Realidades que desaparecen por decreto

Hoy era un día maravilloso para escribir un largo artículo sobre teorías marxistas, después de que Beatriz Talegón, valor en alza del PSOE, haya descubierto que el problema de su partido es haberlas abandonado.

Pero no, el tema en realidad no vende tanto. Así que vamos a buscar titulares buenos, bonitos y baratos. Sobre todo esto último. De hecho, la noticia que abordaremos sólo puede entenderse como una forma de competición por la gloria comunicativa.

Cuenta La Vanguardia que “El catalán de la Franja se denominará LAPAO en Aragón”; o sea, Lengua Aragonesa Propia del Área Oriental. Además, el aragonés pasará a ser LAPAPYP; es decir, Lengua Aragonesa Propia de las Áreas Pirenaica y Prepirenaica. No, no es broma. A favor de esta cosa tan seria votarán el PP y el Partido Aragonés, aunque esto ni siquiera es importante.

Vamos por partes. “La Franja” es un territorio situado al este de la Comunidad Autónoma de Aragón en el que también se habla catalán. Las fronteras administrativas no siempre coinciden con los límites sociales. Esto parece bastante obvio pero quizá haya que explicarlo.

A partir de aquí, todo es bastante fácil: al Gobierno de Aragón le parece feo que en su región se hable catalán, sonando eso, como suena, a Cataluña. Por eso ha decidido rebautizarlo, con un sistema muy propio de quien decide tomar decisiones artificiales sobre materias que en cambio no lo son.

En cualquier caso, no es extraño el debate siendo Aragón, como es, parte incuestionable de ese conglomerado llamado España. En ningún sitio como aquí se ha conseguido transformar las lenguas en una cuestión política en lugar de, como debiera ser, en una educativa, o académica o simplemente administrativa, limitándose a regular aquellas cuestiones que respondan a la necesidad o la realidad social.

Llevamos años debatiendo sobre si unas lenguas son más importantes que otras, o sobre si las lenguas tienen o no derechos, o incluso cuántas lenguas tenemos. ¿Es el valenciano una lengua? ¿Lo es el aranés? ¿Y qué hay del asturiano? Naturalmente, jamás ha habido un debate científico relevante al respecto que pueda dar salida a estas cuestiones en el ámbito legal. Es justamente al revés: en España una lengua lo es o no si lo dice una ley. Y punto.

Aún peor, hemos identificado la lengua con las naciones o los Estados; concluyendo que en una única realidad política sólo puede existir una lengua, o que una lengua justifica una realidad política diferenciada. Unos reivindican su derecho a decidir ser una cosa distinta, y para ello exaltan una lengua, y otros reivindican su derecho a decidir en qué lengua estudian sus hijos, exaltando otra; obviando ambos que las lenguas ya estaban allí antes que sus respectivas banderas y que en la sociedad, hoy, todas conviven armoniosamente. Obviando, sobre todo, que no es la lengua que habla lo que convierte a un ciudadano en tal cosa.

Por llegar más lejos, hemos llegado a la conclusión de que existen lenguas de derechas e izquierdas, en las mentes perversas de algunos; o hasta que hay lenguas inventadas para molestar a algún enemigo abstracto.

Por eso, aunque sería extraño pensar que los australianos hablan australiano y no inglés, la mitad de los canadienses canadiense y no francés y los argentinos argentino y no castellano (vaya, español), los aragoneses de las comarcas orientales a partir de ahora hablarán en lapao, o LAPAO. Al menos, es de esperar que el Ejecutivo autonómico se lo comunique por carta a los afectados; porque es una pena hablar una lengua y no saberlo.

Los complejos españoles. Se dice poco, pero además de una autovía, una universidad con mil titulaciones, un aeropuerto y un tren de alta velocidad, todos los territorios del “Estat” necesitaban también tener su propia lengua. Bueno, pues Aragón ha conseguido tener tres, en época de crisis y sin inversión económica añadida. Bravo, oye.

Aunque por otra parte se entiende. Sentimentalmente, se entiende. Cataluña renunció a una historia común con el Reino de Aragón porque necesitaba tener la suya propia. Ahora, la metrópoli imperial renuncia a una de sus lenguas para distinguirse de los hijos rebeldes. Pensándolo bien, resulta hasta tierno.

Entre tanto, los problemas de verdad, los que sí influyen en el futuro de los ciudadanos, siguen siendo los mismos. Mientras ese bufón ministerial llamado José Ignacio Wert centra el debate en lo mismo que todos sus predecesores (convivencia lingüística, cruces y masturbación), la educación española arroja niveles pésimos de comprensión lectora y matemática, como ayer y como mañana. Hay que poner las cosas en su contexto: hace cuarenta años no éramos el colmo de la alfabetización. Dicho lo cuál, el sistema actual no responde a las necesidades y retos que tenemos por delante; ni quizá haya sido el mejor de los posibles para los que hubo en el pasado más próximo.

El gallego, el catalán, el euskera, el castellano y todas las demás lenguas, reales o por decreto, seguirán el camino que marque la sociedad, quieran lo que quieran Wert y Artur Mas, cada uno por su lado y con sus particulares visiones del tema. Lo cierto es que en la calle, allí donde hay sociedades bilingües, no hay tensión. Lo también cierto es que todo el ámbito universitario español afirma que la capacidad de expresión en su lengua (sea esta la que sea) del estudiantado español que alcanza la educación superior es pésima, allí donde hay dos lenguas y, lo que es más grave, también donde hay una. Y no estaría de más añadir que no sólo entre el estudiantado: leer a algunos doctores da cierto dolor de cabeza.

Así que quizá, y sólo quizá, el asunto principal, que es la necesaria reforma de un modelo educativo que resulta nefasto para aprender una o dos (debieran ser como mínimo tres) lenguas, no se está atendiendo como merece. Exactamente igual que ocurre con nuestra generalizada incompetencia científica y tecnológica. El político medio sigue creyendo que la realidad se puede cambiar mágicamente por decreto para adaptarla a sus deseos, como en los cuentos de reyes feudales, pero el caso es que casi nunca acaba de acertar sobre la temática más relevante; por lo que la derecha española y las izquierdas y derechas nacionalistas siguen muy centradas en construir naciones a su medida, que sólo existen como obsesión ideológica de ciertos perturbados.

Habrá que llegar a la conclusión de que solucionar problemas, en tanto que no es algo que genere titulares a corto plazo, no es rentable en la política española. A partir de ahí, el resultado es un pueblo condenado a la supervivencia. Una supervivencia, eso sí, muy multicultural.