Próxima estación, Vodafone

Línea 2 Metro de Madrid

Metro de Madrid ha anunciado esta semana que la línea 2 del suburbano pasará a lucir la identidad corporativa de “Vodafone”; como también Sol, la principal estación de la “línea roja”, que verá alterado su nombre. Según cuentan los medios, lo que escuchen los usuarios (como hace unos años se conocía a quienes ahora la empresa pública llama “clientes”) por la megafonía en el momento en que su tren se aproxime al destino será: “próxima estación, Vodafone Sol”.

Las críticas no se han hecho esperar. Para muchos madrileños este tipo de publicidad tan invasiva supone un ataque a su identidad y al propio patrimonio de la ciudad, diluido entre logotipos y marcas comerciales. Es posible que no les falte algo de razón. Sin embargo, otros destacan la bondad de la medida por los ingresos que supondrá: 3 millones de euros, lo que implica aumentar en un 10% los ingresos actuales por publicidad, de aproximadamente 10 millones anuales según datos de la propia compañía.

El debate es interesante porque mezcla pragmatismo, sentimentalismo, cultura y, al final, gestión, que es una de las obligaciones de todo político. Las arcas de la empresa pública que gestiona el metro madrileño están tan hechas trizas como las de cualquier institución pública española. En su caso, más allá del contexto general, por una pésima gestión y planificación del sistema de transportes de la Comunidad en la última década, centrado en ganar elecciones a golpe de inauguración por parte de la ya expresidenta Aguirre. Líneas de metro a descampados, relucientes (e innecesarios) trenes nuevos o estaciones brillantes para que quien va a llegar tarde a trabajar por los retrasos, al menos pueda esperar en un espacio tan bonito como impersonal.

De hecho, no deja de ser curioso que alguien pueda ver atacada la identidad madrileña por incorporar el logotipo de una empresa a unas estaciones que, tras las últimas reformas, ya no conservan nada de su esencia original y son planas y repetitivas. Pero, centrándonos en el debate que nos ocupa, muchos ciudadanos, especialmente de izquierdas, han valorado como un ataque a la dignidad de lo público esta campaña mercadotécnica, que relacionan con la desesperada necesidad de ingresos de la Comunidad de Madrid.

Quizá, y sólo quizá, ese sea el punto de partida del gran error de quienes se oponen a esta medida, que es el mismo que hemos visto repetido tantas veces desde el estallido de la crisis: ¿es que sólo hay que ser eficiente cuando las cosas van mal?

No hay política sin política económica. No hay recursos sociales sin recursos económicos. Hace unos años, quienes criticaban la burbuja inmobiliaria, el derroche público de autovías y trenes vacíos o las inauguraciones pomposas con folclóricas como invitadas de honor, eran tachados de locos, de progres ecologistas que no sabían que, en realidad, el progreso era todo aquello y alquilar tirar el dinero.

De esa extraña cultura vienen estos lodos. A nadie le escandalizaba que en los años 2003 o 2004 el ayuntamiento de Madrid pudiera gastar millones de euros anuales en alumbrados navideños (en los que ahora también ha empezado a aparecer la publicidad), en festejos populares o en eventos de dudoso interés general. Sin embargo, aunque España gozaba entonces de una enorme clase media acomodada, ya había personas por debajo del umbral de la pobreza, ya había barrios enteros con calles en estado lamentable, ya había carencias de infraestructuras sociales, culturales y deportivas en los distritos de la periferia, y ya había una política de lavado de cara que nunca llegaba a determinados sitios. Ninguno de esos problemas surgieron en los años 2010 o 2011: en 2003, 2004 o 2006, cuando todo iba aparentemente bien, ya estaban allí. La burbuja económica no sirvió para mejorar la ciudad fuera de su almendra central.

¿Había por tanto alguna razón para derrochar en determinadas partidas, aprovechando una coyuntura favorable, en lugar de ser racional en la administración de los recursos y aprovechar hasta el último céntimo en construir una ciudad mejor? Las mismas que hoy. Exactamente las mismas.

La contribución de los ayuntamientos a determinados festejos o actos culturales son imprescindibles para sostenerlos, y sin duda suponen también un impulso al comercio o la hostelería en determinadas épocas del año. Económicamente, por tanto, puede ser una decisión acertada. Sin embargo, con una correcta coordinación, la iniciativa privada podría cubrir perfectamente los costes de organizar eventos que suponen interesantes beneficios para algunos; mientras el dinero público podría ser destinado a aquello que de verdad es imprescindible. En el caso que nos ocupa, la colaboración público-privada para tener ingresos publicitarios no debería ser entendida como una momentánea bajada de pantalones para pasar esta crisis, sino como algo habitual que redunde en la mejora de los servicios públicos. Renunciar a 3 millones de euros limpios por una presunta cuestión de dignidad municipal (habría que ver que entiende cada uno por esta palabra) suena casi a locura intolerable mientras hay despidos, subidas de tarifas y retrasos constantes (que no, no van a desaparecer).

Seguramente en este caso haya un punto de desconfianza con quien aplica la medida, añadido a la medida misma. Es verdad que el gobierno de Ignacio González no es precisamente el colmo de la eficiencia económica y que, si por algo se ha destacado, es por dinamitar los servicios públicos de todos los madrileños, empezando por los muy básicos de sanidad y educación. Si la crítica fuera esa, la sospecha de que los 3 millones de euros servirán para reformar el ático del presidente en Marbella, podría ser hasta razonable, viendo el panorama. Si la crítica es a la idea original, la izquierda debería aprender de una vez la importancia de gestionar bien, racionalmente y fijando prioridades en los recursos públicos, ese olvidito tonto que nos ha traído donde estamos.

La pregunta, por tanto, no es por qué Metro de Madrid va a ingresar ahora 3 millones de euros con una campaña publicitaria, sino por qué no ingresaba 7 u 8 cuando la economía era boyante, las empresas invertían y los ciudadanos podían consumir. Por qué no se contó con inventiva para recaudar ese dinero y mejorar las frecuencias de trenes de Metro de Madrid, aliviando a su vez la inversión de la Comunidad en ese ámbito y destinando, por otro lado, 7 u 8 millones de euros más en toda la región a bibliotecas o becas para estudiantes de música. No había que ser demasiado original, puesto que ya hace años que muchas ciudades de todo el mundo usan sistemas similares.

La cultura no la deberían crear empresas o instituciones, qué miedo, sino ciudadanos que pudieran libremente acceder a ella. Resulta chocante que algunos consideren la dignidad de un pueblo afectada por una campaña que hará ingresar dinero de una empresa privada a una pública, convirtiéndolo en un debate lacrimógeno, mientras miles de jóvenes con talento no pueden seguir sus estudios científicos, humanísticos o artísticos por falta de recursos.

Extrañas prioridades políticas las de quienes gestionan ahora y las de quienes quieren gestionar mañana. La derecha siempre olvidándose de la ciudadanía más necesitada, la izquierda siempre olvidándose de que necesita gestionar eficazmente los recursos para ayudar a la ciudadanía más necesitada.

Un comentario en “Próxima estación, Vodafone

  1. De esto ya habló Foster Wallace. Vamos a ver en unos años que patrocinan los días, las plazas y los nombres de las ciudades. Uno tendrá que decir: “yo soy de Barcelona-La Caixa” y al final, de La Caixa a secas.

    Con respecto a las críticas, eso de intentar recordar las carencias previas a la crisis, no pretendas que se acuerden de algo anterior a los dos últimos TTs de Twitter, les explotará el cerebro.

    A mí esto me preocupa cada vez menos porque, la verdad, estoy convencido de que al siguiente siglo no llegamos.

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