¿Queríamos la Tercera?

Proclamación Felipe VI

“España, mañana, será republicana”. Esto es lo que se grita desde hace años en manifestaciones de izquierdas. Parece que ese mañana tiene que esperar. Según una encuesta de eldiario.es la mayor parte de los españoles aún apuesta por la monarquía parlamentaria. Ese apoyo crece si el Jefe del Estado es Felipe de Borbón; así que el hecho sucesorio se ha consumado dando cumplimiento a la Constitución y poniendo fin a este capítulo. Intento fallido.

España tiene una tendencia tan agresiva a perpetuar e ideologizar sus debates que resulta imposible vaciarlos de tópicos, pero sobre todo de sentimientos. Para muchos ciudadanos, defender la república tiene más connotaciones que la capacidad de elegir al máximo representante de los españoles. El recuerdo al abuelo que no conoció o a la guerra en la que sí estuvo. No es un absurdo ni una obsesión: eso que parece tan lejano tiene testigos vivos. No hablamos de la prehistoria, sino de dos Españas que insisten en odiarse mientras la tercera vía, aquí y allá, es bombardeada con alegría. Por lo mismo, si uno se define como republicano, de manera automática pasa a ser de extrema izquierda, radical, violento, muy peligroso y antipatriota.

Como si lo antipatriota fuese discutir las normas o el orden establecido para mejorar la vida de todos, en lugar de dividir a un país echando de él a quienes no se someten al dictado de una ideología o forma de entender la sociedad. Sea cual sea.

Fijarse en las excentricidades de la izquierda populista es un valor en alza, pero también hay que recordar que una de esas Españas sigue despreciando a los muertos de la otra y flirteando con el recuerdo de quienes enfrentaron a sus pueblos, los llevaron a las armas y oprimieron durante décadas sus libertades. Una anormalidad democrática.

La transición fue mitificada. Quizá una chapuza forzada que a la larga no acabó convenciendo a nadie. Ocurre siempre que un régimen hereda la estructura institucional del anterior. Pero también fue el único momento en nuestra historia reciente en que todos los actores necesarios para edificar un Estado alcanzaron un consenso. Ese consenso incluía un rey al que mostraron adhesión desde el Partido Comunista, antes que el PSOE, hasta el nacionalismo catalán.

Sacar a relucir las posiciones de entonces como forma de cerrar la cuestión sería infantil. Si Cataluña fue el territorio que más entusiasmo mostró por la Constitución y ahora se quiere marchar, cualquier mente sana se preguntaría no solo qué ha cambiado en ellos, sino también qué es lo que todos hemos hecho mal. Y si los comunistas se arrepienten de su postura o la rechazan por renovación generacional están en su legítimo derecho.

En ese análisis deberían estar ahora el resto de facciones en crisis: los grandes partidos, los sindicatos, el Poder Judicial o la propia monarquía que, ironías de la vida, ha sido la primera en reaccionar. Qué hemos hecho mal. Esa es la pregunta.

Dicho esto, hay algo que el republicanismo español puede aprender del independentismo catalán, no para el pasado sino para el futuro. Todos los análisis coinciden en que el gran cambio para pasar de la marginalidad al pulso mayoritario ha tenido que ver con dos factores: la crisis social que impulsa el ansia de cambio y la capacidad para generar ilusiones. Mayoritarias.

El independentismo de hoy no es el de los ochenta o los noventa. No solo reivindica la lengua, la cultura, cuatro mitos y un par de reyes medievales sobre los que pocos han leído. Reivindica y aporta un proyecto para un nuevo país. Un proyecto presentado para cualquier ciudadano sea de izquierdas o de derechas, hable la lengua que hable, venga de donde venga e incluso tenga el sentimiento patriótico que tenga. Independencia para ser mejores: siga usted siendo español en su corazón. No es casualidad que Esquerra esté batallando por llevarse a cuantos más miembros posibles del PSC, la antigua “casa grande” en la que convivían catalanes no por sus apegos a una bandera o modelo de Estado, sino por su proyecto común.

Defender la tercera república recordando la segunda, por injusta que fuera la historia con ella, es un sinsentido por la razón más básica: alarga y agranda la derrota. La segunda cayó y la tercera no será una restauración de la anterior.

Existe una España miedosa que quiere estabilidad, moderación y cordura, y a la que el cambio de 1978 le ha supuesto un crecimiento personal con el que nunca soñó. Vencer es convencer e integrar es ganar.

Ahora son muchos los que desprecian al PSOE y el PSOE con toda razón merece el desprecio general. Pero detrás tiene una larga historia con hitos admirables de los que aprender. Una de sus aportaciones a España, su unidad y estabilidad con más valentía que la derecha, ha sido su capacidad para no convertir los símbolos en fines. La democracia y el bienestar de los trabajadores no pueden ser menos importantes que un nombre, un escudo o una bandera.

Si queremos república, cuántos colores tiene su enseña no es lo importante, sino sobre qué valores se asienta. Es más: si queremos república, el primer gran paso cívico ha de ser devolver a los ciudadanos y reivindicar como suya la bandera que la extrema derecha siempre le ha querido hurtar al pueblo.

La España de 1931, por suerte o por desgracia, en nada se parece a la de 2014. La república que necesitamos es otra, y quizá pueda ser mejor con imaginación, ilusión y capacidad integradora. Una república no de unos españoles contra otros, sino de unos españoles para ilusionar a todos. Una con garantía de continuidad que pueda gobernar el PSOE, Podemos, UPyD, el PP o quien los españoles decidan. Si es cierto que se quiere un cambio ante la preocupación por los desahuciados, las canciones históricas deberían ceñirse a los actos de partido, buscando en lo común una nueva melodía que afine la España de hoy.

Se es republicano porque se es demócrata. Porque una Jefatura del Estado basada en el linaje, la sangre, la herencia, la casta (je), es injusta y excluyente. Porque es un mito que la monarquía sea más barata que la república y porque si así fuera las libertades nunca se han medido en coste económico. Porque Noruega no es un país próspero y transparente por ser una monarquía, sino a pesar de ello o en coincidencia con ello. Porque los treinta años de prosperidad de España no se explican por las decisiones de un señor que no toma decisiones. Porque ya está bien de falacias y cuentos para niños.

Hoy en España se puede ser republicano por creer en el principio de igualdad, pero además para querer reformar el Estado, adaptarlo a su tiempo, mejorar y abrir sus instituciones y entender que existe un modelo agotado no por los Borbones, sino por la acción e inacción de quienes en realidad sí gobiernan. República y republicanismo, claro.

El partido o movimiento social que dé con estas claves, convirtiendo un republicanismo nostálgico que se lame heridas en un proyecto de Estado para la España que sí existe, no para la que se desangró hace décadas, nos ayudará a traer esa nueva república española. En ella podrían coexistir un himno sin letra con una Constitución de palabra. Cuestión de prioridades.

En estos tiempos parece que ser de izquierdas exige negar la realidad y hasta la ciencia. Lo escribió hace poco un polémico eurodiputado de la nueva ola. Lo cierto es que los republicanos siguen siendo una minoría y los partidos que defienden el actual modelo de Estado tienen votos para hacerlo. Esta semana no ha ocurrido nada ilegal.

Hay políticos acomplejados que llevan décadas exigiéndole al PP y al PSOE que hagan lo que ellos quieren en lugar de pedirle a los ciudadanos que les den la confianza para hacerlo ellos mismos. Ahí está el fracaso de tantas cosas. También de una república que o es mayoritaria e integradora, o ni será ni podrá ser. Los once millones de votantes que auparon a Rajoy tienen que estar ahí, en ella. Porque la república definitiva no puede nacer para ganar, solo para mejorar lo que había.

Felipe VI ya es rey. El discurso que escribió o le escribieron fue inteligente, pero adaptado a su posición: el rey no decide. Es llamativo que le estén pidiendo lo contrario partidos nacionalistas, que deben de considerar que el principio de neutralidad de la Corona se puede romper si es para darles la razón. Ellos siempre tan solidarios y atentos con los pueblos vecinos. Es al Congreso, en nombre del pueblo soberano, al que hay que pedirle que dé pasos, no a un heredero de sangre. La transición fue un pacto político: el rey no trajo la democracia, la simbolizó. Si el símbolo debe cambiar es obligación de sus partidarios mostrar cuál es.

Aunque si se trata de símbolos, los nuevos monarcas, un preparado y una periodista que dicen que pagaba hipoteca, no se han deshecho de los más rancios de su institución. El nuevo rey juró por primera vez defender la Constitución, y con ella “los derechos de los ciudadanos y de las Comunidades Autónomas”. Pero en la recepción final, mientras todos los poderes civiles y militares rendían tributo y respeto a su nuevo máximo representante, fue la reina de todos los españoles la que se agachó y beso la mano de los mandos de la Iglesia Católica. Una humillación a la Corona y a España que ofende hasta al más ferviente de los republicanos.

Otra más para una nación donde, como dijo un buen profesor, el verbo que más cuesta conjugar es reformar. Incluso cuando la otra opción es disolver.