En defensa del periodismo de opinión

Una persona con una clara carga ideológica, ¿puede ser un periodista objetivo? Un señor o una señora que se reclamen de derechas o de izquierdas y que acepten sin remilgos tal catalogación, que estén dispuestos a defender, incluso con vehemencia, su catálogo de ideas y valores ¿pueden ser buenos periodistas? ¿O es que acaso solo se puede ser buen profesional si se renuncia a pensar, a creer en unos u otros modelos de sociedad? ¿Hay que tener una cabeza sin contenido, un cerebro sin circunvoluciones, un libro sin letras para ejercer el buen periodismo? Es más: ¿puede ser buen periodista quien carece de ideas, quien desprecia los pesos y medidas de la justicia, de la equidad, de la convivencia?

Así comenzaba el obituario en el que el periodista José María Izquierdo rendía homenaje a su compañero Carlos Mendo, tras su fallecimiento en agosto de 2010. Izquierdo es famoso por sus críticas a los que llama “apocalípticos de la derecha”, ese grupo mediático ahora conocido popularmente como “la caverna”. Él es muy de izquierdas. Mendo quedó en el recuerdo por su admiración a Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Se reconoció muy de derechas. Ambos se han caracterizado siempre por estar orgullosos de su diferente opción política y por defenderla activamente. ¿Se puede, desde el periodismo?

La objetividad no existe. Cualquier ser humano está condicionado por sus vivencias personales, su historia, su educación, su formación o hasta su nacionalidad. No hay dos personas en el mundo que hayan crecido compartiendo un contexto tan puro que no se distinga. Por otro lado, aunque esa posibilidad se diese también contamos con diferencias biológicas insalvables.

Si dos individuos distintos observan el mismo hecho y después se les entrega un papel, también escribirán cosas distintas. Por tanto, ¿qué debemos esperar de un periodista? Independencia, rigor y transparencia. Que para opinar sobre una realidad o analizarla no obvie la realidad misma. Que no mienta e invente. Que no esconda la existencia de todos los focos y voces que rodean una noticia. Que a pesar de todo ello no sea un autómata despegado, insensible y carente de valores.

Puesto que la objetividad no existe y nadie vive en una burbuja, es necesario desconfiar de quien dice ser imparcial y cuyas motivaciones o debilidades son desconocidas al lector. La economía o la política no pueden ser narradas sin matices; nada puede ser bueno o malo en sí mismo si lo vaciamos de contenido humano. Pero sí existen los hechos objetivos. El agua, a nivel del mar, hierve a cien grados. Por eso, buscar el punto de ebullición de la actualidad debe ser el objetivo inicial. Una vez encontrado será posible argumentar por qué nos parece que cien grados son frío, calor o tibieza, o por qué el mundo acabará o sin embargo será mejor cuando el agua llegue a ese punto y empiece a hervir a cien grados. Pero teniendo claro que son cien grados, no olvidando nunca que son cien grados y no ocultando que son cien grados.

La responsabilidad social también es imprescindible. Son necesarios medios de información, medios de comunicación y medios de opinión, pero debemos renegar de los medios de agitación. La función del periodista o del comunicador es transmitir la realidad, pero no intentar gobernarla, desestabilizarla o transformarla en una dimensión paralela a su gusto. La influencia debe ser un concepto positivo y constructivo.

En el contexto actual, los grandes medios de referencia dependen de empresas que coartan su libertad y donde no todas las realidades tienen cobertura. La censura es un riesgo y la autocensura uno peor, cuando se pretende contentar sin medida aquello que la audiencia espera del narrador. Esto ocurre en esos grandes medios ya polarizados, dependientes de empresas o de subvenciones institucionales, pero también en los nuevos, que quieren conservar lectores dejando pasar los detalles que pudieran herir su sesgo ideológico.

Las redes sociales han eliminado la intermediación y cientos de datos inexactos, imprecisos o directamente falsos circulan sin una masa crítica que sepa discernir la verdad de la manipulación. Lo hacen, además, a gran velocidad. Los partidos políticos aprovechan para dirigirse a los ciudadanos confundiendo información con propaganda, en un falso alarde de mejora de la calidad democrática, y así es cada vez más complicado luchar con grandes explicaciones contextualizadas frente a simples eslóganes o imágenes distorsionadas. Todo esto hace más necesario que nunca un periodismo comprometido y para ello no hay canales más legítimos que otros. El avance del tiempo empieza a poner en discusión que una gran cabecera pueda ofrecer más calidad y rigor que un profesional que, de forma autónoma, desarrolla su vocación.

Se ha teorizado mucho sobre el fin del periodismo, dramatizando sobre las terribles consecuencias que la crisis económica y la revolución tecnológica han tenido sobre la comunicación. La realidad es que el periodismo no ha muerto sino el modelo empresarial que hasta ahora lo sustentaba y que, durante décadas, cumplió un papel imprescindible. Esa nostalgia por tiempos pasados, grandes redacciones y la aspiración de hacerse millonario como estrella mediática no debe confundirse con una crisis real del periodismo como actividad, que algunos sólo creen posible al abrigo de grupos de poder y fondos de inversión. Muchos diarios, radios o televisiones ni siquiera cumplen ya los más básicos requisitos como para afirmar que su desaparición supone la del periodismo. Podría decirse, en bastantes casos, que se trata más bien de la necesaria clarificación entre la línea que separa el periodismo del espectáculo. Este último abunda mucho más en un intrusismo delirante.

No es el medio o el soporte lo que hace que el periodismo pueda ser calificado como tal (¿es superior el papel a la radio, es superior la radio a la televisión, es superior la televisión a la red?) sino el contenido y el código ético que lo envuelve. El periodismo ni se crea ni se destruye, solo se transforma. Alguien dijo que podía ejercerse esta profesión con un blog y una cuenta en Twitter y tenía razón. ¿Son acaso más periodísticas las guerras de portadas en papel que las narraciones de conflictos bélicos en directo a través de redes sociales? Lo que no hay que perder de vista, eso sí, es que el periodismo necesita ser económicamente autosuficiente para poder ser libre y desempeñar su papel de observador, narrador y controlador. Hacer periodismo cuesta dinero y el periodista es un trabajador que debe reivindicarse como tal.

El recurso a la inmediatez, a la demagogia, a la difusión gratuita de soflamas partidarias, al espectáculo y el sensacionalismo y al ansia por opinar en función de la dirección del viento, obviando el rigor y dejando por el camino el conocimiento de quienes se molestaron en hallarlo, es la crisis fundamental y real del periodismo. Lo otro es una crisis empresarial responsabilidad de sus accionistas, en ningún caso susceptible de ser objeto de preocupación en las facultades. Lo urgente es buscar alternativas para sus precarizados y explotados trabajadores y para una profesión de cuya supervivencia depende en buena parte la de la calidad democrática.

Toda persona tiene un pasado y un presente. Estamos acostumbrados a que la credibilidad del periodista la dé su nombre o la reputación del medio para el que escribe. Esa credibilidad es cara, cuesta tiempo y esfuerzo ganarla y muy poco perderla. Antes de escribir hay que observar y leer. Necesitamos datos, contar algo que se aproxime a la verdad en base a criterios conocidos y explicitados. La honestidad periodística no consiste en no tener principios sino en mostrarlos de manera transparente. Si cambian, habrá que explicar el porqué.

El periodismo siempre tuvo sentido y lo seguirá teniendo. El periodismo de análisis y el de opinión, también. En un mundo de velocidad delirante alguien tiene que sentarse a contarle a la gente que trabaja y vive, de manera clara, sencilla y directa lo que ha ocurrido en el mundo y lo que podría ocurrir mañana. Alguien tiene que hacer guardia y vigilar. El periodismo de opinión existe porque la sociedad necesita argumentos para entender racionalmente aquello que le rodea. Los ha necesitado siempre. Hay que dárselos. El periodismo debe ser eso, una vocación al servicio de las personas; nunca una mezcla de tintas para la adulación personal.

Hay que hacerlo, además, respetando el sentido estético. Hay que devolver a la actividad periodística la capacidad de servir como difusora cultural. Cuidar la ortografía, el estilo y el contenido, la forma y el fondo, es útil para contribuir a una sociedad más formada. A la vez hay que eliminar la pretendida y pretenciosa pedantería, democratizando y simplificando el acceso a la información y el conocimiento.

En definitiva, ejercer un oficio de acuerdo con la utilidad que la sociedad le reclama para que pueda seguir haciéndolo.