El vicio de las etiquetas del vicio

Hay una época vital de descubrimiento sexual. Es esa en la que todo adolescente nota que algo cambia en su cuerpo y también a su alrededor. Los niños ya no tiran piedras a las niñas, se acercan a ellas. Las niñas empiezan a atender a las costumbres tribales de chavales que aporrean balones y celebran goles sin escatimar en roces. Roces que a veces acaban en drama: “¿me ha gustado?” Aparece entonces la gran pregunta: “¿seré maricón?”

No hay otra. No hay una opción intermedia. Nuestra sociedad exige izquierda o derecha, independentismo o unionismo. Las terceras vías son para cobardes, y cuando la mayor parte de la población ha levantado sus rastrillos y se dirige hacia la hoguera en la que arderá el enemigo, aquel que no esté vociferando en una trinchera será el primero en morir. Nos lo demuestra la política actual. Sirve para otros ámbitos de la vida.

La homofobia existe. La persecución a las personas que sienten atracción por otras de su mismo sexo es aún una realidad social en Europa e incluso una realidad institucional en otras regiones del mundo. Hay encarcelamientos, torturas, palizas o condenas a muerte. Grandes colectivos luchan para acabar con la discriminación, otros la justifican y algunos sienten indiferencia; pero siempre desde el conocimiento de lo que pasa.

Nadie niega tampoco que la homosexualidad misma exista. Los gais del mundo son señalados por aquello que son, por una condición que han aceptado y que su entorno, desde la aprobación o el rechazo, asume como cierta.

No ocurre lo mismo con los bisexuales. También son perseguidos, despedidos de sus empresas por mostrar en público un sentimiento y señalados por la presión social. Pero ellos sufren un segundo acoso, más sutil aunque no menos hiriente: la negación de su existencia.

El bisexual no solo es incomprendido por un impulso interno, sexual o emocional. También escucha que eso que dice ser es una mentira. Simple vicio. Indefinición. Un estadio intermedio antes de dar el paso definitivo. Lo escuchará en boca de integristas religiosos, pero también en la de un chaval inundado de purpurina durante una manifestación para defender los derechos que se agrupan bajo la bandera multicolor. La bandera LGTB. Quizá la posición de la última letra sea un mensaje implícito: también a muchos miembros de los propios colectivos les costó entenderlo como un compromiso central, hoy ya asumido con orgullo.

Yo tenía 16 años y era el rarito del instituto. El que se pasaba el día callado, rehuía las miradas, leía periódicos y se manifestaba cuando a nadie le interesaba. España vivía tiempos felices en su economía y los grandes debates se referían al amor libre. Quizá a los 14 descubrí que mis compañeros eran guapos. A los 15, que mis compañeras no me lo habían dejado de parecer. Llegó una clase de griego, qué ironía, y el tema inevitable: cómo trataba la sociedad clásica las relaciones homosexuales.

Una alumna se encendió. Soltó por su boca todo el conjunto de tópicos imprescindibles para aprobar el manual del ultracatolicismo. Maldita Educación para la ciudadanía. Creo que fue entonces cuando hablé por primera vez en público con fluidez. Quizá grité. Y llegó la pregunta, la de la sospecha, la que nadie plantea cuando un blanco defiende los derechos de los negros a no ser esclavizados: “¿es que eres homosexual?”

Dije que sí. Era mentira. Una enorme mentira cuya dimensión e importancia no fui capaz de calcular en aquel momento.

Frente a lo que dice la superstición popular, reconocerse como bisexual nunca ha sido la forma cómoda de salir del armario. Al gay se le escupe o se le abraza. Al bisexual se le escupe justo después de que un heterosexual o un gay le llame cobarde o salido. En el mejor de los casos, habrá una sonrisa velada, irónica y en forma de puñalada de fácil interpretación. “Ya se le pasará”.

Alfred Kinsey era un biólogo que a mediados del siglo XX estableció una escala para distinguir comportamientos sexuales. Según él, no solo hay heterosexuales u homosexuales sino posiciones intermedias. Gais que en algún porcentaje podrían tener relaciones con personas de otro sexo, bisexuales puros o heterosexuales que podrían mantener contactos homosexuales. También reconocía a los asexuales, otro colectivo desconocido que en la actualidad empieza a reivindicarse.

Si en los años 50 del siglo pasado un científico publicó una clasificación tan atrevida, resulta llamativo que tantas décadas después una sociedad que se pretende moderna y progresista no deje de hacer preguntas, de encasillar comportamientos y de buscar respuestas simples. ¿Es tan fuerte la necesidad social de sentirse parte de un grupo?, y ¿esos grupos deben estar siempre organizados dentro de sistemas duales enfrentados entre sí? Peor: ¿necesitamos reconocer los grupos ajenos en un sistema sencillo para poder administrar mejor nuestros amores y nuestros odios?

Aquel chaval que fui, creció, descubrió el mundo de las relaciones sentimentales y aclaró su duda. Lo que aún no ha descubierto es cómo explicarle al mundo la respuesta: la bisexualidad existe.

Para un ciudadano de Madrid o Barcelona, protegido por el anonimato y la libertad de una gran ciudad europea, ser gay deja de ser un problema al pasar la barrera de los veinte años, es posible que algo antes. Las universidades facilitan los entornos de tolerancia y la tecnología conocer a personas con gustos comunes. Las señoras mayores empiezan a no mirar con gesto inquisitorio a dos chicas que caminan de la mano o dos chicos que se saludan besándose. Es un buen momento para la libertad sexual en Europa.

El bisexual sigue dentro del armario, en lo público y en lo interno y cercano. Pero no del armario que muchos piensan sino de otro con su nombre. Si conoce a una chica y le confiesa que antes de estar allí sentado tuvo un novio es probable que no haya segunda cita, aunque haya ganado una amiga. Si queda con un chico tendrá que escuchar la pregunta, la maldita pregunta: “pero entonces ¿qué te gusta más?” Qué decir de la tortura una vez que se consolida la relación: los celos, la presión y el acoso de cualquier pareja tradicional se quedan en una simple broma.

Pocas veces una persona que sigue aquellos pasos que la sociedad espera de ella es capaz de entender a quienes viven bajo una observación comparable a la de los visitantes de un zoo. Heterosexuales y homosexuales ven así a quienes se definen como bisexuales, sin ningún tipo de empatía. Les hacen preguntas poco respetuosas sobre sus costumbres y hábitos y ponen en cuestión sus propias emociones. Todo ello suma factores para generar una profunda desconfianza que, en ocasiones, conduce a la duda. Al sufrimiento.

Porque más allá del conflicto que supone la negación social, el gran problema del bisexual está en encontrarse a sí mismo. Nadie quiere autodiscriminarse. Nadie quiere estar entre las minorías. Aunque aún no haya conclusiones científicas sólidas, si hubiese alguna intuición que nos pudiera indicar un cierto condicionamiento genético o quizá de aprendizaje temprano en el desarrollo de la sexualidad sería esta: una persona sana no elige estar en el bando perdedor. Ser bisexual es perder dos veces.

Llegar a saberse bisexual, a entenderlo, a saber defenderlo y a convertirlo en una forma de relacionarse supone haber superado muchas barreras, muchas dudas. Todas inducidas, injustas y resultado de un desconocimiento dramático de la diversidad con la que la naturaleza y el instinto nos puede guiar.

Hay muchas personas que reconocen la existencia de la bisexualidad pero no tienen demasiado claro qué es. Se cree, por ejemplo, que el bisexual necesita tener relaciones constantes con mujeres y hombres; o que hay un patrón en el tipo de mujer y hombre que le atrae que, de alguna forma, ha de guardar coherencia. También que la bisexualidad conduce a la infidelidad, o que al final el bisexual se asienta sobre una de las dos aceras.

Nada de eso es cierto. O quizá todo ello. ¿Rubias o morenas?, ¿altos o bajos? Es probable que haya lesbianas que hayan dudado y bisexuales adictos al sexo; del mismo modo que hay heterosexuales promiscuos y homosexuales que creen en el amor eterno. Pero, sea como sea cada bisexual, sí: la bisexualidad misma existe.

La forma más sencilla de definir la bisexualidad es la capacidad de sentir atracción sexual y/o emocional por una persona, con independencia de su género. No es más complejo. El bisexual que encuentre el amor con un hombre y pase con él el resto de sus días jamás dejará de ser bisexual, como nunca se deja de ser mujer, rubia o asiática.

Muchos bisexuales han escuchado la clásica broma de amigos: “Qué suerte poder darle a todo”. O el optimista “Tú tienes más donde elegir”. En realidad, ser bisexual es una enorme putada. Quizá no haya palabra más clara en castellano para expresarlo.

La bisexualidad supone un camino de duda, de aceptación y de refuerzo de la personalidad que requiere gran entereza para sobrevivir. Cada nueva conexión personal supone empezar de cero, explicar sentimientos y dudas que derriben los enormes muros que nos separan de la comprensión de aquellos a los que queremos o que queremos que nos quieran. Que nos quieran así, porque la esencia de una persona no se puede cambiar.

Creo que no hay parecidos entre besar a una mujer o besar a un hombre. Cambia la sensación física. Como el tacto. La velocidad de la caricia. La gama de colores al cerrar los ojos. Los olores, quizá. También he encontrado diferencias en cómo se construyen y desarrollan los afectos y las relaciones entre iguales o diferentes sexos.

Pero el sentimiento de poder decir que amas y deseas personas sea cual sea su género es fabuloso. Eso es ser bisexual. Algo que, de momento, solo hace daño a quien así se siente y reconoce. Cuando el resto de la sociedad lo permita, no hará daño a nadie.