Huelga

A estas horas, un servidor debería estar trabajando. Pertenezco al ínfimo porcentaje de afortunados españoles que en este momento tiene trabajo. Y coincide, además, que es el que mejor sabe hacer, con el que más se divierte y en uno de los campos que más le apasiona del universo. Soy profesor. Interino. El eterno sustituto. Uno de estos jóvenes chachis que, cuando tu profe enfermaba, venía a tu clase a revolucionarlo todo.

Se vende escuela pública

Una fotografía de Carlos Fuentes (EFE).

Hoy, mi clase de 26 nanos de 7 años, no tiene profesor. Por primera vez en mi vida, he tomado la decisión de renunciar a mi sueldo para protestar contra las vergonzantes medidas que coartan el futuro de nuestra sociedad a través de los recortes en educación. No tengo intención de aburrirte con peroratas reivindicativas, pues la realidad está ahí fuera y tampoco es el lugar; pero conocidas son las muchas afrentas que la educación española (y más particularmente, la valenciana), está sufriendo desde que comenzó la crisis.

Sin embargo, sí me gustaría contarte el camino que he seguido hasta llegar a este punto, hasta tomar esta decisión. Quizás sea poco profesional utilizar Xaora para hablar sobre mí, para desahogar con el resto del mundo mis penas. Pero por un día me perdonas.

Desde que el Consell planteó las primeras medidas al comienzo del curso, se han sucedido las reuniones, asambleas y claustros. Este año he trabajado en tres colegios diferentes (dos en Alicante y uno de atención singular en Elche). Habré asistido, aproximadamente, a medio centenar de reuniones a lo largo de este curso. Muchas de ellas, fuera de mi horario laboral.

He vivido semanas con asambleas diarias de varias horas en busca de imaginativas soluciones, y siempre permanecía el mismo sentimiento de derrota, de desesperación y de saturación. Formo parte de un colectivo desacreditado, despedazado por gran parte de la opinión pública y maltratado por los representantes políticos. Un colectivo que, a pesar de lo que le envuelve, trata de sacar la mejor sonrisa cada mañana a las 9. Con dignidad, entereza y profesionalidad. Y así seguirá siendo aunque tengamos 40 alumnos hacinados por clase.

Durante meses, se han sucedido las manifestaciones, las concentraciones semanales, y en último término, las huelgas. Me he manifestado con abrigo, con pantalón corto, con pancartas, con etiquetas, cantando y gritando. En mi primera manifestación (laboral) me gané una bronquitis.

Sin embargo, siempre ha sobrevolado el sentimiento de que de nada está sirviendo, de que todo está perdido de antemano. Frases como “las cosas van mal”, “no es el momento”, “hay que apretarse el cinturón”, “es hora de tragarse el orgullo”, “no queda más remedio”… Se repiten una y otra vez en las reuniones de padres o en las conversaciones informales.

¿Mientras tanto? Recortes. Descrédito. Desprecio.

En medio año he visto llorar de impotencia a profesores a punto de jubilarse. He visto gritar a un director que, enfurecido, no daba crédito a las palabras de sus superiores. He visto la mirada vacía de compañeros que, entre resoplidos, planeaban un futuro lejos de las aulas. He visto alumnos de prácticas que asumen como estado natural la ausencia de esperanzas.

¿Mientras tanto? Una Comunidad al borde de la intervención donde no quedan ayudas para libros de texto. Las deudas en los colegios comienzan a ser escandalosas, inasumibles en muchos casos. Tanto, que algunos apagaron la calefacción. En otros, los profesores tienen que pagarse los folios. Las empresas de comedor asumen deudas astronómicas. Las clases se llenan de alumnos y cada vez hay menos profesores para atender sus necesidades. Y los que quedan, no están especializados. Se suprimen programas educativos y se restringe el acceso a las becas. Y todo para llegar a la Universidad, y no poder pagarla. La educación pública se devalúa. Y con ella, se lastra nuestro futuro.

En las otras huelgas no había tenido la oportunidad de parar, porque no estaba trabajando. Tomar la decisión no ha sido sencillo: la retención del sueldo es un palo para cualquiera (y mucho más para un interino que no trabaja más que unos pocos meses al año). Sin embargo, desde el primer momento tuve claro que por una cuestión de principios, de coherencia, de dignidad; tenía que hacer algo, mostrar mi indignación, no dejarme llevar por la corriente pesimista, parar. Si bien los sindicatos tampoco han ayudado a la hora de convocar un paro definido, el fondo de la protesta está más que justificado. Tengo que defender mis derechos como trabajador, como maestro y por supuesto, como ciudadano de una sociedad cuyo futuro no parece garantizado.

Y lo tengo que hacer ahora que puedo, pues el año que viene, muy probablemente, ni tendré trabajo, ni sueldo por el que preocuparme.

Tal y como dije al principio de este artículo, soy un profe joven, inexperto, que no busca dar lecciones a nadie. Solo busco actuar acorde a mis principios. Defender vehemente lo que es nuestro, como sociedad; y lo que es mío, lo que me define, mis ideas, mi profesionalidad.

Que nadie se atreva a poner restricciones a nuestras esperanzas.

Que nadie se atreva a justificar con un recorte nuestro compromiso para salir adelante.

Que nadie se atreva a lastrar las posibilidades de un solo niño, de un solo estudiante.

Que nadie se atreva a poner en duda que lucharemos hasta el final.

Saúl Castillo | @saulcastillo

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