2 de mayo: patria, política, libertad

Hoy es 2 de mayo, un día de efemérides complicadas multihipánicas, de esas que encienden el corazón e incendian las neuronas de cualquier español de bien o mal.

Por un lado, es el día de la Comunidad de Madrid; esa que fue creada al calor de la Constitución de 1978 y que tiene el himno más sórdido de todos los civiles que jamás fueron redactados y compuestos.

El fusilamiento del 3 de mayo, Francisco de Goya
El fusilamiento del 3 de mayo, Francisco de Goya y Lucientes.

Para muchos, la región del centro es tema de conversación habitual por un sospechoso centralismo y una más sospechosa prepotencia. Teniendo en cuenta que hace unas pocas décadas la provincia no pasaba del millón y medio de habitantes y ahora anda ya rozando los seis y medio (y que los madrileños no se reproducen por esporas), que las caravanas en las carreteras cuando llegan los puentes y fiestas de guardar son de salida y no al revés, que el hombre que compuso esa letra que habla de “el Ente Autónomo último, el puro y sincero” nació en Zamora, y que la firmó un presidente nacido en Cantabria, tampoco es necesario dar más alas al debate sobre el estúpido tópico. Es un problema que tanta gente no se haya dado cuenta de que el centralismo es un asunto ideológico y no geográfico o social. Disfrazarlo como un conflicto entre pueblos y territorios cuando en realidad es otra cosa resulta poco edificante. Eso, y que a algunos les viene bien un enemigo material llamado Madrid sobre el que volcar obsesiones que en realidad tienen otro nombre, que empieza por E. De España. Enemigo que para otros es amigo, que sirve para volcar obsesiones en sentido contrario. Esos típicos juegos políticos creados por dirigentes que quieren cuidar su sillón y que curiosamente los ciudadanos acaban abrazando entusiasmados. Hablaremos ahora de ello.

Pero la importancia del día es por tanto otra. No que sea el día de la Comunidad de Madrid sino qué se conmemora en él: la reacción a una invasión extranjera. En Móstoles, al sur de la región, se recuerda a su vez el bando de dos alcaldes al quizá se haya dado más importancia histórica de la que realmente tuvo pero que, en cualquier caso, sirve para que sus mozas se vistan de goyescas e interpreten por las calles escenas costumbristas del siglo XIX con acento de extrarradio del XXI. Esto, amigos, merece muchísimo la pena.

Antes de entrar en detalles sobre ella, recordemos la otra marca en el calendario (o diga usted almanaque, que no es lo mismo pero sí una palabra mucho más bonita): tal día como hoy y a finales del mismo siglo se fundaba, también en Madrid, el Partido Socialista Obrero Español. Tipógrafos, médicos y hasta un zapatero (jiji, jaja) sentaban las bases del partido político que más tiempo gobernaría después en la España de democracia consensuada, que tanto tardaría en llegar.

Este año 2012 el doble aniversario tiene mucha más importancia reflexiva de la que pudiera parecer. En 1808 se nos escapó la oportunidad de abrazar la modernidad defendiendo a un rey traidor y corrupto, probablemente el peor gobernante de nuestra historia, al dar más importancia a un nacionalismo mal entendido y muy manipulado que al bien del pueblo. Ahora, en plena globalización, las invasiones son de otro tipo y el partido que representa un españolismo que bien pudiera ser heredero orgulloso de aquel, gobierna encantado dando explicaciones a ministros alemanes mientras ni siquiera sus viejas colonias (¡¡huy!!) le respetan.

En 1879 un nuevo contexto daba alas a nuevas formas de entender la realidad, y ahora, 133 años después, llega otro nuevo contexto y nadie parece entender nada. El Partido que fundó Pablo Iglesias está noqueado y desaparecido. No porque no se parezca al de entonces, como a tantos les gusta decir (si el partido no hubiese cambiado casi un siglo y medio después sencillamente no existiría, y es casi seguro que quienes se reunieron en Casa Labra estarían de acuerdo en esto), sino porque tras haber sobrevivido a dictaduras, guerras, democracias, victorias y derrotas electorales no parece estar asumiendo, esta vez, el enésimo cambio que le toca vivir. Los propios militantes lo llevan escrito en su carné: “sois socialistas no para amar en silencio vuestras ideas, ni para recrearos con su grandeza ni con el espíritu de justicia que las anima, sino para llevarlas a todas partes”. Palabra de fundador. La pregunta es qué ideas tiene el PSOE para los ciudadanos y los problemas de hoy. El debate no va de esencias. Tic, tac. Todo se desmorona, y no queda demasiado tiempo para proponer salidas antes de que la mayoría abrace otras menos higiénicas y bonitas.

Los debates, en el fondo, siguen siendo parecidos a los de entonces. Las viejas disyuntivas entre libertad y lo contrario, entre bienestar y lo contrario, entre derechos y lo contrario. La economía productiva está dormida, la sociedad también con ella, y unos políticos ineptos e incapaces van desmantelando lo poco que queda en aras de una obsesión impuesta que nos lleva a una espiral de muerte y destrucción que solo puede acabar precisamente en eso, en muerte y destrucción.

Naturalmente, no es lo deseable. Ese panorama político desolador necesita de una solución traída desde la política. Aún hoy muchos dicen que todos son iguales. Aún hoy muchos dicen, agitando masas desde la irresponsabilidad falsamente neutral, que nada de esto sirve para nada, e incluso que nada de aquello sirvió para nada. Pero ni la democracia, ni la alfabetización de España, ni la sanidad universal fueron gratuitas. Ni durante el tiempo que duraron, ni tampoco el hecho mismo de traerlas.

La solución no debe esperarse de esos diputados que jalean revoluciones de siglos pasados, calles ardiendo y ruptura sin ley, ni de esos nuevos ‘snob’ de la política que proponen poco pero se ríen mucho, como si hubiera razones, asegurando que ellos arreglarán todo aunque nadie supiera dónde estaban hasta el comienzo de sus frivolidades ayer por la tarde, ni de los populistas que cuando algo funciona mal o peor de lo que lo hizo aprovechan para pedir su supresión en lugar de su reforma, colando así sus poco bienintencionadas aspiraciones ideológicas, ni desde luego de los lamentables gobernantes de hoy o ayer que antes dejarían arder el campo entero que reconocer que hasta aquí hemos llegado por un error colectivo del que fueron los principales responsables. Pero alguien tendrá que volver a poner ilusión, y poco importa qué siglas la lideren. Solución, quizá, basada en esa política bisexual que proponía Víctor Lapuente Giné, esa de libertad y bienestar, de derechos y también de obligaciones, recogiendo lo que ya hemos aprendido de la historia para la nueva que ahora se abre.

Hace unos días la presidenta de esa Comunidad que hoy festeja su día propio decía que de la crisis nos va a sacar una bandera. Un cacho de tela. Qué fe, la vieja fe de quienes sí creen, como el himno mencionado, que patriotismo es girar en corro mientras alguien atiza en intervalos de viernes a viernes exigiendo, además, silencio a los afectados. Y esos están en todas partes, de Madrid a Barcelona pasando por Badajoz. Tanto cuando hablamos de organización territorial como cuando hablamos de la sociedad misma y sus retos futuros.

Conmemoramos hoy, 2 de mayo, el levantamiento que acabó volviéndose contra nuestra libertad y la fundación de un partido que luchó por la libertad hasta acabar con la suya propia. El domingo hay elecciones en Francia. Quizá esta vez no sería mala opción dejarnos invadir. Y para esa invasión ya no hacen falta cañones ni curas armados; solo una nueva dignidad nacional basada en el interés colectivo, en la intelectualidad asumida de quienes han hecho cosas mejor que nosotros, cuidando lo que ya habíamos hecho bien, que tampoco es poco aunque nos encante flagelarnos.

Una dignidad que pueda acabar con las dos Españas porque, al fin y al cabo, existan las que existan en la mente, solo una nos va a dar de comer: la de todos, la que no se deje a nadie por el camino, ni luche antes por dirigentes bastardos o banderas que por el progreso colectivo y los derechos y libertades de los ciudadanos a los que estos y estas simplemente representan.