Cataluña ha cambiado para siempre

Han pasado dos años desde que comenzó en Cataluña una película llamada “El proceso” (“El Procés” en V.O.). En ella, políticos y medios de todos los colores, de Barcelona a Madrid pasando por Sevilla, han sobreactuado hasta el límite. Ese límite era el 9 de noviembre de 2014. Los protagonistas del guión tenían un objetivo para esa fecha: la celebración de una consulta para decidir si Cataluña debe ser un Estado.

Unos decían que es ilegal, que nunca se celebraría y que la Generalitat lo sabía pero jugaba a ganar tiempo. Otros, que el independentismo no era flor de un día, que habría que escuchar a un sector de la sociedad que no se iba a rendir. Algunos llegaron a decir que ambas cosas eran ciertas y han conseguido tener razón. El principal problema es que la política ha entrado en una dinámica en la que lo más importante parece eso: tener razón. Ante una opinión pública marcada por tertulias que exigen respuestas binarias, analizar y querer resolver los problemas es visto como una debilidad.

Hoy casi todo el mundo dice estar contento. Los partidarios de la consulta lo están tras la celebración de un proceso participativo sin garantías legales ni democráticas, organizado como protesta por un sector de la sociedad civil que por un día ha sido juez y parte, y en nada parecido a lo que se prometió a los votantes en 2012. Sus detractores, con el Gobierno al frente, siguen silbando tras un nuevo fracaso de su estrategia de inacción, que pretende que el aburrimiento haga ganar a una presunta Cataluña real que cada vez que se convocan elecciones las pierde de manera abrumadora.

Cómo se ha llegado hasta aquí pasa a un segundo plano si los actores no empiezan por reconocer que en efecto están aquí, que hay un problema que les implica y por el que han de ceder. La palabra maldita. “No cederemos ante las pretensiones del nacionalismo egoísta”, dicen unos. “No cederemos ante las presiones de un Estado que oprime y desprecia”, dicen otros. De la noche a la mañana, la intransigencia se ha convertido en virtud que se luce con orgullo. Los bandos del mismo país que ensalza la valentía de la Transición cada vez que entierra a uno de sus artífices, presumen ahora con orgullo de no querer admitir cualquier realidad que les incomode o desagrade.

Quienes no han hecho un simple teatro son los catalanes que ayer acudieron a depositar su voto en una urna, sabiendo que no tenía más valor que proferir un grito coordinado. Fuera de las alfombras y los focos existe una realidad social. El hecho de que una consulta sin base legal ni efectos jurídicos haya conseguido arrastrar a más de dos millones de personas vuelve a ser un éxito de convocatoria equivalente al de las dos últimas Diadas.

Minimizar esa capacidad para movilizar personas y recursos es una salvajada táctica, como pensar que todo se explica por el adoctrinamiento educativo y los esfuerzos de TV3. Insultar a los votantes, ya sean “tontos de los cojones” de la derecha o catalanes abducidos por Forcadell, ni suele explicar gran cosa ni suele servir para empezar a cambiarlas. La política está sobrada de collons damunt la taula. Lo del seny ya es otra cosa.

El tiempo no pasa en balde y esa capacidad movilizadora no decae. La crisis económica sigue azotando a catalanes y españoles. Mientras el conjunto del Estado parece optar por la ruptura política que hace emerger partidos como Podemos o Ciudadanos, Cataluña ha encontrado en la independencia su propia salida a la frustración. Basar el debate en identidades y pertenencias quizá tenga sentido en alguna comarca del interior; pero a nivel general, el independentismo ha pasado de la irrelevancia minoritaria a echar un pulso creíble tras cambiar un concepto: de “Catalunya és una nació” a “Fem un país nou”. La estelada es lo de menos. Lo de más es que se está instalando un discurso que vende la ruptura con España como solución a los grandes problemas sociales, y por primera vez lo hace sin elitismos ni etnicismos.

Las campañas consisten en animar a que la gente se sume a una idea, y las ideas más fáciles de vender son las más sencillas. La ANC y partidos como ERC, la CUP y la propia CDC se han lanzado a ello: independencia para cambiarlo y arreglarlo todo. Hay un fondo de verdad: un Estado nuevo con la posibilidad de reinventar su sistema institucional desde cero puede resolver grandes problemas. La falsedad está en que ellos no saben aún qué país quieren hacer (cada partido tiene un modelo) y por tanto es imposible predecir el resultado. Podría salir tan bien como muy mal.

Esta venta de unicornios no es muy diferente de la que hizo el PP en las últimas elecciones generales, cuando anunció pociones mágicas de las que nada se sabe pero que en su momento todo el mundo quería escuchar. Lo particular del caso independentista es la incomparecencia del contrario. Con reconocimiento o no de la consulta, el gobierno de España debería demostrar que cree en el Estado que dice defender y contraargumentar en positivo por qué España es buena idea, si es que piensa que lo es. En lugar de esto, solo ofrece el silencio y el peso de una ley y una Constitución que ya es puesta en duda hasta fuera de Cataluña.

Por inevitable y responsable que sea hablar de los límites del Estado de Derecho y la relación entre democracia y ley, es inaudito que un Gobierno renuncie a hacer política. Incluso la más básica y barata, que es la de comunicación. Ambas cosas no son incompatibles. En su lugar, se confía la caída de la ilusión por la autodeterminación al engaño protagonizado por un personaje decrépito y fuera de nuestro tiempo, como Jordi Pujol, en un contexto en el que el PP cuenta detenidos con los dedos de las manos de todos sus militantes, porque menos no les llegan. Una broma de mal gusto propia de quienes hace tiempo que perdieron el contacto con la realidad.

El discurso independentista puede ser sencillo porque nadie le ha exigido otra cosa. Ni siquiera para desmontar la primera falacia: Madrid también es Cataluña, y viceversa. Lo que hoy es España es el resultado de la participación activa, influyente y determinante de los políticos catalanes de todos los partidos y tendencias. En el futuro quizá se decida si España y Cataluña son cosas distintas. Que hasta hoy hemos vivido y decidido juntos no admite discusión, como que hay un Gobierno en Cataluña que lleva dos años sin asumir sus propias responsabilidades.

El CEO preguntó en octubre a los ciudadanos catalanes cuál es el motivo por el que se han hecho independentistas en los últimos años. El 1,6% contestó que el idioma y la cultura. El 13,4%, el reparto de los impuestos. Un 42%, que habían cambiado de postura por “la actitud y comentarios del gobierno central hacia Cataluña”. Así que parece que la crisis y la pasta no lo explican todo. Hacer oposición de partido y no de Estado tiene consecuencias. El independentismo puede ser hoy coyuntural por una suma de factores difíciles de repetir en un futuro próximo; pero la experiencia puede servir también para indicarnos que, si se enquista, acabará siendo permanente y estructural.

El acto reivindicativo de ayer no puede ser analizado en base a sus resultados, que ni son fiables ni determinantes, sino en base a su significado político y social. Aún así, los datos que aportan los organizadores tampoco sorprendieron: el independentismo ha demostrado ser fuerte, persistente y estar bien organizado; pero también tener un techo que de momento bordea los dos millones de personas. Si fuera convocada una consulta a la que los partidarios del no se sintieran llamados, parece difícil que el mandato fuese favorable a la ruptura, al menos de forma contundente. Pero este cálculo abstracto no significa que la voz de tanta gente pueda ser despreciada, cuando ha demostrado ser capaz de alterar y protagonizar durante dos años todos los debates. La construcción de la convivencia social debe contar con todos.

Los partidarios de la independencia tienen hoy tres cosas que ofrecer de las que la España institucional carece: liderazgo político, identidad integradora y un proyecto ilusionante desde cero. Quizá se desinfle, sí. O quizá cada día que pase sea más difícil de revertir. Hay una brecha generacional que no convierte el tiempo tiempo en aliado, solo en marca de incertidumbre. El PP no durará para siempre. El PSOE o Podemos, con quien ya hay que contar, tienen propuestas nuevas en el ámbito territorial y fiscal; pero por sí solas tampoco valen nada si la nueva moda de levantar el garrote e intentar imponer la visión propia no se aplaca en nombre de un nuevo proyecto común, que necesitan los catalanes pero también todos los españoles.

Entre tanto y de momento, este “proceso” nos ha dejado cosas como una plataforma de castellanohablantes por la independencia o un cambio de paradigma radical en el sistema catalán de partidos, en el que una fuerza de izquierdas, ahora ya de centro izquierda, y declaradamente independentista, podría ser por primera vez la más votada. Todo lo que ocurre hoy en la sociedad catalana va a dejar una huella que, con España o sin ella, la habrá cambiado para siempre. El abrazo de Mas, ese animal político tantas veces enterrado, y David Fernández es más que un símbolo.

Nada ha terminado. Esta película era el comienzo de una gran saga que solo acaba de empezar.