Del 14 de abril al 20 de noviembre

Se acabó. José Luis Rodríguez Zapatero ya tiene fecha de salida: el 20 de noviembre. Dicen algunos que es su última ironía. Lo cierto es que el presidente, al que ya desde sus inicios como líder socialista “acusaron” de ser masón, ha envuelto siempre sus actos en una exagerada simbología: las zetas, las cejas, las fotografías, las fechas, las palabras. Todo parece siempre psicóticamente calculado en un tipo al que, tras casi ocho años de gobierno, casi nadie puede decir que conozca. Es impredecible, y parece que es más lo que nos obliga a interpretar que aquello que realmente vemos. Algo que no es necesariamente negativo… cuando todo va bien.

El presidente José Luis Rodríguez Zapatero. Fotografía tomada del blog De Cerca.
El presidente José Luis Rodríguez Zapatero. Fotografía tomada del blog De Cerca.

Lo que parece claro es que así lo interpreta la mayoría, por lo que quizá sea una de las lecciones sobre cómo no gobernar que podamos extraer de sus mandatos. Todos los presidentes recientes dejaron alguna huella con la que la historia les identificará, y que sus sucesores intentaron revertir hasta la obsesión. Hablamos de ese tipo de huella que comenta el ciudadano medio, cala hondo en los votantes, cualquiera puede percibir a simple vista y es objeto de chanza en los carnavales de Cádiz.

A González le pasaron factura la corrupción y las oscuras tramas. El GAL y Filesa son recurrentes para quienes quieren hablar mal del hombre que más años aguantó el poder en democracia. El PSOE llegó a él en el 82 con la ilusión, la inexperiencia y la fuerza del novato. Lo pagó caro. Demasiada gente para repartirse un pastel que estaba condenado a ser menguante, en un tiempo en que la política en España no era unipersonal y todo líder tenía su contrapunto.

Así que Aznar aprendió que tenía que rodearse bien y tener controlado al rebaño. Pero incluso con una España menos monocolor que la que asumió su antecesor y una democracia más asentada, el líder popular no pudo evitar caer en cierto endiosamiento. La soberbia fue su final. En pleno auge económico (aunque ahora ya sepamos que aquella política no era más que una bonita nube tras la que se escondía nuestra tumba) algo tan simple como la megalomanía, la chulería y la prepotencia fue lo que precipitó la salida del PP de la Moncloa. Enfrente, una sociedad que creía vivir bien. Fueron las elecciones de la ética.

Y llegó Zapatero, cuyo mayor reto inicial fue de nuevo el mismo: no parecerse al anterior. Los pactos, las sonrisas, la tranquilidad y la enfermiza idea que le obligaba a llevarse bien con todo sector social acabaron por crear lo que ahora acaba: un gobierno que tras la construcción de elevadas formas olvidó la propia esencia, el propio fondo de lo que quería ser y construir. Ahora nadie tiene claro qué es. O peor: qué será.

El PSOE en 2004 tenía un plan: el de los reformadores chicos del nuevo socialismo. Pero aquel plan sólo acabó cuajando en su vertiente de legislación social. Todo lo demás, a pesar de haber hecho oposición anunciando el inminente estallido de la burbuja inmobiliaria y los horrores de la especulación, fue olvidado por el bien de “la paz social”, uno de esos conceptos que al presidente gustaba repetir. Nunca hubo tanta, aunque ya sabemos lo que dice el refranero sobre las calmas y las tempestades.

Algunos de los que empezaron aquello acabaron siendo expulsados del Ejecutivo, y escribieron blogs y libros hablando de lo bonito que sería hacerles caso. Porque el otro error de Zapatero ha sido, de manera muy visible, rodearse de perfiles políticos de segunda o tercera regional sin excesivo protagonismo, justo el que al final acumuló el líder recibiendo su estallido: la culpa es de Zapatero. Casi todos los finales políticos son así, símbolo del aislamiento que supone el poder.

Aunque el plan inicial era mucho mejor que la realidad sobrevenida, haciendo política ficción podemos suponer que la primera legislatura de Zapatero no habría resistido reformas laborales, empresariales o el programa económico que el tío Solbes hubiera querido entonces. Fueron los años del “España se rompe”, de las víctimas de todos los terrorismos, los juicios espinosos, las heridas históricas y la agitación como método político. Zapatero no fue cobarde, sólo pensó en sobrevivir. Política también es eso. Pudo pensar, si pensamos bien, que entregar de nuevo España al PP poniendo en riesgo lo único que la nueva mayoría había implementado en el Congreso (su paquete de leyes sociales y derechos civiles) no merecía la pena en un país en el que cuestionar las maravillas económicas del ladrillo suponía la inmediata lapidación. Figurada, claro. Una legislatura no lo resiste todo. Eso, y que el medio de los partidos para alcanzar fines es ganar elecciones. Si pensamos mal, es destacable que para ello el PSOE recurriera también a los cheques populistas. E injustos, que es peor.

En todo caso fue su época dorada; cuando decíamos “Zapatero es el único presidente de izquierdas que ha tenido España”. Probablemente. Por ello el final resulta un tanto cómico. Otra ironía.

La crisis, esa que él mismo anunciaba antes de gobernar, llegó, y lo hizo acompañada de artillería internacional. Le ha tocado pagarla. Con otro error: Zapatero ostenta el récord de ser el líder político que más veces ha dejado sin argumentos a sus aguerridos militantes. Ese tipo de militante que defiende siempre lo que el partido le pida defender. Ese que en este caso ha tenido que hacer verdaderos quiebros ante los vaivenes y cambios de opinión de un consejo de ministros incapaz de explicar con coherencia ninguna de las decisiones que ha ido tomando; ni en la época de paz ni en la de indignación.

Zapatero entrevistado en Moncloa. Fotografía: Cadena SER.
Zapatero entrevistado en Moncloa. Fotografía: Cadena SER.

Estas son las lecciones (superficiales, mediáticas y de andar por casa) de la era Zapatero. Por ello, es de suponer que su sucesor entenderá que tiene que rodearse bien, que debe ser dialogante y conciliador y que, además, debe fijar un rumbo claro a su política, sin ambigüedades y con transparencia. Aunque quizá mostrando la capacidad de rectificación y adaptación que hemos visto estos años.

Porque Zapatero también deja lecciones positivas, de las que no sería justo renegar por la corriente social, y una necesaria reflexión.

Durante la última década y media nuestro país se ha tirado a la charca de la economía del aire. De ella participaron el PP, el PSOE, los partidos nacionalistas, los independientes locales, las cajas de ahorros, los bancos, el mundo empresarial y la gran mayoría de la sociedad. No se salva casi nadie. La responsabilidad, por tanto, debería ser asumida por todos; así como el gobierno debe asumir la mala gestión del estallido. El PSOE no merece ganar las próximas elecciones. Su alternativa oficial tampoco.

Pero alguien ha hecho algo bien. A pesar del aire, hoy nuestra economía resiste mejor que otras con mayor industria productiva, como Italia. La diferencia es de gestión política. En estas tres décadas hemos abandonado una situación social de pobreza y analfabetismo en un tiempo récord, y dejándonos a muy pocos sectores sociales por el camino. Nuestro escandaloso e insoportable 20% de paro es mucho más fácilmente reversible que otras situaciones de marginalidad y expulsión directa del sistema. Madrid no es París o Londres. Las respuestas sociales que hemos visto, tampoco. La violencia, siempre injustificable, tiene causas que la generan. Es evidente que existe una relación entre la realidad y la magnitud formal de la reacción a ella. Las causas culturales no siempre sirven. La economía la hemos administrado peor que otros (desde hace siglos), pero no parece el caso de nuestro modelo social, siendo manifiestamente mejorable.

El cinismo político está muy bien para ganar elecciones, y resulta incluso comprensible para movilizar a las masas, pero es de esperar que quienes en pocos meses van a gobernar no obvien el contexto en el que nos movemos y las limitadas capacidades de actuación que tiene hoy un Estado de la Unión Europea como España. Tampoco estaría mal tener en cuenta como, con este contexto negativo, las cosas no han ido “tan mal” como cabría esperar. El problema de quienes afirman que esto se arregla con un cambio de gobierno no es que lo digan, el problema es que realmente lo crean, porque eso nos alejaría del impulso a la toma de decisiones que nos sacarán del agujero: más Europa cantando “vivimos siempre juntos”.

España no necesita grandes revoluciones. España necesita una evolución. Los partidos políticos no son eternos; sirven mientras canalizan las aspiraciones de los ciudadanos y solucionan problemas. Es un misterio si la solución a los presentes la tendrá el PSOE, el PP, IU o UPyD. A día de hoy, aparentemente ninguno. Ofrecen lo mismo de siempre instalados en los debates políticos de siempre. Pero sería muy sensato que existiera un eje común en las políticas de Estado.

Si la mayoría hemos asumido dos objetivos sociales que siguen siendo generales a la par que imprescindibles, como la libertad y la igualdad, deberíamos también asumir que las formas para alcanzarlos se adaptan a la historia, que suele progresar en línea recta… hacia delante. Que por primera vez el líder de un partido de gobierno sea sustituido por la generación (y el ideario) anterior, y que el partido de la oposición quiera gobernar con su generación (e ideario) anterior, como si nada hubiera pasado, no parece indicativo de que alguien ahí arriba haya caído en este tonto detalle.

El gran error de Zapatero no fue, por tanto, su gestión de la crisis. El gran error es que a día de hoy todavía no ha mostrado una hoja de ruta para el día después. Lo aterrador es que sus sustitutos, quienes tendrán que gestionar ese día, tampoco parecen tenerlo claro.

Y cerrando su despedida, Zapatero fue sobre todo el presidente de los que creían que las buenas intenciones debían tener su peso en la acción pública. Principios. Ahora, su 14 de abril, día en que tomó posesión por segunda vez, es ya un 20 de noviembre, y la política en España tardará mucho en volver a hablar de sueños bonitos. Sobre todo porque la mayoría quedan sin cumplir. Y porque de sueños no se come. Bueno, eso dicen.

Una respuesta para “Del 14 de abril al 20 de noviembre”

Los comentarios están cerrados.