Fiestas, machismo y extraños tratamientos informativos

Desde hace días se están produciendo numerosos debates al respecto de fotografías en las que aparecen mujeres desnudas o semidesnudas en las fiestas de San Fermín, que se celebran en Pamplona, mientras grupos de hombres colocados a su alrededor manosean sus pechos u otras zonas de su cuerpo.

Como casi todos los periódicos tienen algún artículo al respecto (por ejemplo “El machismo se multiplica en las fiestas”, de Eldiario.es) y ya hay opiniones desarrolladas para todos los gustos en lo que se refiere al contenido, sería interesante comentar algo que sale del debate social y que entra, quizá, en el periodístico; o en el de la ética periodística.

Llama la atención que a nadie se le haya ocurrido la posibilidad, bien dentro de los propios medios, bien entre la audiencia, de que las chicas que protagonizan las imágenes puedan sentirse incómodas con su difusión masiva. Porque si bien es verdad que su toma se produce en una vía pública y en el contexto de una concentración popular masiva, es precisamente ese contexto (ingesta de alcohol, ambiente festivo) el que puede llevar a la aprobación por parte de ellas de determinados actos que, en cambio, acaben afectando a su vida personal si trascienden ese ámbito estricto en el que se producen.

No parece ir demasiado lejos plantear la reflexión de si es lícita la distribución de imágenes de personas desnudas sin su aprobación (no desde el punto de vista jurídico, sino valorándolo con un criterio periodístico profesional capaz de discernir qué es o no es publicable o de interés público). Quizá la respuesta sea sí, pero la idea debería haber sido abordada en las redacciones que corresponda.

Yendo un poco más allá, si además se estuviera dando por supuesto o incluso por válido que esas personas desnudas están siendo víctimas de acoso sexual, resulta de todo punto sorprendente que se publiquen las imágenes sin esconder en ningún momento el rostro de la persona que sufre dicho abuso; imágenes que después tendrán alcance en el mismo entorno social en el que la víctima desarrolla su día a día.

Estas contradicciones quizá pongan de manifiesto que este debate no está siendo tratado de manera tan seria como algunos pretenden creer.

Del mismo modo, sorprende que ninguno de los medios que distribuye las imágenes se haya molestado (este punto puede corregirse si es incorrecto), tras el estallido de la polémica, en buscar a las propias chicas y preguntarles su opinión al respecto; para analizar el lado de la noticia desde el punto inverso y completar las lecturas posibles de sucesos que, con una simple fotografía, no pueden ser susceptibles de un análisis riguroso.

Es verdad que las situaciones que ilustran son dignas de un buen debate teórico sobre la posición de la mujer en la sociedad, pero el tratamiento mediático generalizado de estos hechos, con honrosas excepciones, es sencillamente absurdo e incoherente.