Elecciones al Parlamento de Galicia del 21-O: el análisis

Galicia votó ayer la configuración de su parlamento autonómico, reflejando un principio de continuidad política y muchos más titulares secundarios que aquí, como es propio, se van a convertir en un extenso relato donde nada quede suelto. Como dicen en Jot Down, “reading is sexy”, y páginas donde repasar titulares sin contextualizar ya existen demasiadas. Es una amenaza, para abrir boca.

La victoria que fue una derrota

Las elecciones al Parlamento de Galicia han tenido tres fases: el análisis previo, el “oh dios mío que está pasando” (dicho muy rápido y agitando los brazos) y el resultado definitivo que confirmaba los análisis previos, las encuestas y la observación lógica.

Centrémonos en ese segundo momento, el de agitar los brazos, porque vale la pena comentarlo para entender lo ocurrido. Durante toda la jornada electoral la participación dio una sorpresa notable. Los datos oficiales anunciaban que estaba cayendo de manera muy brusca con respecto a los anteriores comicios, alcanzando en algunos casos los siete o hasta los diez puntos. Esa caída (a pesar del tópico de “la abstención beneficia a la izquierda” que, como ya hemos comentado en anteriores ocasiones, no siempre se cumple) significaría en Galicia un vuelco político. Feijóo ganó en 2009 con un aumento del número de votantes. Esta vez, en los datos ofrecidos por la Xunta a mediodía y a las 17:30, la abstención estaba produciéndose en su feudo más inexpugnable: el medio rural en las circunscripciones de Lugo y Ourense.

Al final, la participación se movió menos de un punto, pasando del 64,43% al 63,80%. Esto significa que los gallegos votan después de la hora de la siesta. O de la hora del licor café. Curiosamente, el porcentaje de votos cosechado por el Partido Popular ha pasado del 46,68% al 45,72%. Aunque sería una estupidez hacer una sencilla extrapolación de uno a otro, principalmente por esas cosas obvias como que la gente se muere (sí, en Galicia a veces pasa), hay nuevos votantes jóvenes (sí, en Galicia a veces pasa) y otras, no está de más pensar que ese punto pueda ser, principalmente, voto de la derecha. Hay que tener en cuenta que su línea ideológica no tiene más alternativa en Galicia. El PP aglutina a los conservadores, a los liberales más modernos, a los galleguistas de ambos sectores, también a los españolistas y hasta a los restos del caciquismo franquista y feudal, que además no es escaso. Bueno, sí, en estas elecciones también estaba Mario Conde, que ha conseguido una nada despreciable cifra de 15.781 votos para un vulgar banquero ladrón. Hay gente para todo.

Nuñez Feijóo
Alfonso Rueda presenta la campaña de Alberto Núñez Feijóo. Una fotografía del Partido Popular.

Así que la izquierda no ha perdido porque se haya quedado en casa, y tampoco por el otro tópico “todos los gallegos son unos fachas”. La izquierda ha perdido porque no ha tenido una estrategia común como oposición y porque la mitad de ella sigue acomplejada. La victoria de Feijóo ha sido una derrota de la oposición. El primer dato: con casi 150.000 votos menos Feijóo ha conseguido tres escaños más. ¿Por qué?

El PP está liderado por un hombre con mucha mejor imagen que su propio partido a nivel español, hábilmente colocado en el plano secundario en los carteles y discursos de campaña. Tampoco despierta los recelos de Fraga en los nuevos votantes urbanos; es decir, que le es más fácil contener el voto útil a la fuerza opositora mayoritaria, que además está devaluada y carece de credibilidad. Con ese panorama, Feijóo ha insistido permanentemente en el miedo a un bipartito o, aún peor, a un tripartito. Y tenía sentido como estrategia cuando, del otro lado, el PSdeG y el BNG evitaban salir en defensa de un gobierno que, tanto en los datos sociales como económicos, arrojó éxitos de gestión incuestionables y que probablemente fue a la ruina por la incapacidad de Touriño para coordinarlo políticamente y la obsesión nacionalista por dar la nota, implementar proyectos eróticofestivos y copiar lo peor del fraguismo llevando abuelos de excursión. Poco tuvo que ver la crisis en aquel momento. Hay que recordar que en 2005 y en 2009 el PSdeG conservó los mismos escaños, con Zapatero gobernando en ambos casos. Pero ahora, ¿votaría alguien a dos partidos que reniegan de lo que han hecho antes de ayer y que quieren dar a entender que nadie estaba allí? Pachi Vázquez, tan sobrado de carisma, era conselleiro de Medio Ambiente de aquel gobierno. El PP ha vendido una idea sabiendo que no la dirigía a sus votantes: no era el inexistente e imposible flujo entre derecha e izquierda lo que determinaría el resultado final, sino el de los partidos de la izquierda entre sí. Para influir en él se lanzó un anzuelo y todas sus potenciales víctimas han picado.

Los votos descontentos por un PSdeG que aún no ha recuperado el camino y un BNG que acaba de estallar por los aires se han fugado hacia los nuevos. ¿Y quienes son los nuevos? Pues los viejos. Beiras, líder del BNG durante la década de los 90, e Izquierda Unida, que coaligado a él en Alternativa Galega de Esquerdas irrumpe en el parlamento gallego, donde le había sido imposible en solitario. Por último, Compromiso por Galicia, que se marchó del mismo Bloque por ser demasiado socialdemócrata (demasiado poco rojo) y que, aunque ha quedado fuera, lo ha hecho sumando un 1,01% de los votos, que en anteriores comicios hubieran sido del BNG y que por tanto habrían computado en el reparto de escaños. Como anécdota curiosa queda que este partido ha conseguido ser el más votado en uno de los 14 municipios de Galicia (Vilar de Santos, Ourense) en los que no ha ganado el Partido Popular (de un total de 315).

¿Cuánto costó ayer conseguir cada escaño a cada partido? Redondeando, al PP 15.900 votos, al PSdeG 16.300, al BNG 20.700 y a AGE 22.200. Teniendo en cuenta que la barrera de acceso al Parlamento de Galicia es del 5% (más alta que el 3% habitual en los parlamentos españoles) y que la ley electoral “premia” el voto rural, bastión tradicional del PP, una izquierda dividida ha favorecido enormemente  que Feijóo revalidara su mandato. Pero aún así, ¿habría sido posible un cambio? Sumemos: todos los partidos mencionados anteriormente han obtenido un total de 653.620 votos. El PP, 653.934. Parece que “Galicia la fascista” tiene, en realidad, dos bandos bastante igualados con uno de ellos jugando en clara desventaja.

Pero ha sido su juego. Los políticos dirigentes tienden a pensar que la población es rematadamente idiota; y aunque ningún estudio científico a mano nos demuestra lo contrario en este momento, hay que tener unas capacidades cognitivas realmente mermadas para no darse cuenta de cuestiones evidentes. La escena preelectoral de un partido escindiéndose en tres para luego pedirse entre sí la creación de un monstruo electoral común (finalmente fracasado) estaba entre lo chistoso y lo lamentable. Más aún cuando todo esto estaba ocurriendo en etapa de precampaña. Como no fue posible, el segundo acto del teatro, ya postelectoral, ha cerrado un ridículo glorioso. Las frases, contundentes. Xosé Manuel Beiras (AGE): “Todo el apoyo que recibimos nos permite modificar totalmente el Parlamento y además, que el verdadero nacionalismo, por primera vez desde hace diez años, vuelva a la Cámara”. Lo del verdadero nacionalismo es como lo de la verdadera izquierda pero en versión verdadero nacionalismo. Esto está claro. Lo demás significa que ahora que él ha vuelto todo está bien, no como con esos patanes que se quedaron el BNG y lo mandaron a casa. Y desde allí precisamente responde su candidato, Francisco Jorquera: “Los mejores resultados de Beiras siempre han coincidido con los mejores resultados del Partido Popular”. Estos dos señores querían formar un gobierno. Juntos. Sólo dos horas antes, cuando los colegios no habían cerrado. Para “hacer país” y esas cosas que les gusta decir. Estupendo.

Beiras ganó la batalla izquierdista. Porque se trata de eso y no de un repunte identitario. En Galicia, la distribución de partidos no está estructurada en dos ejes, el ideológico y el soberanista (sólo un 2% de los gallegos se definen como independentistas, según el CIS) propios de Euskadi o Cataluña, sino en uno sólo en el que los nacionalistas están exclusivamente a la izquierda y beben también de los malos tiempos del socialismo español. El discurso de Beiras, más pegado a las ideas clásicas en auge renovado y a una manera de expresarse cercana y efectista, tumbaron y humillaron al BNG y, sin sorpresa, a un PSOE incapaz de recuperarse del recuerdo de gobierno de hace un año. Si entre 2005 y 2009 los socialistas gallegos no perdieron terreno, hoy se han dejado 7 diputados y casi la mitad de los votos. La suma de apoyos totales a las dos fuerzas nacionalistas supera los suyos. Muchos dirigentes del partido pretenderán convencer a quienes no quieran leer los datos que se trata de una circunstancia coyuntural en una Comunidad Autónoma que nunca les ha querido. Sin embargo esto no dejará de ser radicalmente falso. El dato dramático del PSOE no está en el aspecto global, sino precisamente en los puntos concretos. Y tiene lectura local, autonómica y nacional.

El PSdeG que gobernó la ciudad de A Coruña con mayoría absoluta durante tres décadas ha sido en las elecciones de hoy no la segunda fuerza, sino la tercera, por detrás del PP y de AGE y con un 19,49% de los votos. En la vecina Ferrol, ciudad industrial con importancia para la izquierda, han tenido que conformarse con empatar con la coalición de Beiras en un exacto 20,18% para cada uno. Si a esto se suman los votos del BNG, la suma de las tres fuerzas supera con creces al PP en esta ciudad. No es la izquierda quien tiene un problema, es el PSOE. En Lugo, con alcalde de este mismo partido, Vázquez se ha quedado con un exiguo 22,38%. En Vigo, la ciudad más poblada de toda Galicia y con otro socialista como alcalde, un 24,51%, 10 puntos menos que el PP y 4 menos que la suma de AGE y BNG. En Pontevedra, empate con el BNG, gobernante en la única ciudad donde no se ha producido sorpasso nacionalista. En Ourense, cuyo alcalde socialista ha sido detenido en plena campaña electoral por un caso de corrupción, se han dejado 10 puntos con respecto a 2009. ¿Y tiene el PSOE feudos en el mundo rural gallego? Tenía. De los más de 300 municipios de Galicia el partido sólo ha conseguido ganar en 12, perdiendo la condición de fuerza mayoritaria en lugares con buenos datos históricos como As Pontes (A Coruña) o A Fonsagrada (Lugo). Pedrafita do Cebreiro (también en Lugo) ha sido por contra el que mejor ha tratado a los socialistas, otorgándoles un 56,78% de los votos.

No, no es Galicia. No, no es la falta de apoyo a la izquierda. El PSdeG en particular tiene un problema. Vázquez se ha desplomado, pero quien iba a ser su alternativa en las primarias, el exministro Caamaño, ha sufrido el mayor desgaste como cabeza de lista de la provincia coruñesa. Y el PSOE en general tiene otro problema, que probablemente sea el mismo. Si Rubalcaba va a dar una rueda de prensa diciendo que no pasa nada, que hay tiempo (siempre hay tiempo) para retrasar la renovación del proyecto y los equipos o que no es el momento (nunca es el momento) de abrir debates precisamente porque la situación es delicada (“oh, cáspitas, ¿vamos a debatir ahora?, ¡qué pensará la gente!”) sencillamente se estará equivocando. Rubalcaba no es el futuro del PSOE, entre otras cosas porque es el pasado. Todo el pasado presente, para ser exactos. Chacón tampoco, ni sus amigos iluminados. Pero cuando hace un año, en las semanas previas a las elecciones generales, se escribía en artículos como este que el partido entonces gobernante se estaba encaminando a una situación de marginalidad política previa a su desaparición como fuerza relevante e influyente, muchos se reían. Ahora sólo se ríen los fanáticos que creen que ondear banderas y recoger esencias históricas es muy útil cuando, en realidad, nadie echa de menos a quienes se inmolan, sino a sus víctimas colaterales. Sólo hará falta la confirmación de un sanador alternativo para que el PSOE se convierta en la nueva Izquierda Unida, una bonita colección de recuerdos e ideas. Con una desventaja: IU nunca ha gobernado España, y esa es su excusa para ser fuerza parlamentaria. El PSOE no tiene y ese espacio ya está ocupado.

La segunda lectura en clave española de este resultado tiene que ver con el PP. De hecho, el propio Feijóo la estructuró en su discurso, íntegramente en gallego (o en su particular gallego) pero con el fragmento en castellano que deberá copar los medios con sede fuera de Galicia, para ponerlo fácil: que lo que es bueno para Galicia es bueno para España, y viceversa (es interesante recordar como el lema de su campaña fue “Galicia primero”, precisamente para borrar la sombra de Rajoy y no espantar al voto galleguista, que también el PP tiene de eso), y que trabajará intensamente por ayudar a España a salir de la crisis. Feijóo se ha convertido en el primer gobernante ¡de Europa! en revalidar de manera amplia y contundente su poder desde el estallido financiero. No hace falta ser un fiera para intuir que si mañana su paisano monclovita tiene que causar baja al frente de sus funciones, es altamente probable que Merkel, Draghi y después el propio Partido Popular, que es quien deberá elegirle, giren la cabeza hacia él. Si quiere o no es todavía un misterio.

¿Y ahora qué? Quizá, poco a poco y de manera ordenada, salgan esas facturas impagadas de las que alertó el Consello de Contas, que inflen en los próximos ejercicios el déficit que se desinfló de los anteriores, ya sin presiones electorales. Y cuando las siguientes elecciones lleguen, el PP ya habrá ejecutado una reforma electoral anunciada y a la que no tuvo tiempo esta legislatura. Con la legitimidad de la mayoría absoluta se reducirá la representatividad del sistema, conduciendo a la oposición a una larga noche de piedra, salvo milagro futuro o cataclismos varios. Con suerte, ni siquiera será necesario ver el carrrexo de ancianos, deporte gallego desde la época celta que se practica en intervalos de cuatro años y que este tampoco ha fallado.

Del mismo modo, no escapa a nadie que este resultado es un revulsivo a las políticas del gobierno central. La secretaria general del Partido, María Dolores de Cospedal, compareció entre las primeras de la noche, con cinco o diez kilos más de peso que el día anterior, para comunicar que este resultado era un aval y carta blanca a las políticas de austeridad y recortes. Dicho de otra manera, que nos preparemos. Estamos en ello: ¿toca hoy el rescate o hay que esperar a Cataluña?

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