El PSOE, ¿voto útil de la derecha?

Si hay un momento que llama a los tópicos es el de la celebración de las elecciones en Andalucía. Ciudadanos en general, periodistas y hasta los propios políticos caen o caemos en ellos. El PP nacional suele dar disgustos a su división regional con salidas de tono sobre el carácter de los andaluces, que no parecen la mejor manera de ganar su confianza. Anoche, un diputado de UPyD también mostró su mal perder: Carlos Martínez Gorriarán concluyó que si a su partido no le otorgan representación, pues ellos se lo pierden. El error siempre es ajeno.

Otro gran clásico, más allá de la pereza y el bar, es un “Andalucía nos roba” centrado en el famoso PER. Este tema suele hacer carrera en Cataluña o Madrid, territorios “aportadores”. El PER, sin embargo, es un programa de inversiones que no llega al 2% del gasto total en desempleo y que disfrutan ocho Comunidades Autónomas, entre ellas la Valenciana, Murcia o Aragón. Andalucía es la que más presupuesto recibe, pero es difícil justificar que sea la única en la que se pone el foco. Sería interesante pedir a quienes critican este plan que expliquen con detalle en qué consiste, para comprobar cuánto hay de oídas y cuánto de denuncia con criterio. No porque el PER no sea discutible, que lo es como todo, sino porque en el debate mediático no se suele hacer con argumentos solventes o que superen el titular partidista o regionalista.

El segundo punto grueso consiste en la incapacidad de Andalucía a lo largo de la democracia para cambiar el color de su gobierno autonómico, que muchos justifican en lo anterior: hay caciquismo, hay clientelismo y, por tanto, hay continuidad. Más allá de la dificultad para relacionar ambos hechos usando otra cosa que no sea otra percepción más o menos sesgada, la comparación tampoco indica que en Andalucía esté pasando algo extraordinario en la política española. Es cierto que es la única Comunidad en la que siempre ha gobernado el mismo partido, pero las demás no parecen el colmo de la inestabilidad.

En Galicia la derecha siempre ha sido la más votada, y solo en la legislatura de 2005 la izquierda ganó en las urnas, por la mínima. En Cataluña CiU siempre ha sido el partido con más escaños y solo en 1999 perdió en votos, también con escaso margen. En Euskadi el PNV solo una vez ha sido el segundo partido en número de votos y solo otra no consiguió gobernar. En la Comunitat Valenciana y la de Madrid el PP lleva dos décadas de hegemonía electoral. Si además nos centrásemos en el voto rural, otro argumento usado para deslegitimar el poder del socialismo andaluz, la hegemonía de CiU, el PP de Galicia o el de Castilla y León se disparan en igual medida. Lo dicho: nada diferente bajo el sol del sur.

Lo que sí llama la atención en Andalucía es la dificultad que tiene la oposición para articular una alternativa. El PSOE ha gobernado más veces la Comunidad en minoría que con mayoría absoluta, pero PP e Izquierda Unida, a pesar de Extremadura, no resultan aliados naturales. La irrelevancia del Partido Andalucista o de otras formaciones de derechas han hecho imposible que el PP, que gobierna los municipios más poblados de la Comunidad, pudiera llegar más alto. Ahora, cuando aparece Ciudadanos, es el propio PP el que se desangra incluso en sus feudos tradicionales. Quizá, del mismo modo que UPyD debería reflexionar sobre si a pesar de su anunciada pureza y perfección ha hecho algo mal, el PP podría asumir su culpa en la incapacidad de convencer al electorado andaluz más reacio al cambio. Javier Arenas o el hombre equis de esta campaña no parecen grandes carteles para emocionar. Por no hablar de sus discursos.

Vamos con el último tópico: Andalucía no es California. Bien, lo cierto es que no. Pero si hoy no se parece a ella, antes del PSOE tampoco estaba en las mejores condiciones de partida. Claro que la historia es importante. Es asombroso que un partido político gane elecciones durante más de tres décadas y vuelva a hacerlo con la tasa de desempleo, pobreza y corrupción que acumula bajo su Administración, pero eliminar el contexto es un nuevo absurdo que permite insultar a una mayoría importante de andaluces sin atender al origen del problema; una respuesta que solo puede interesar a ese eterno PSOE que vive tranquilo viendo cómo los demás apuntalan su poder. De nuevo, que la oposición tome nota.

Estamos en 2015 y eso también tiene un contexto. Uno regional pero con una innegable influencia nacional. ¿Qué ha pasado en estas elecciones? El PSOE no pierde escaños y dada la situación pierde muy pocos votos. Es una victoria más vinculada a la debilidad ajena que al éxito propio y sin muchos datos para la esperanza, pero les sirve para ganar tiempo y ánimo. El PP e IU se derrumban y aparecen con fuerza Podemos y Ciudadanos. Las encuestas acertaron bastante, salvo alguna cosa. Anoche todos los partidos, excepto IU, anunciaron que por alguna razón o habían ganado o habían perdido sin ser derrotados. Lo de siempre. Como es pronto para sacar conclusiones o hacer un análisis serio de los datos, hay margen para la locura. Aquí va una.

Hace unos meses le comentaba a un amigo varias teorías para las elecciones de este año en España basadas en un método científico irrefutable: mi simple creatividad. Las centraba en qué pasaría con los indecisos, cuánto había de cierto en el voto oculto del PP, y la pugna de PSOE y Podemos por ser la fuerza referente de la izquierda. Se abre un periodo electoral apasionante, y Andalucía es especial pero desde ahora todo cuenta. Las encuestas postelectorales dirán hacia dónde van las transferencias de voto. Mientras tanto, conocemos el fuerte retroceso del PP, llamativo si tenemos en cuenta que han perdido en muchos de sus bastiones y ciudades que gobiernan; y la irrupción de Ciudadanos y Podemos, que pese a los titulares no hacen caer al bipartidismo mucho más allá que en otros momentos de los años 90. Con ello, abro un titular con una de esas teorías: ¿puede el PSOE convertirse en algunos territorios en el voto útil de la derecha? Haya pasado o no en este caso, no lo descartaría para otros.

Algunos medios de comunicación con fuerte implantación han acudido a las clásicas estrategias asustaviejos: viene el ogro Podemos con su pobreza bolivariana. Estamos a un paso de “os quitarán las pensiones”. Tampoco es nada nuevo. Aunque los seguidores y cuadros de Podemos tienen esta extraña tendencia a sentirse inventores del fuego, la rueda, el carro y cualquier cosa que se mueva y haga chispitas, está todo bastante visto. Dada esta circunstancia de incertidumbre, no parece demasiado absurdo pensar que muchos votantes conservadores (elevando el sentido de la palabra conservador dentro del sistema político) acudan en territorios complicados a votar a candidatos que no habrían sido su opción hace diez años pero que quizá lo pueden ser ahora, ante el temor a un desbarajuste difícil de gestionar en la distribución de los partidos. Hay mucho de eso en el ascenso de Ciudadanos, un partido más vinculado al discurso institucional clásico que Podemos; pero tampoco está claro por qué un votante del PP en Almería o Málaga habría de sentirse más incómodo con Susana Díaz que con Moreno Bonilla, mientras su auténtico miedo pueda ser el auge del partido que lidera Pablo Iglesias.

No, no es que PP y PSOE sean lo mismo: es que PP y PSOE ya han gobernado, y por tanto el votante conservador (recuerden en qué sentido del concepto) sabe a qué atenerse: un voto por la estabilidad del sistema. Por lo mismo, movimientos como el de implementar la candidatura de Ángel Gabilondo en Madrid podrían hacer que el PSOE movilizara a un electorado transversal: un candidato que no asusta ni genera titulares negativos y difícil de batir por sus adversarios. Hasta Podemos dijo de él que “no es casta”, y ellos son los certificadores autorizados.

El futuro del PSOE y su supervivencia se va a decidir en circunscripciones muy concretas, como la Comunidad de Madrid o Valencia. La capacidad del partido para resistir ahí como segunda fuerza más votada es lo que empezará a dirimir la pugna por el liderazgo de la socialdemocracia; y quizá el PSOE pueda encontrar ayuda a su derecha sin ni siquiera haberla pedido. Porque, para evitar ataques malvados u ofensas de piel fina, aclaro que no, no estoy diciendo que lo haya hecho. Hablo de los movimientos espontáneos (y no tanto) de los propios ciudadanos en función de mensajes y sensaciones muy variadas y, ahora, diversas. Hay que recordar que una de las brechas sociales abiertas es la generacional, y el PSOE y sobre todo el PP dependen más que nunca de la movilización de su electorado más clásico; pero también de poder convencer a los mayores de 45 años de que, ante el descalabro del otro, ellos son la mejor garantía de moderación y sensatez.

Andalucía es diferente, pero creer que este resultado no va a influir en los discursos o el estado de ánimo tampoco es serio. Algunos datos muestran que el eje ideológico de los españoles comienza a moverse a la izquierda, azuzado por la crisis, el paro y los recortes sociales. El PSOE está herido de muerte, pero no muerto. Podemos se cree electoralmente imparable, pero de momento todo es retórica y no ha demostrado casi nada. La guerra será apasionante, y seguramente le queden cuatro años más: España parece estar abriendo una transición. Esta vez sí.

Cuatro años que la gran estratega Susana Díaz ya se ha asegurado con sillón de presidenta. Otro animal político que conocimos de la nada al todo con extraordinaria fugacidad. Lo que viene es una incógnita, pero su victoria es irrefutable y va más allá de las urnas. Es la victoria de un liderazgo. Jugó y ganó, y de eso también va la política. Chapeau.