Santiago y sus dos ejemplos de gestión política

No es fácil responder ante una tragedia imprevista, ni al frente de un gobierno ni en un medio de comunicación. Hay incertidumbre, hay desconcierto y, además, hay que poner en marcha los recursos con los que se cuenta y tomar decisiones complejas y rápidas. Quizá a veces, desde la comodidad que da la lejanía o el no estar implicado, la crítica es demasiado precipitada e incluso exigente.

En el accidente de ayer en Santiago había dos niveles administrativos implicados: el autonómico, responsable de los servicios de emergencia o los hospitales, y el estatal, competente en la infraestructura y el servicio de trenes que sufrió el siniestro. Lo cierto es que la imagen que dieron unos y otros fue bien distinta. La labor de comunicación y coordinación de la Xunta, con todos los errores inevitables en un contexto así, fue difícilmente reprochable; y que el presidente Feijóo atendiese durante horas personalmente a los medios de comunicación, un acierto: él es el político, no el técnico. Es decir: es quien tiene la obligación de dar la cara.

A la administración central, en cambio, ni la vimos ni la esperamos. Todo el esfuerzo del gobierno de España hacia los medios se centró en una nota de prensa redactada por el método copia-pega que acabó convirtiéndose en un insulto de un presidente gallego a sus paisanos. En Moncloa ni siquiera hacen el esfuerzo de releer la mierda que las dos neuronas que suman en todo el equipo es capaz de crear. Y entre tanto el gran líder se estaría fumando un puro.

Ahora que algunos han descubierto que la estructura de la Administración es el gran problema de España (y sí, necesita sus reformas), quizá reparen en un detallito: más importante que ella es cómo, quién y con qué fin la gestiona. Ayer, gracias a la descentralización autonómica, Galicia tenía un gobierno que se volcó y dio la cara ante su gente, sea mejor o peor. Con otros habría sido imposible.

Lo mismo se puede decir de una televisión pública que estuvo a la altura y a cuya señal se conectaron otras autonómicas, aprovechando que es quien lógicamente tiene los recursos en el lugar de la noticia. En TVE, en cambio, consideraron que iban sobrados y que hacer algo tan poco español como cooperar entre servicios públicos era innecesario, así que nadie rellenó sus silencios.

Lo llamativo de todo esto es que en los gobiernos de Galicia y España está al frente el mismo partido. Tener decencia y algo de vergüenza, sentir el compromiso con la ciudadanía que confía en ti, no es una cuestión ideológica. El impresentable de Mariano Rajoy no tiene que buscar fuera lo que gran parte del país le pide: puede preguntar a Alberto Núñez Feijóo por qué teniendo mayoría absoluta fue a un pleno monográfico al parlamento de Galicia a explicar sus fotos con un narco y debatirlo con la oposición, mientras a él lo vemos a través de pantallas de plasma en tanto que su cara de payaso da la vuelta al mundo, reflejando en las portadas de referencia que la marca España significa incompetencia y corrupción.

Con los dos se puede discrepar ideológicamente, en eso son coincidentes, pero sólo a uno se le puede llamar Presidente. Esta tragedia ha servido para explicar tan básica diferencia.

Por certo: hoxe chove en Santiago, onde se escribiu este artigo. Chove moitísimo. Como se o ceo botase bágoas sen control. Un triste día da nosa patria.