nunca nada, por eso se crea una sociedad individualista.

La etapa de la Transición fue fantástica porque era venir de una represión total a de repente poder ponerte a trabajar en los temas que quisieras. Se hicieron bastantes barbaridades en el sentido de soltar cosas sin comprobar demasiado, un poco por la euforia; pero todo se fue asentando. Luego se fue pervirtiendo, igual que pasó con la política. Los que tienen intereses muy determinados en que las cosas funcionen a su interés, no al interés de la mayoría, lo han ido manejando.

La última etapa anterior a esta, la última etapa de Zapatero, francamente fue la mejor. Sin ninguna duda. Yo he estado en casi toda la historia de la televisión. Entré en el año 70 en Barcelona, la tele llevaba aquí diez años. De los cincuenta años yo he estado más de cuarenta. Sin duda los mejores fueron los de Fran Llorente. ¿Por qué? Porque se consiguió hacer un Consejo de Redacción y que tuviera importancia. Podías discutir. No debería ser, pero se cedió a la presión de la audiencia y de las privadas; en lugar de competir en nivel se hizo bajando el nivel. Eso se hizo también en esa época. Pero sí es verdad que tú podías discutir. Si me llamaba el becario y me decía que habían llegado unas imágenes y con qué tenía que abrir el Telediario, yo respondía que “no, no voy a decir eso”. A los dos minutos te llamaba el jefe de internacional y te preguntaba. O podía ocurrir al revés, que tú dijeses que había que hablar de un tema y te dijesen que era aburrido; y la información no tiene que ser divertida, tiene que ser importante. Pero podías discutirlo. Tú no eras la que metía las cosas en el Telediario, pero a veces podías por ejemplo lograr meterlo en el canal internacional. Ahora esto es impensable.

Has recorrido el mundo y has conocido diferentes países, culturas y sociedades. ¿Resaltan más las diferencias o los parecidos? ¿Crees que a lo largo y ancho del mundo somos más diferentes o más parecidos de lo que pensamos?

No, evidentemente somos diferentes. No tiene nada que ver la cultura oriental con la cultura mediterránea. Obviamente. Pero el fondo del ser humano no es tan diferente.

Me sigo yendo en coche por ahí. El año pasado me fui en coche de aquí a Mongolia y me tiré un mes recorriendo Irán desde los pueblos kurdos de los valles de la frontera con Irak hasta la frontera con Pakistán. Ahora estamos preparando ir a los Emiratos. A mí lo que me gusta es ver cómo vive la gente, cómo piensa la gente y qué quiere la gente. Y la gente lo que quiere es vivir tranquilo, en paz, con su familia, con su entorno de amigos, dignamente, tener para comer, educación y se acabó. No hay nadie que necesite tener veintisiete Rolex ni cinco coches. Para nada. Es mucho más la persona en el centro del interés. Hijos sanos, felices. Y se acabó. ¿Entonces por qué está el mundo hecho un horror? Porque siempre hay unos cuantos que quieren más que eso y en el “más que eso” entra el reparto y las luchas de poder. Lo estoy simplificando muchísimo pero es la realidad.

A nuestra sociedad se nos ha convencido de que nosotros lo que queremos no es eso sino tener bienes materiales. Se ha hecho algo tan tremendo como convencernos de que la importancia de las personas es por lo que tienen, no por lo que son. Es gravísimo y ha sido en muy poco tiempo. Lo he vivido yo en mi etapa vital y voy a hacer 70 años el mes que viene. La idea de la persona que antes tenía talento y unas capacidades, se esforzaba por utilizarlo en su favor para vivir un poco mejor y lo ponía al servicio de la construcción social y de los demás, se valoraba y ahora no. Si pones a Messi o a Justin Bieber firmando autógrafos y al lado a tres científicos y cinco activistas por los Derechos Humanos, ¿dónde va a estar la gente haciendo la cola? Eso es muy grave porque no nos beneficia como seres humanos. No tiene nada que ver con ideologías; a veces cuando dices esto te llaman antisistema o rojo peligroso [ríe], y nada más lejos de mi intención que defender lo que se hizo en la Unión Soviética. Es una cuestión de valores.

Es evidente que es mejor tener una casa con calefacción que tener una chabola. ¿Todos tenemos que tener lo mismo? No, no todos somos iguales. Todo el mundo tiene los mismos derechos, pero es obvio que esa premisa…

En este momento una espontánea se acerca e interrumpe la entrevista. “Hace muchos años que nos conocimos”, le dice a Calaf, que se interesa por ella. Cuando acaban la conversación, que parece la clásica charla entre vecinas sobre su edad y lo bien que se conservan, la señora apunta: “el día que la vea la saludaré otra vez”. Parece una amenaza pero Calaf no lo siente así. Retoma su discurso, de nuevo ella sola y sin necesidad de reconducirla.

La verdad es que la gente es encantadora. Es una de las cosas que me sorprende. Nunca pensé que haciendo noticias la gente me fuera a parar por la calle. Esta es vecina del barrio, seguramente la habré visto varias veces; pero me refiero a la gente que te para y te dice “yo he conocido el mundo gracias a usted” o “yo es que a usted la creía”. A nadie como periodista le pueden decir nada mejor. Jamás pensé que me iba a pasar eso. Y hacerte fotos con un cariño enorme. Nunca me he encontrado a nadie borde. Siempre te sorprende, la gente es muy cariñosa.

Total, que el gran problema es ese, que sacamos a la persona del centro del interés y entonces la distribución de la riqueza se hace de forma muy injusta.

Los medios de comunicación y los mensajes que divulgan, que es lo que nos interesa a nosotros, van en la línea de ese pensamiento único que se ha conseguido que cale en nuestra sociedad para que la gente crea que no hay otro modelo posible, que el único es este y hay que defenderlo a costa de lo que sea. A los países que están saliendo del subdesarrollo y quieren ser como nosotros no tenemos derecho a decirles que nosotros despilfarramos y hacemos lo que nos da la gana y ellos no porque si despilfarran nos fastidian el medio ambiente. No es justo. Nosotros tendremos que ceder parte de nuestro medio ambiente para que ellos puedan subir la calidad del suyo. Esa complicidad de los medios en la creación de un modelo social tan absolutamente mercantilista, en el que todo vale y únicamente hay que ponerle precio a las cosas y todo aquello que no tiene precio no importa, sin tener en cuenta que hay muchas cosas que tienen valor pero no tienen precio, es muy grave. Es importante que la gente vuelva a tener esa idea. Que los medios se hayan alineado con ese pensamiento que quita a las personas del centro del interés es lo que está haciendo que el periodismo no esté cumpliendo con su objetivo de servicio a la sociedad.

Los datos económicos y sociales dicen que en los últimos cuarenta años hemos conseguido tener más libertad y menos pobres que nunca en el mundo. ¿También se nota en la percepción subjetiva?

Sí, es verdad. Es verdad que vas a China, por ejemplo, y millones han salido de la miseria. Pero hay que tener cuidado con eso. Vale, hay menos pobres, ¿pero dónde están? Cuando tú partes de cero y te dan dos, dos es muchísimo pero dos no es nada. En un niño pequeño de cero a diez años el cambio es brutal. De diez a quince es menor. De veinticinco a treinta casi nada. Cuanto más vas teniendo la diferencia de la calidad es menor.

Sí, hay menos pobres y hay menos conflictos. Pero hay que pensar siempre que cuando se dan cifras detrás de ellas hay personas con nombres y apellidos. Hay menos pobres, pero los que hay y los que son menos pobres, ¿cuánto menos pobres son? Esto lo puedes trasponer aquí. Hay más trabajo y por tanto menos desempleo, ¿pero cobrar 600 euros al mes es tener trabajo? Nos tenemos que alegrar de que haya más trabajo de 600 euros pero no nos tenemos que conformar.

¿Y las mujeres son más libres hoy?

Las mujeres son más libres pero está habiendo una involución. Por lo mismo. La sociedad progresó mucho en los ochenta y llegamos a pensar que ese progreso iba a ser continuado e iba a durar siempre, en lo material y en las libertades. Hay muchos países que han dejado dictaduras feroces atrás. China sigue siendo un régimen, sigue siendo terrible, pero es verdad que los chinos son más libres de lo que lo han sido nunca, no desde el comunismo sino también con los emperadores. Pero no son libres.

¿Crees que veremos en China un cambio político a corto o medio plazo o están una lógica histórica diferente a la nuestra?

Justo ayer estuve presentándole un libro a un colega, La conquista silenciosa de China. Habla de esto. Ahí hay corrientes. Hay quienes creen que sí, que se va a ir hacia un desarrollo más armónico. Ahora hay unas diferencias brutales. De los 1300 millones de chinos, pongamos que son 1300 porque las cifras en China no te las puedes creer, hay 400 que han salido de la miseria. Pero el resto no. El resto sigue sin agua y sin luz y están peor que antes. Porque antes había una mínima infraestructura de escuelas, horrorosa; una sanidad, asquerosa; pero todo esto se ha ido a la porra. Ahora están tratando de hacer algún tipo de arreglo para que las diferencias no sean tan grandes porque se han dado cuenta de que esto es una caldera de vapor.

Ayer salió un señor que decía “No podemos pensar que los chinos de repente se van a poner a votar”. Hombre, claro que no. Fíjate en lo que nos está pasando a nosotros, cuántos años llevamos de supuesta democracia y qué porquería de democracia tenemos. Pues imagínate eso puesto en 1300 millones de personas y con sus niveles culturales y de desarrollo. China es la segunda economía del mundo, pero en desarrollo humano ocupa el 89. Puede ser la segunda economía, pero un chino no vive como un japonés, un americano o un europeo. Por eso te decía antes lo de los pobres: hay menos pobres, es verdad, pero a lo que hay que ir es a que los que ya no son miserables no sean pobres.

Yo sinceramente soy de la corriente, como el compañero que ha escrito el libro que mencionaba, de que no habrá grandes cambios. Lo que no sé es qué va a pasar, ojalá lo supiera. Hay muchas tensiones internas. La única manera de sostenerse que tiene China es el crecimiento económico pero por encima del 7%. Por debajo del siete se le va todo el tinglado.

El régimen no se aguanta por la ideología, no tienes a nadie que salga a la calle a defender el maoísmo ni nada que se le parezca. Se mantiene por la economía. El gobierno da unas perspectivas de bienestar, mostrando a los que ya se han subido al tren del cambio, el crecimiento y la riqueza, y de esos incluso hay más de 50 millones de chinos que ya son milmillonarios, a cambio de que no se cuestione la apertura política. Eso de momento funciona. Hay un grupo de disidencia mínimo, muy inferior al que había en la Unión Soviética y casi nada organizado, al que descabezan en cuanto asoma un poco. Cada vez son más represores en vez de menos. El actual es más represor que el anterior. O sea, que de ir a mejor en el sentido de las libertades, nada. Esto es objetivo. ¿Subjetivamente, qué pienso? Creo que van a tratar de mantener ese camino de la apertura económica y seguir creciendo, con la cerrazón y el control político para seguir teniendo las riendas. Pero claro, ese crecimiento va a ser en detrimento de alguien. O nosotros nos chinizamos o ellos se occidentalizan.

¿Crees en ese mito extendido de que China acabará siendo el nuevo árbitro mundial o una nueva superpotencia?

Podría serlo. No te digo que esté convencida de que lo vaya a ser porque tiene muchas tensiones internas, o sea que a lo mejor estalla por dentro antes y se desequilibra todo. Y que dios nos pille confesados si pasa eso. Los chinos han crecido y son lo que son gracias a la ayuda, reverencia y pleitesía occidental. Ha sido de una miopía y un cortoplacismo enorme de los políticos. Ellos invierten, crean unos puestos de trabajo y aquí me votan cuatro, y este tío dentro de diez años va a ser el amo del pueblo y me va a decir que encantado de haberme conocido. Es un juego político deplorable.

La duda está en eso. Qué va a pasar, ¿nosotros vamos a ser más parecidos a la realidad china que ellos adoptar la nuestra? Yo te digo en serio que soy más de esta postura. ¿Qué está pasando con la crisis? Hay un vaciado democrático. Estamos yendo a esos parámetros de indefensión de los trabajadores. Se había llegado a un punto en el que se cometían muchos abusos, pero lo que hay que corregir son los abusos, no cargarte el sistema. Mira el de Mercadona el año pasado, que venía a decir que aquí la gente tiene que cobrar menos y que nada de beneficios sociales. ¿Qué estamos haciendo entonces? Acercarnos nosotros a ellos. Los chinos no están dando más derechos a sus trabajadores. No sé qué va a pasar, pero me inquieta mucho. Cualquiera de los dos escenarios no creo que nos vaya a beneficiar como colectivo. Me refiero a lo que es la cultura europea de las libertades, de haber conseguido el respeto por las personas y los derechos.

¿Qué país pondrías como modelo de convivencia?

[Resopla]. Perfecto no hay nada. Me costaría. Lo que sale siempre automáticamente es lo de los países nórdicos. A ver, es verdad que nosotros estamos siempre pensando en nuestros parámetros. ¿Cuál es nuestro parámetro de felicidad? Posiblemente son mucho más felices en Bután, donde la gente vive con la naturaleza, no hay miseria y tienen una vida muy sencilla. Pero nosotros no podemos decir honestamente, por mucho que yo te diga que hay que repartir y bajar nuestros niveles de consumo, que nos vamos a ir a vivir a una choza y no nos importa no tener luz eléctrica. Pues no. Entonces, dentro de lo que son los parámetros occidentales de vida digna, probablemente los ejemplos son los países nórdicos como Finlandia y Noruega. Pero también empiezan a tener desviaciones. En el tema de la mujer están apareciendo una serie de maltratos y de vueltas atrás en derechos conseguidos de igualdad que te dejan helado.

Nueva Zelanda es un sitio en el que hay una vida comunitaria bastante aceptable, pacífica, respetuosa con los espacios de los demás y que no interfiere con los vecinos. No sé, francamente es muy difícil, pero si tuviéramos que tender a algo dentro de nuestro modelo pues sí, te diría Finlandia.

¿Y hay algún sitio al que no volverías?

Hombre, claro. Corea del Norte sin ninguna duda. Eso ya es esperpéntico. Pero dentro de lo que podría ser menos extremo un sitio que no me gusta nada es China. Pero no me gusta por el régimen. Ahora está en una posición de prepotencia absoluta. Tiene su derecho a querer manejar el mundo de acuerdo a sus patrones. Pero a mí sus patrones, por lo que tienen de falta de respeto por las libertades y los Derechos Humanos, no me gustan nada. De hecho, a nivel anécdotico, me invitaron a ir a la Expo de Shanghai porque ayudé y colaboré dando ideas para el pabellón del ayuntamiento y la Generalitat, y es la primera vez en mi vida que rechazo un viaje. Me daba mucha pereza. Es un país muy bonito y no tiene nada que ver con el pueblo chino, pero es un sitio donde me siento incómoda, claramente incómoda.

Cuando has viajado a países donde los derechos de las mujeres estaban limitados, ¿cómo ha sido el trato?, ¿has notado la diferencia por ser mujer occidental o te asimilan a una mujer local?

Te limitan muchísimo. En la vestimenta, en los movimientos, en que a lo mejor no te quieren dar la entrevista porque eres mujer y no quieren hablar contigo. Pero es cierto que puedes hacer cosas que nunca jamás podría hacer una mujer de allí. Dentro de los movimientos limitados tienes mucha más libertad que ellas. Lo que ocurre es que yo siempre he dicho que nunca me ha representado un problema. Son problemas puntuales. Me revienta tener que ponerme un pañuelo o un chador porque para mí es humillante, por supuesto. Me fastidia que una persona a la que quiero entrevistar no quiera que lo haga. Pero, ¿qué ocurre? Esas personas que no quieren son siempre estamento oficial. Ya sé lo que me van a contar. Cuando les pregunte sé qué van a contestar. Sé cuál es su mensaje y que es en parte mentira. No me interesa especialmente. En cambio, puedo entrar en el mundo de las mujeres en el que no pueden entrar mis compañeros periodistas occidentales hombres, y ahí es donde yo me voy a enterar de qué pasa en esa comunidad, de cómo se vive cada día. Es una ventaja extraordinaria. Ser mujer no es un problema para nada. A veces de indignación personal, de por qué no puedo ir sola y tengo que ir con un cámara o un compañero. Indignación en cuanto a mis derechos, pero informativamente jamás me ha representado ningún problema sino todo lo contrario.

En situaciones límite de violencia extrema contra las mujeres, como el Congo con violaciones, en Camboya con venta de niñas, con mujeres secuestradas por el activismo musulmán… yo he podido hablar con ellas y me han contado realmente lo que les pasaba, porque a una mujer se lo cuentan si estableces una relación personal y demuestras que estás genuinamente interesada con una relación de respeto, de humildad. No vas allí y pones el micrófono sino que has establecido una relación. Ahora cada vez es más difícil porque no tienes tiempo, pero en esos casos te cuentan muchísimo más siendo una mujer.

Hay un documental que hizo Hernán Zin sobre las mujeres en el mundo, contando historias tremendas, y habla con una Bosnia que vivió horrores en el conflicto de los Balcanes. El contacto es una abogada, bosnia por supuesto y activista por los Derechos Humanos, y ella acepta la entrevista. Cuando va a empezar a hablar, mira a la activista y le dice que cómo va a contar todo eso ante este hombre al que no conoce de nada y que además es un hombre. Si la cámara hubiera sido mujer probablemente se lo habría contado.

Estamos viendo cada día el resultado de la emigración: miles de seres humanos mueren a las puertas de nuestra casa. Cuando has viajado por África, ¿además del origen del problema has visto de manera muy evidente cuál es la solución?

La solución pasa porque esa gente africana pueda desarrollarse en sus propios países, y eso tiene que ver con los recursos que tienen esos países y cómo se gestionan. ¿Responsable principal? Sus propios gobiernos, que están interesados en llenar sus cuentas en Suiza y les importa un pepino que la gente se muera de hambre. ¿Y esos gobiernos por qué están? Están sostenidos por intereses occidentales, los de las grandes corporaciones de los que nosotros también somos responsables. Cuando consumimos o votamos a una formación no le exigimos, no estamos dispuestos a sacrificar una parte de ese bienestar. ¿Por qué tenemos que tener tantos móviles, cambiarnos cada año? No hay que negar la tecnología, al contrario, pero la tecnología ha de servir al progreso de las personas. El que nosotros estemos cambiándonos de móvil cada cinco minutos y todo el movimiento tecnológico que hay, que es de despilfarro total, significa que en el Congo hay niños trabajando en las minas y que hay un promedio de 50 mujeres violadas al día.

Eso no nos importa básicamente porque no lo sabemos, porque los medios no lo cuentan. Yo estoy segura de que si a la gente se le pregunta para qué necesita un móvil y se le dice que para eso le basta con un producto concreto y que no le hace falta hacer una cola para tener otro un año después, y se le explica que eso provoca y causa todas estas consecuencias espantosas en millones de personas, se verá que todo está en nuestra mano. No cambiar el móvil todos los años y exigir a las compañías a las que compramos que esos recursos los obtenga de forma legal, lícita, legítima y moralmente aceptable está en nuestra mano.

Tras la recolección del chocolate hay un tráfico humano espantoso. Lo hacen niños que son secuestrados. Hay un reportaje de la BBC que costó cuatro años hacer, que ni la propia BBC autorizaba porque no veía claro el follón que iba a tener y que tuvo. Fue retenido varios meses por varias multinacionales que querían impedir que se emitiera, con Nestlé a la cabeza. Están pringadas autoridades y gobiernos, por ejemplo en Costa de Marfil. Todo eso tiene una solución muy clara, otra cosa es la dificultad de ponerla en marcha. La solución es que esos países se desarrollen y que perciban por los recursos que tienen su valor real, no lo que a mí me conviene pagar para enriquecerme. En Chicago hay una bolsa de cereales que marca los precios y cuando bajan acaparan. ¿No hay arroz y la gente se muere de hambre? Sí, sí que hay arroz, está en los almacenes de estos señores.

Así que la solución es clarísima. No hace falta ni ir para verlo, pero cuando vas lo ves. Ves perfectamente esa desproporción entre una élite tremendamente enriquecida y el resto.

La maldición del petróleo. Un país que tiene petróleo, pobre; mejor que no lo tuviera. Es la depredación absoluta. Son los intereses petroleros occidentales corrompiendo a quien haya que corromper, las cuatro élites que se forran y la gente cada vez peor porque entran otros elementos. Porque primero vivían miserables y con una cierta tranquilidad, pero después viven miserables y encima con violencia.

Por qué vienen las pateras, ¿porque les apetece, porque van a jugarse la vida y a ahogarse porque sí? No, porque la gente no puede sobrevivir en sus países. ¿Por qué, si hay recursos? Porque son expoliados. ¿Y quién los expolia? Solo es cuestión de hacer unas cuantas preguntas. Eso es lo que la información debe facilitarle al ciudadano, contarle todo esto en cada caso para que en cada caso tenga los elementos y sepa que tiene que exigir, ya que vive en una sociedad en la que puede expresar su opinión, y que tiene que hacerlo con conocimiento. Hay que exigir que nos lo cuenten aquellos que nos lo tienen que contar, y además el ciudadano tiene que hacer su parte de esfuerzo y buscar quién hay que lo cuente realmente.

Complicado, pero yo soy optimista. A lo largo de la historia de la humanidad siempre hemos mejorado. Estamos mejor ahora que hace 150 años. Hay más gente que está mejor. Poco a poco. Lo que da una rabia horrible es que progresemos tanto en lo científico, que nos debería permitir progresar en igual medida en lo humano, y no lo apliquemos a eso sino al enriquecimiento de unos pocos.