¿Qué (y quién) nos dará de comer?

Marca España

Ferran Adrià transformó su restaurante en escuela, Sergi Arola salta a la prensa por deudas con Hacienda y ahora los herederos de Santi Santamaría anuncian que cierra Can Fabes, en Sant Celoni, porque no es económicamente viable.

Un país con una cultura gastronómica como la nuestra y su potencialidad turística necesita referentes, investigación y vanguardia, gente que lo ponga en el mapa. Sin embargo, por un lado se ha creado una burbuja elitista, paralela a la otra burbuja nacional, y entre tanto la mayoría de restaurantes y hoteles siguen siendo como eran: cutres, sin formación, sin proyecto y sin profesionalidad.

España, y Cataluña, de donde salen todos los ejemplos mencionados, no se dan cuenta de lo que se está dejando pasar.

La Administración debería tener alguna política global en torno al turismo. No basada en subvenciones y reparto de dinero a discreción, como se acostumbra, sino en la formalización de un proyecto nacional que apuntale una de sus principales fuentes de ingresos y le aporte la calidad de la que carece. Pero no, el segundo país del mundo en número de monumentos Patrimonio de la Humanidad, con un clima envidiable, un paisaje (lo que nos han dejado dos décadas de destrucción) precioso y diverso y una cultura rica y variada sigue teniendo el mismo sector turístico que hace décadas; junto a la imagen interna del empleo precario y temporal, que por supuesto no puede interesar a nadie, y la externa de sol, playa, taconeo y alcohol.

Ni los sucesivos gobiernos toman nota, muy ocupados en sus pociones mágicas económicas y en campañas insustanciales de mero interés electoral; ni los empresarios tienen capacidad para avanzar en su propia modernización, limitándose a quejarse al cielo como si sus males fueran un destino divino. Sólo una inesperada inestabilidad en los países del norte de África ha dejado respirar levemente, rebotando algunos turistas que ya se habían marchado, a una península que languidece, también en eso, desde hace años.

En la política es fácil darse cuenta, pero parece que nuestra principal pobreza económica también tiene que ver con la pasividad de una sociedad que espera a que aparezcan milagros del cielo, a ser posible en forma de pelotazo rápido y fácil, mientras nuestros mejores y más sostenibles recursos nos miran y bostezan, esperando que alguien los aproveche.

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