YPF y las Malvinas

Mario Vargas Llosa es uno de esos tipos criticados de modo furibundo por la izquierda y la derecha (por una más que por la otra) a ambos lados del charco. Peligroso neoliberal, rojo converso, fascista con pintas; lo cierto es que tiene un bagaje intelectual sencillo de recorrer.

En el libro Sables y utopías. Visiones de América Latina (Santillana Ediciones Generales, abril de 2011), se recopilan artículos de prensa, cartas a mandatarios y otros escritos que recorren en forma de ensayo la realidad del continente vista por el escritor peruano a lo largo de su vida. El prólogo, redactado por Carlos Granés, recoge conclusiones interesantes sobre ese camino hacia la defensa de la libertad por el que transitó el ahora premio Nobel.

Hay un mal más profundo, enquistado en las entrañas de América Latina, que nada tiene que ver con la injusticia o la desigualdad. Revolucionarios de izquierda, militares de derecha, visionarios religiosos, nacionalistas fogosos y racistas de todo pelaje tienen cierta base común: el desprecio por las reglas de juego democráticas, el particularismo y el sectarismo. Las ideas de cada grupo se han plegado sobre sí mismas hasta degenerar en fanatismos fratricidas. Esa también es la historia del continente. Todas las ideologías colectivistas, desde la fe católica al socialismo, pasando por las distintas formas de indigenismo, populismo y nacionalismo, han echado raíces robustas y se han defendido con un arma en la mano y una venda en los ojos.

También habla Granés de la actualidad más caliente:

Aunque el clima actual en América Latina es menos turbulento que en décadas anteriores, los países de la región aún están lejos de alcanzar los consensos sociales y políticos que garantizan la estabilidad de los gobiernos. Aún hay encarnizadas polémicas sobre si América Latina debe seguir el rumbo de Chile y Brasil, países donde una izquierda pragmática y desideologizada ha dado pasos de gigante hacia el desarrollo, o el de Cuba y Venezuela, donde caudillos omnipotentes con ropajes revolucionarios repiten las fórmulas económicas y la retórica demagógica que desde los años cuarenta han demostrado ineficacia. Las cifras económicas y los datos reales hacen evidente la respuesta, pero la tentación utópica sigue siendo un vicio irreprimible de la mentalidad latinoamericana. Los paraísos perdidos —el bíblico, el bolivariano, el indigenista, el peronista, el guevarista, el castrista, el pinochetista— siguen alimentando esperanzas a lo largo y ancho del continente. En política, esa tendencia a vivir en la irrealidad y a construir mundos ficticios donde todo es perfecto ha sido nefasta. En las artes, en cambio, ha inspirado grandes obras literarias y artísticas cuyos excesos imaginativos han deslumbrado por su exuberancia.

Esa quizá sea, concluye después, la mejor cara de América Latina. La creativa. La de Borges, Cortázar y Frida Khalo. Y sí, también habla Vargas Llosa de Argentina en este libro, la gran nación que hoy ocupa la actualidad y las portadas de España por la intención de su presidenta, Cristina Fernández de Kirchner, de nacionalizar la empresa petrolera YPF, ahora en manos de la española Repsol.

Pongámonos en antecedentes. En 1992 se privatiza YPF. Repsol se la compra al Estado argentino y a otros accionistas privados en 1999 (sí, una compra, no un robo; y a muy buen precio, de una empresa en pérdidas que suponía entonces un gran problema). ¿Y quién estaba allí contando las bondades de esa actuación? Néstor Kirchner. El apellido les suena. Él fue quien apoyó y celebró aquella privatización. Pero hablar de un esposo que entonces era Gobernador, a pesar del conflicto de intereses, puede parecer machista. Entonces, ¿qué hacía en ese tiempo la ahora presidenta Fernández? Era diputada provincial. Y sí, hacía presión a favor de esa privatización.

Puesta la situación en contexto, y aclarado quién es quién, cabe preguntarse a qué se debe el cambio de opinión. Y para eso, precisamente, tenía sentido la cita a Vargas Llosa. Argentina, que presumió de ser la nación más avanzada de América Latina, junto a Chile, no dejó jamás de debatirse entre esas raciones de populismo y nacionalismo exacerbado que conducen luego a sufrimientos diversos. Cuando hace unos años se hablaba del corralito y el mundo veía cómo un país se desangraba, solo España apostó en serio por ayudarle a salir del bache, desde el Estado y desde sus empresas.

No tendría sentido alguno, en todo caso, analizar esto desde un punto de vista nacional ni patriótico. Repsol es una empresa española, y el gobierno hace bien en defender sus intereses. La actuación del Ejecutivo ha sido, en este caso, absolutamente correcta; y Argentina no debería olvidar detalles como que es precisamente este país su primer importador de recursos como el biodiesel, por lo que la ruptura diplomática, más allá del prestigio internacional, podría tener importantes consecuencias económicas inmediatas y en el medio plazo, como ya alertó el ministro José Manuel Soria.

Cristina Fernández Islas Malvinas
Cristina Fernández con un mapa de las islas Malvinas.

El asunto importante es, en cambio, el propio pueblo argentino. De nuevo, un gobierno que vislumbra problemas de tipo económico, que no encauza su sistema y que ha perdido el liderazgo regional frente a Brasil e incluso Chile, que lleva años despuntando, vuelve a optar por la misma solución: apelar a los bajos sentimientos. El nacionalismo irracional y mal entendido y la nostalgia de glorias pasadas (llegó a ser la cuarta economía del mundo) son quizá los peores vicios de Argentina.

YPF y las Malvinas son dos caras de una misma moneda: nación, nación y nación. O sea: circo, circo y circo. Un circo con banderas e himnos que no lleva a la prosperidad, pero que la presidenta Fernández espera que sirva para entretener y, ya de paso, es de suponer acudiendo a la historia y al otro gran vicio de los dirigentes de este país, también para sangrar los recursos de una importante empresa entre varios amiguetes al servicio de una ideología y unos intereses particulares.

Es el momento de que los argentinos se pregunten si esa es, de verdad y en serio, la jugada que quieren volver a padecer. Los sentimientos no dan de comer, y es complicado deducir en qué es más patriótico nacionalizar una empresa que gestionar de modo eficiente los recursos que tiene un país; algo que no ha hecho el actual gobierno, decidido a recurrir a la pataleta y al ataque a Repsol-YPF de modo desleal y poco limpio; una empresa que los mismos que piden ahora estatizar dejaron en una penosa situación. Cuando vuelve a ser rentable, se pone en marcha la maquinaria para recuperar el control con ardides de república bananera; en lugar plantearse la reorganización de los recursos energéticos en un contexto mundial, global y natural que también ha cambiado y se pretende obviar. Pero nadie gana elecciones hablando de cuestiones técnicas. Falta explicar, eso sí, que tampoco ningún país es más rico nacionalizando con malas artes el 35% (este dato es importante, puesto que YPF ya no tiene la relevancia de antaño) de su producción de hidrocarburos.

El mensaje que estaría trasladando Argentina al mundo, de consumarse este hecho, sería el de una profunda inseguridad jurídica para cualquier inversor extranjero que quisiera instalarse en el país. Si hace unos años solo España apostó por Argentina, ¿quién lo hará ahora? Brasil, Chile y hasta Colombia son ahora mejores opciones para volcar dinero. Una nacionalización de la empresa más importante del país sería la patada definitiva para empujar a Argentina a la irrelevancia mundial. Esperemos que esta vez sí, los argentinos pidan y exijan pan a su gobierno, y no más circo. Al fin y al cabo es eso lo que está en juego, no el inexistente imperio español ni la inexistente gloria presente de Argentina.