Lo llaman matrimonio y sí lo es

El Tribunal Constitucional ha fallado (en este caso el verbo correcto es “ha acertado”) en contra del recurso del Partido Popular contra la reforma del Código Civil que permite el matrimonio entre personas del mismo sexo, acabando así con siete años de espera.

Este es el primer punto a analizar: ¿necesita una reforma urgente una institución permanentemente sospechosa por politizada e ineficiente? El mismo debate en Portugal fue cerrado en sólo unos meses. Las consecuencias jurídicas de la caída de un cambio legal del que habían hecho uso decenas de miles de personas (más de 22.000 parejas casadas desde 2005, y otras muchas ejerciendo su derecho de adopción) podrían haber supuesto un nuevo cisma entre la mayoría ciudadana, que poco entiende de estos procedimientos, y los representantes del Estado o su arquitectura misma. Otro ejemplo recurrente fue la anulación de ciertos artículos del Estatut de Catalunya después de que los ciudadanos lo hubieran refrendado en las urnas. Por muy legítimo que esto fuera, hay que mejorar una penosa lentitud e inexistente transparencia que lastra incluso la convivencia y genera resultados kafkianos que desmerecen el respeto debido a nuestras más fundamentales normas.

Pero la sentencia que hoy ha aprobado el TC es especialmente importante no sólo por su orientación sino también por la contundencia de la mayoría que la aprueba: 8 magistrados frente a 3. Si sólo hubiesen sido 6 frente a 5 las consecuencias legales no cambiarían, pero sí las políticas. Una victoria de los defensores del matrimonio homosexual tan amplia cierra completamente el debate, y si ahora alguien quiere modificar la ley tendrá que hacerlo de cara y sin excusas nominalistas o constitucionales. Entre los magistrados que han ratificado la sentencia no están sólo los del sector “progresista”, sino también algunos de los nombrados a propuesta del Partido Popular, autor del recurso rechazado.

Quizá por esa contundencia, quizá porque era un secreto a voces que el PP venía pidiendo desde hace mucho que el resultado fuese este para quitarse de encima de manera más o menos limpia un marrón que ya no servía para hacer oposición, hoy el otro foco estaba puesto en ellos, los que pidieron el pronunciamiento del tribunal. Tras la publicación de la sentencia, muchos de sus militantes afirmaban en las redes que, en realidad, la mayoría del partido había estado a favor, por lo que sería injusto calificarlo de homófobo. Lo cierto es que los datos cantan: sólo Celia Villalobos saltó en su día la disciplina de voto para respaldar la reforma, y tres de cada cuatro diputados de su partido suscribieron el ahora rechazado recurso. Ni la complicada pareja que forman Aguirre y Gallardón, que hoy se ha comprometido a dejar el texto como está, ni Alfonso Alonso ni la diputada tertuliana son precisamente una marea. Tampoco hay que olvidar que el propio Rajoy hizo suyo el recurso y de él el único argumento contra el matrimonio homosexual. Sería una sorpresa el nacimiento de un 15M de afiliados en Génova, gritando con carácter retroactivo que, aunque no lo supiésemos, la práctica totalidad de sus representantes no representaban al Partido Popular.

Se sorprenden también porque la sentencia se considere una victoria política, y por lo que llaman “utilización partidista”. Lo cierto es que si el resultado hubiera sido el inverso, Rajoy (y Rouco, como guía espiritual) sería a esta hora el guardián de las esencias puras de la sociedad y valedor de una noble batalla contra su degradación. Pero efectivamente era una batalla política e ideológica: la de una mayoría (política y social) apoyando una reforma y un partido (político) oponiéndose a ella por todas las vías, también con el voto de Unió Democrática de Catalunya en el Congreso. Por eso, como ya se ha dicho, el cierre del debate jurídico supone también el cierre de un debate político al que ya no le quedan más cartuchos que los del irrisorio fundamentalismo exaltado.

En este país, la derecha lleva treinta años llegando tarde a casi todo. Algún sector no estuvo seguro de sumarse a la Constitución, pero más tarde la abrazó con desmedida alegría hasta quien en su día votó en contra, como el presidente Aznar. No cabía esperar menos de una formación fundada por un ministro de Franco que acabó gritando en el Senado, décadas después, que nadie le podía dar lecciones de galleguismo. La evolución misma hecha persona. El PP también se opuso al aborto, curiosamente a la misma ley que ahora defiende en contra de una nueva reforma. Y como no, al divorcio, del que luego sus cargos públicos (hasta algún ministro y secretario general que en su día fue muy beligerante) han hecho buen uso en repetidas ocasiones.

Ahora la estrategia es la misma: hacer que su posición de oposición se olvide una vez constatado el fracaso de la agitación social contra gobiernos que apostaron por el progreso de los derechos civiles, que si tienen una ventaja es que no cuestan dinero. Los concejales del PP también se casan con personas de su mismo sexo y, si nos descuidamos un poco, dentro de otras tres décadas habrán sido ellos mismos los que con su lucha habrán conseguido que miles de hombres y mujeres puedan hacer uso de esa libertad. Mientras llega ese momento, quizá una solución para evitar tales desbarajustes sea que el partido conservador y el partido liberal de derechas dejen de ser el mismo en España, finiquitando así su terrible psicopatía interna y la consecuente confusión externa que genera.

Lo que queda para el futuro, siete años después de una tensa espera legal y aún más décadas de incansables movimientos cívicos, es la constatación de para qué sirve la política, esa palabra que algunos quieren pervertir añadiéndola como adjetivo negativo (¡decisiones políticas!, ¡huelgas políticas!…) en estos tiempos en que tanto se bordea esa fina línea entre su rechazo y el rechazo a la democracia, confundiendo a los representantes concretos con la totalidad o los errores puntuales con la legitimidad de todo un sistema. Antes de desprestigiar en su conjunto una actividad imprescindible para seguir siendo libres, cabe escuchar cómo resuenan los ecos de la defensa que el presidente Zapatero hizo en el Congreso de una de las reformas sociales más destacadas de su primer mandato: “Nuestros hijos nos mirarían con incredulidad si relatamos que no hace tanto tiempo sus madres tenían menos derechos que sus padres, si les contamos que las personas debían seguir unidas en matrimonio aún por encima de su voluntad cuando ya no eran capaces de convivir. Hoy podemos ofrecerles una hermosa lección. Cada derecho conquistado, cada libertad alcanzada, ha sido el fruto del esfuerzo, del sacrificio, de muchas personas que debemos reconocer. Demostramos que las sociedades pueden hacerse mejores a sí mismas, que pueden ensanchar las fronteras de la tolerancia y hacer retroceder el espacio de la humillación y la infelicidad”.

Como afirma el mismo discurso, “una sociedad decente es aquella que no humilla a sus miembros”, y por eso detrás de España vendrán, han venido ya, muchos más Estados, impulsados por dos fuerzas imparables como son la libertad y la igualdad, que siguen abriéndose camino en un mundo en el que no todas las fronteras medievales que perviven son tan visibles como las geográficas, ni el precio a pagar por cruzar la aduana se mide siempre en monedas.

Una respuesta para “Lo llaman matrimonio y sí lo es”

  1. Como quisiera comentar más sobre el tema, pero lo has comentado bien y lo suficiente para entender que la búsqueda del bienestar de una sociedad en todos sus miembros es una responsabilidad innegable de todo gobierno, aunque en la práctica distemos mucho. Hoy recuerdo aquel video de la Unión Europea compartido en “It gets better”, quizá le recuerdas, donde un anhelo fuerte de muchos de nosotros es que cada vez menos se pierdan vidas a causa de un ambiente hostil auspiciado y justificado por normas culturales y leyes restrictivas más que inclusivas. ¡Un abrazo!

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