Ofensas

Dice Alfred Bosch, candidato de ERC a la alcaldía de Barcelona, que Cataluña sin su capital sería como Galicia. Se entiende, claro, que “en el sentido peyorativo” que usó Rosa Díez hace años, antes de concluir, como ella hace siempre, que todos somos idiotas salvo su desafortunado comentario.

Volvamos a Cataluña. Lo de Alfred Bosch llama la atención porque no es la primera vez que políticos independentistas o nacionalistas, tanto a izquierda como a derecha, usan Galicia como ejemplo despectivo. Es incluso recurrente, como Andalucía pero sin siesta. Para ellos es la nación pobre, el pueblo desarraigado que no protesta. Y no es que uno se sienta ofendido por sentimiento galleguista o amor por esta tierra. Los debates de boina calada y los provincianismos son aburridos, sea quien sea el protagonista. Lo relevante es que utilice esta técnica discursiva quien dice defender la dignidad de cuantos pueblos y naciones existen en el mundo. Es decir, la comparación de Bosch y lo que con ella pretende no es más criticable desde otro marco mental que desde el suyo propio.

Quizá Galicia no les gusta porque, en su derecho a decidir, decide diferente. Están equivocados por desconocimiento, pero eso es irrelevante. Lo que habría que delimitar, preguntándole a Bosch y colegas, es si el respeto escrupuloso ha de tenerse a los pueblos, como concepto general, o a las ideologías e ideas. Eso aclararía mucho las cosas y daría la razón a posturas hoy en apariencia minoritarias con respecto a varios debates endémicos de este Estado que compartimos.

Siempre he estado convencido de que en España no se conoce Cataluña. Cuando he llegado allí y me he integrado en su maravillosa sociedad lo he comprobado y confirmado. Ahora bien, también he comprobado que ocurre a la inversa, desde una equidistancia razonable. El nacionalismo catalán habla del resto de España como un bloque sin matices, y así se destila en sus discursos políticos y medios de comunicación. En su imaginario colectivo hay una realidad, la suya, y una oposición a ella, el resto. Supina ignorancia. El hecho diferencial no es catalán, es en efecto español; atendiendo a que entre cada una de nuestras naciones y regiones se dan el mismo nivel de parecidos y diferencias que entre Cataluña y cualquier otra. Las hay entre Andalucía y Madrid, entre Galicia y Valencia y entre Baleares y Extremadura. O sea, que el hecho diferencial es un hecho común. Lo que en ningún caso existe es una España distinguida como realidad propia frente a Cataluña.

No era café para todos, era café. Otra cosa es que algunos no lo pidieran y otros necesitaran postre y puro. No debería pues haber graduación en la dignidad y el respeto que cada uno de los comensales merece. Sin embargo, el nacionalismo catalán la aplica: Alfred Bosch no toleraría una comparación en esos términos dirigida a su tierra, incluso suponiéndole una buena intención o ningún ánimo de ofender. De ahí viene este escrito. El nacionalismo catalán se reserva la extrema sensibilidad a sí mismo, para sí mismo la exige y para sí mismo la aplica. Si otros tienen afectos o vínculos similares con lo suyo es probable que sean fascistas, si esos afectos son españoles, o catetos, si vienen de más abajo. La dignidad territorial acaba para algunos en la franja de ponent.

Yo creo que la Cataluña interior es apasionante, y que Barcelona, como realidad diferenciada en su contexto y referente global, es lo que es gracias a que en democracia nunca la han gobernado políticos de esos, catetos y provincianos, ni determinadas concepciones de la sociedad y la cultura. No sé si me explico. La importancia de la cuestión reside en que Bosch, desde su perspectiva, no puede alcanzar a ver la complejidad y el profundo análisis que requiere cada una de estas realidades. Su marco es más estrecho y simple, porque solo desde la estrechez y la simpleza se pueden hacer crecer rápidamente determinados proyectos políticos. Y solo desde esos parámetros se puede evitar justificar por qué se abandonan otros.

Siempre he defendido la legitimidad del debate independentista, aunque no sea mi lucha como ciudadano de izquierdas. Quiero debatirlo y votarlo. Lo que no puedo asumir en el aspecto de la honestidad intelectual son sus conceptos, claro. Y lo que ya en absoluto puedo pasar por alto es que esos conceptos entren en contradicción consigo mismos.

Galicia también tiene derecho a llorar, señor Bosch. Así que hoy su pataleta habitual es mía, para que sepa ponerse en el lado del verdugo. Sentimientos tenemos todos. Ese sí que es un intangible universal. Uno imposible de legislar pero sencillo de mostrar.

Otro día podríamos explicar por qué Galicia y Cataluña son lo que son, están donde están y a costa de qué y quién. Así la comparación tendrá más fundamento y será más divertida, saliendo de la concepción del mundo explicada por fronteras y entrando en otra narrada según clases y poderes. Esquerra. Unas risas.