Europa radical

“Radical” no tiene por qué tener una connotación negativa, tampoco en castellano. Depende más bien del oyente, de su ideología o su intención.

Syriza significa “Coalición de la Izquierda Radical”, y por eso la prensa usa este apelativo. La tercera acepción de nuestro propio diccionario define radical como “partidario de reformas extremas, especialmente en sentido democrático”. Este es el sentido de radicalidad con el que la mayoría de sus votantes entienden el programa y el discurso del partido de Tsipras, mucho menos transgresor de lo que algunas reacciones aparentan. Al final, sería una suerte acabar hablando de “reformismo radical”. Sobre todo, sería una suerte para los ciudadanos griegos que tanto necesitan ese giro después de décadas de mal gobierno, creando un Estado antes insostenible y hoy dependiente del exterior.

Claro que también hay prensa que sabe cómo entiende su audiencia cada palabra. Hoy La Razón llena su portada con una mayúscula “Desgrecia”. Eso sí que es radical. La libertad de prensa también ha de serlo.

Prensa con rigor. Titular que en Grecia se ha acabado el bipartidismo es mentir. Una afirmación tan sencilla de refutar como analizar en qué se diferencian los resultados de esta noche con las tres elecciones parlamentarias griegas anteriores: las de junio de 2012, las de mayo de ese mismo año y las de 2009, cuando empezó a gestarse este cambio. Lo que han cambiado, o se han invertido, son los actores. Se han hundido los partidos tradicionales del bipartidismo (o más bien uno de ellos, el Pasok), pero no el sistema. Puede parecer un detalle menor y sin embargo es el detalle máximo.

No es lo mismo que un parlamento bipartidista dé paso a uno muy fragmentado y plural, a tener a un partido emergente bordeando la mayoría absoluta. El sistema griego ayuda, al bonificar con 50 escaños al partido ganador. Hoy en Grecia hay más partidos con representación que en el año 2000, pero sigue habiendo dos partidos fuertes que, si Syriza lo consigue confirmar desde el Gobierno, podrían iniciar una nueva alternancia. La primera diferencia la sentirá el futuro primer ministro cuando se siente a negociar con sus vecinos, por lo que es el triunfador el primer interesado en confirmarse como nuevo protagonista de ese sistema. El ejemplo está bien para que, ahora que se miran en el espejo, varios partidos españoles piensen si quieren seguir luchando contra enemigos etéreos (el bipartidismo, la casta, la fórmula D’Hondt) o prefieren tener alguno más concreto que llegado el caso no les obligue a hacer más renuncias a la coherencia.

Grecia necesita reformas radicales. Europa también. Esa Europa en la que el verdadero titular es que un partido peyorativamente radical como Aurora Dorada ha crecido, incluso con su cúpula encarcelada. Los neonazis en Grecia o la extrema derecha xenófoba en Francia son las auténticas amenazas a Europa y el europeísmo, no los matices ideológicos de quienes siguen creyendo en los valores fundacionales de esta Unión y la compleja sociedad sobre la que se asienta. Quizá el problema sea que entre el relativismo moral que abrazó hace tiempo la izquierda y el poco amor al diálogo y la discrepancia que profesa la derecha, casi nadie está dispuesto a aceptar que sí, queda mucho que hablar. Entre otras cosas, de la necesidad de una política Europea que supere para siempre los difuntos marcos nacionales. ¿Cuándo las elecciones en una esquina del Mediterráneo tuvieron la atención de todo el continente? Auge del nacionalismo, dicen.

En España, este fin de semana se ha celebrado la Convención Nacional del PP. Celebrar es otra palabra polémica porque parece que invita a la fiesta, hasta que aparece Aznar y baja la borrachera a cualquiera. Una bien grande tuvieron que pillar los estrategas de comunicación que idearon el vídeo que cerraba la Convención. El presidente que huye de la prensa, casi no concede entrevistas y sostiene el discurso más abstracto de la historia (esa persona, la segunda ya tal) se aparece cual virgen del Rocío a dar las gracias a los españoles. ¿Ha pasado ya por vuestra casa? ¿Lo ha hecho diciendo que, por supuesto, España no es Grecia?