Más que cuatro años más

Masachusetts ha legalizado esta noche la marihuana con fines terapéuticos. Colorado, Oregon y Washington han pensado en la misma planta con otros fines: su consumo para la recaudación fiscal. Acertada idea. En Colorado han votado a favor y en Oregon en contra. Maine lo ha hecho para dar luz verde al matrimonio homosexual, un día después de su confirmación en España. Maryland también. Mary-land. Jiji. Hablando de esto, una mujer abiertamente lesbiana podría ser elegida para un cargo por sus ciudadanos y, además, en una rareza democrática sin precedentes, otro señor que habló de los designios de Dios en asuntos de violaciones “legítimas” a mujeres habría recibido la lección contraria, quedándose sin el sillón al que aspiraba. A pesar de esto, todavía hay quien afirma dejándose llevar por los tópicos (y por el odio de envidia cinematográfica, todo hay que decirlo) que los raros son los estadounidenses, que votan así, y no los españoles que reeligen corruptos con entusiasmo. Lo hablaremos.

Kentucky ha incluido en su Constitución un derecho civil muy necesario: el derecho a cazar y pescar, que merecía un punto y aparte.

Mientras todo esto pasaba, alguien en Florida recontaba votos en formato sábana de manera desesperada. Votos, muchos votos. Es probable que a esta hora aún lo siga haciendo, y quizá un par de meses más. Es una vieja costumbre que podría justificar otra idea: que la sociedad americana es profundamente conservadora. Como no parece el caso de la costa Este, habrá que pensar en ello.

Ah, y Barack Obama ha sido reelegido como presidente de los Estados Unidos de América. Four more years. Esa costumbre yankee por solapar elecciones y votar cosas curiosas hace que otras pasen desapercibidas.

Pero no sólo durante la elección, porque al parecer un señor puede estar gobernando cuatro años sin despertar una sola reflexión o llamada de atención sobre su actividad. A lo mejor es que como es negro no lo veíamos bien, o no hacía contraste con su entorno. A saber.

Pongámonos serios. Sólo un ejército de cínicos podría minusvalorar los primeros cuatro años de Obama al frente del Imperio. Es verdad, y había que contar con ello, que los candidatos aspirantes que despiertan grandes emociones en las campañas electorales y son capaces de movilizar a las masas allá donde vayan, al final acaban defraudando. Obama tenía millones de personas a las que defraudar, dentro y fuera de sus fronteras. Era el candidato de los discursos preciosos, el candidato épico. El afroamericano conquistando el sueño americano. Poesía pura. Lágrima viva.

¿Eso significaba que tenía que ser un mal gestor? Pues resultó ser de los buenos. Recibió un país en recesión, con la economía volando por los aires, metido en estúpidas guerras y enfrentado con medio planeta, y cuatro años después heredará de sí mismo un país creando empleo y con algún conflicto mucho mejor encauzado. Hasta con un premio Nobel de la paz preventivo, que tiene mérito. Y todo ello, lidiando con una oposición radicalizada, enfurecida, pataleando en medios de propaganda y, para remate, con el control de las mayorías legislativas.

Pero nada de eso ha podido impedir lo realmente relevante: que Obama pueda poner en marcha en este segundo mandato su ansiada reforma sanitaria.

Las utopías son bonitas, chachis si se permite la palabrita, como marco de referencia. Pero reducir el mundo a pedir el cielo o nada es ese tipo de cosas que hacen los que por este lado del Atlántico piden la abstención para partidos que no son suficientemente de izquierdas para su gusto provocando mayorías absolutas de la derecha. El nivelazo de quienes nunca errarán porque tampoco nunca se mojarán. El nivelazo de quienes, al fin y al cabo, dejarán escrito algún libro encantados de haberse conocido pero nunca habrán cambiado a mejor la vida de absolutamente nadie, ni habrán contribuido a la construcción de una sociedad más digna más allá de su propio ego, enfermo por obesidad.

Es realmente meritorio que un presidente (¡negro!, sí, con todos sus componentes literarios anclados a la historia reciente) haya logrado la reelección en un país como Estados Unidos, capital del liberalismo y con un manejo de conceptos políticos muy diferentes a los europeos, hablando de fortaleza del gobierno federal para proteger a los ciudadanos, de redistribución de la riqueza, de cobertura sanitaria para millones de personas que hasta ahora no se la podían permitir, de matrimonio homosexual o de cambio climático. Si alguien quiere tapar los ojos ante la evidencia, puede decir que Obama es sólo un bonito producto de mercadotecnia. En realidad esa afirmación seguirá pareciendo un bonito producto de mercadotecnia.

Volviendo a lo banal (porque total, a nadie le importa un irrelevante 25% de paro en un rincón del Mediterráneo occidental), para Europa, y particularmente para España, es además una buena noticia esta reelección, porque garantiza que la primera economía del mundo no va a dejar de aplicar estímulos ni a entrar en una nueva fase de locura obsesiva por el déficit que nos conduzca a un abismo colectivo peor del que ya sufrimos. Al menos en la medida en que las cámaras lo permitan.

Pero, ya que hablamos de España y de Europa, merece la pena hilar ideas. Por nuestro continente se suele apelar a cierta superioridad moral, de la que por allí se suelen reír con razón. Lo innegable es que la construcción de esta imperfecta Unión económica, mediomonetaria y pseudopolítica se está demostrando profundamente fracasada, con instituciones elefantiásicas que se mueven a cámara lenta y que son incapaces de reaccionar ante cualquier contratiempo o, incluso, ante la normalidad misma y el inevitable paso del tiempo. Hace no tantos años la Casa Blanca tuvo que enviar a su caballería a cerrar un conflicto humanitario de escandalosas proporciones a las puertas de Europa, en su corazón mismo, en nuestra propia casa. Nada hace pensar que hoy sería distinto, ni que el recuerdo nos haya hecho aprender, como mínimo, a sonrojarnos.

También hablamos en España de la sociedad americana con desprecio, fijándonos en lo peor que cuatro series paletas de los 90 quisimos que nos vendieran. Ahora bien: ¿habría elegido nuestro país a un presidente negro? ¿Y a uno musulmán? O por ponernos estupendos aprovechando el tema de moda: ¿a uno con apellido catalán? Y… ¿somos nosotros mejores en la defensa de algún derecho social? ¿Quedará de hecho alguno vigente antes de que acabe este año?

Podremos reírnos de Estados Unidos, que no es ningún paraíso (¡¿existen?!), pero mientras allí el modelo del hombre blanco y mayor con un granero de madera y escopeta siempre preparada se agota como referente, mientras el GOP empieza a tener la obligación de plantearse un cambio de estrategia, mientras su minoría friki radical empapada en teína se lleva reveses electorales y muestra profundos signos de agotamiento (no intelectual, que ya estaba claro, sino también político)… por este lado del océano caminamos justo al lado inverso, sin que ni un sólo político sea capaz de encarnar un sueño colectivo al estilo Obama. No ya en los cambios efectivos, sino siquiera en la ilusión.

La política en España ya no ilusiona ni para defraudar.

Esto preocupa. O debería. España quería ser California, pero no nos engañemos: es Texas. Con lo peor de Texas.

Volvamos a Washington o a Chicago, que son la noticia: Obama recibe el mandato popular de encargarse de sus designios durante cuatro años más. Pero son más que cuatro años más. Antes de que se cumplan, este presidente ya ha pasado a la historia. Por hablar bien, sí; pero por gestionar hábilmente la realidad. La realidad, eso quedará. Y será mejor.