Reactivando al PP que gobierna

El Partido Popular nunca es igual en el gobierno y en la oposición. Cuando los suyos juran un cargo el conjunto muta, pasando de azulón a azul tenue, apagadito.

Ayer se pudo comprobar que el responsable de Interior, y por extensión de las fuerzas de seguridad, se llama Jorge Fernández Díaz y no Alfredo Pérez Rubalcaba; y por tanto, que el PP de hace un año ha desaparecido. Sorprendentemente, el nuevo gobierno y la práctica totalidad de la actual oposición (salvo UPyD y Amaiur) pudieron llegar a un consenso sobre la política a seguir con relación a ETA y a las formaciones de la izquierda abertzale.

Cabe preguntarse para qué tanta manifestación, tanta bandera, tanto autobús y tanto bocadillo de mortadela. Para qué la incitación a las hordas radicales a llamar asesino a un presidente democrático. Para qué tanta agitación y tantas horas de radio y televisión. Para qué esa obsesión por señalar con dedo amenazante a socialistas con escolta, situándolos bajo la sombra de la sospecha colaboracionista con sus propios verdugos.

Para qué, si el PP sólo ha necesitado un par de meses gobernando para ver a su ministro de la policía diciendo lo que casi todos sabían, incluídos ellos: que el final de ETA no sólo es una cuestión policial sino también política. Sólo un par de meses, también, para que vuelva la capacidad de firmar y sellar acuerdos con el principal adversario y hasta con los representantes del otro nacionalismo, enfrentado al suyo.

En democracia hay que jugar sabiendo ganar y sabiendo perder. Un partido político demuestra sentido y conciencia de Estado cuando está en la oposición. Invocar a la responsabilidad gobernándolo absolutamente todo es simple necesidad.

El PP consuma así otra de sus mentiras. No hacía falta subir impuestos, ni tampoco abaratar el despedido; pero esta vez se encuentra ante un cambio más profundo: ético y moral. Un cambio de registro y discurso que es imposible ejecutar sin una explicación… salvo que su artífice se llame Mariano Rajoy, hombre célebre por pasar décadas de trayectoria política hablando sin decir nada.

Hace sólo unos meses los voceros mediáticos de la derecha afirmaban que el gobierno de Zapatero se vendía a los terroristas. Ahora, al parecer, ya no es momento de ilegalizar partidos. Algún comunicador (así se hacen llamar) va a tener que retorcer un poco más su intestino para justificar a los reyes de la moral católica, así como la razón por la que el contenido de esa guía de buenas prácticas se modifica en función de los alternativos resultados electorales. Esa es una opción. La otra es pedir perdón a Zapatero y al PSOE.

Los convocantes, los convocados

Las manifestaciones que en diferentes ciudades de España clamarán hoy contra la reforma laboral recientemente aprobada por el Gobierno ha provocado el resurgir de un debate cada vez más recurrente: la legitimidad de los sindicatos para erigirse en representantes de los trabajadores y sus intereses.

La polarización que desde hace años crece en la sociedad, por la que todo es identificado con presuntos buenos y malos, donde unos son amigos y otros enemigos, y además el descrédito de las instituciones y los principales actores sociales, no ha pasado de largo por estas organizaciones, que viven su peor momento de imagen.

Huelga (¿huelga?) decir que ni Comisiones Obreras ni la Unión General de Trabajadores, organizaciones sindicales mayoritarias, han hecho grandes esfuerzos por llevar las aguas a un cauce distinto. Dicho esto; un ciudadano que hoy quiera mostrar su opinión contraria al Decreto del Ejecutivo popular, ¿tiene alguna otra opción?

Si mañana no se van a convocar manifestaciones de empresarios contra la reforma laboral, de socioliberales contra la reforma laboral, de estalinistas contra la reforma laboral, ni de cristianodemócratas contra la reforma laboral, cabe pensar que el día para manifestarse es hoy, y el lugar el precisado en esta convocatoria oficial.

Son los partidos políticos (y hay un Congreso dominado con mayoría absoluta por uno de ellos) los encargados de discutir, enmendar y aprobar las leyes oportunas. Son los grupos sociales quienes pueden también ejercer una gran tarea de influencia al respecto (como cuenta Roger Senserrich). Y al fin y al cabo, son los sindicatos quienes a día de hoy ejercen cierta tarea en ese hecho imprescindible (poco conocido y necesitado de una reforma) llamado “negociación colectiva”.

Pero todo esto, hoy, es en realidad secundario. España sigue viviendo en democracia y hay convocada una manifestación contra una reforma laboral por organizaciones que, de mayor o menor calidad, siguen siendo imprescindibles en un sistema democrático.

Dada la capacidad de manipulación y tergiversación de la realidad que se ha extendido entre los nuevos y viejos medios de comunicación, existen pocas maneras más de mostrar esa postura en bloque, salvo que alguien siga creyendo que Twitter sirve para cambiar el mundo y hacer estudios sociológicos.

En este caso no es el fin el que justifica unirse al medio, sino al revés. Es probable que, no compartiendo las posturas de los convocantes, y por tanto sus fines, su medio sea el mejor, quizá el único, para mostrar pública y notoria oposición, si es que de eso se trata.

La otra tarea, que es dejar ver (al tiempo que cambiar el hecho de) que las instituciones y organizaciones políticas y sociales de este país están ancladas en una irrealidad pasmosa, y que su rumbo ideológico y fáctico resulta denigrante a la vista, puede seguir ejerciéndose mañana; día en que también será bueno recordar la vergüenza que supone que Cándido Méndez siga siendo el Secretario General de la UGT. Incluso que llegara a serlo algún día.

O que el PSOE salga hoy a la calle como si no hubiera gobernado España durante 21 años, incluidos los 8 últimos, y que pretenda convencer a su electorado de que la actualidad demuestra que sus gobiernos siempre fueron buenos por el básico y simple camino de la comparación.

Pero justificar en estos hechos la pasividad ante una reforma que no beneficia ni a los trabajadores, ni a los empresarios a largo plazo, ni al sistema económico y social, es propio de un cinismo muy poco útil a los intereses generales. Máxime cuando es llamativo  (y sobre todo sospechoso) que a algunos sólo les molesten las subvenciones, el conservadurismo y la lamentable ética y estética de los sindicatos, y no del resto del conjunto del tejido social que, como se puede comprobar, en poco se distingue de esta descripción.

No era un juicio más

El juez Baltasar Garzón ha sido condenado por el Tribunal Supremo a 11 años de inhabilitación por ordenar las escuchas del caso Gürtel, la primera de las tres causas que en un tiempo sorprendentemente cercano se han abierto contra este magistrado tras 30 años de carrera.

Este no era un juicio más. No sólo por lo poco habitual que resulta ver a un juez siendo juzgado, sino porque desde el primer minuto el caso ha trascendido lo estrictamente jurídico. La prueba es que hoy, día de reacciones posteriores, todos los juristas preguntados al respecto en medios de comunicación procuran pasar de puntillas ante las preguntas: “no estoy seguro”, “el Tribunal es independiente” o “habría que analizar mejor los hechos” han sido frases recurrentes. Sin embargo, políticos y analistas partidistas han sido los más vehementes en uno u otro sentido. Ellos sí lo tenían claro. Tampoco había portadas asépticas.

Portada de El País, 10 de febrero de 2012. Fragmento.

Por eso este juicio y su sentencia tienen una importancia especial: porque para una parte nada desdeñable de la sociedad española es ya una cuestión de índole ideológica, que se agravará cuando culmine la siguiente causa pendiente, la verdadera patata caliente de las viejas dos Españas que vuelven, de nuevo, sobre los pasos de la dictadura franquista.

Portada de El Mundo, 10 de febrero de 2012. Fragmento.

Es obvio que las sentencias judiciales deben ser acatadas, y en eso buena parte de la izquierda, que se deja llevar por el populismo, se equivoca. Cuando siempre se ha criticado el doble rasero de la derecha al aceptar o rechazar las resoluciones de los tribunales en función de si resultaban o no convenientes a sus intereses, se ha olvidado que en el otro lado también se conoce y explota el juego.

Poner en duda la totalidad del Estado de Derecho, de las instituciones judiciales y la propia esencia democrática de un país por una decisión que no se ajusta a las simpatías que despierta el personaje juzgado es un disparate político inaceptable. El espectáculo de representantes del pueblo, como Gaspar Llamazares, llamando a la insumisión legal debería abochornar a cualquier parlamentario sensato y responsable.

Esta no es ni de lejos la primera ni la última sentencia dictada por el Tribunal Supremo, una sentencia que ha contado con la unanimidad de la sala. Si hay alguien que catalogando a la justicia española de “fascista” y “heredera del franquismo” considera que hace un favor o bien al juez o bien a la sociedad, debe saber que en realidad anima a quienes no vivieron ese tiempo a confiar en las palabras del indigno dirigente popular, y de tantos revisionistas y vendemotos, que la tratan ahora como “una época de extraordinaria placidez”. Como no lo fue, el parecido no se sostiene, y afirmar lo contrario supone una patada a la memoria histórica nacional; especialmente a la memoria histórica de la ciudadanía de izquierdas, víctima de un totalitarismo superado sobre el papel pero no en la conciencia.

Portada de La Razón, 10 de febrero de 2012. Fragmento.

¿Tampoco superado en las formas? No es un secreto que Garzón tenía enemigos. ¿Algún juez no los tiene? Su caso era peculiar; el vivo ejemplo de la estrella que se cree poderosa pero acaba siendo utilizada. Muchos de sus enemigos de los 90 son ahora buenos amigos que se manifiestan en su favor. Es este hecho el que pone de manifiesto cuánto hay aquí de espectáculo provocado. Los que no sudaron ante el registro del domicilio del magistrado mientras este revolvía entre los sucios secretos de ministros socialistas, son los mismos que hoy, cargados de interés, acusan de dictatoriales las normas que persiguen por la vía legal al mismo tipo.

Que persiguen por la vía legal al mismo tipo. ¿Hay persecución? Quizá. Es imposible conocer el pensamiento o la motivación de los ocho jueces que han dilapidado la carrera de su compañero. No podemos acercarnos a sus valoraciones sentimentales. Pero cuando alguien es juzgado y condenado debe existir una base jurídica para hacerlo, y un hecho objetivo que juzgar. Y aquí tenemos ambas cosas. Que Garzón tenía enemigos es notorio. Que él nunca fue prudente ni discreto, también.

Portada de Público, 10 de febrero de 2012. Fragmento.

Los análisis jurídicos corresponden por tanto a los juristas, esos que hoy preferían mantenerse al margen, pasar de puntillas y no zambullirse en el fango de las tertulias. Puesto que esto no es Corea del Norte, el juez estrella podrá recurrir la sentencia incluso en el ámbito internacional, donde se harán cargo del caso personajes que no se apellidarán Carrillo ni Franco y que serán poco sospechosos de responder a un interés personal vengativo o político. No es el caso de muchos otros ciudadanos en el mundo, pero Garzón tiene plenamente garantizados sus derechos procesales.

Pero sí queda, como ya se ha constatado, el análisis político y social que se ha derivado de este bullicio. España está cometiendo el grave error de arrastrar cada mota de la actualidad a una polvareda de ideas políticas y sentimientos irracionales. Y aunque exista una evidente demagogia entre buena parte de la izquierda, es también verdad que hay titulares impagables y muy fáciles de vender en el exterior, tanto que hasta el mismísimo The New York Times se hace eco de ellos.

Titulares que podrían ser estos: “el único condenado por un enorme entramado de corrupción política es el juez instructor”, “el juez que se atreve a investigar los crímenes del franquismo, al banquillo”, y no sólo eso: “el juez que investigó a Urdangarín, investigado”. Y este último, curiosamente, no se apellida Garzón.

Casualidad o no, y aunque la justicia deba seguir su curso en cualquier caso y con independencia de los (estrafalarios a veces, sensatos otras) juicios mediáticos paralelos, parece que los astros se han alineado para que buena parte de la población se encienda ante el sistema judicial y empiece a pensar que algo no funciona, cosa que por otro lado es absolutamente cierta. Es probable que si los responsables del circo, que no son otros que nuestros legisladores y gobernantes, no hacen nada para evitarlo ni ponen remedios necesarios sobre los problemas reales, las consecuencias de esta espiral sean nefastas para todos.

La España que perdió su humor

Esta época de carnavales es buena para recordar una chirigota gaditana que hace unos años criticó en un pasodoble cómo aparecen reflejados, dentro y fuera de su tierra, los andaluces: son los graciosos, los idiotas, el servicio doméstico analfabeto. Utilizaron el ejemplo de la ‘sirvienta’ de la serie Médico de Familia. Esa caricatura tan recurrente y tan extendida de un pueblo que se moviliza ante la farándula pero ignora su propia dignidad.

Hoy, viendo a todo un Estado, nación o región de Europa protestando por un programa de humor de una cadena extranjera y pidiendo su cierre, cabe preguntarse si acaso España entera merece una imagen internacional mejor que esa, si está capacitada como sociedad para algo más que supeditarse a lo que imponga un ente exterior racional.

Imaginando una presunta Europa federal que se atreviese a probar fusiones e intercambios culturales, podría extrapolarse esa misma escena. Llegaría a las pantallas de toda la Unión algún gran éxito con españoles interpretando el papel de ‘la Juani’, entre chascarrillos y fregonas, junto al médico alemán o la abogada inglesa. Por suerte para todos, esos intercambios aún son imposibles entre viejas naciones con humores bien distintos. Hecho probado.

Hoy el ministro de Educación, Cultura y Deporte ha afirmado que el vídeo de Canal + Francia es un “ataque xenófobo”. El líder de la oposición que es “insensato”. Al tiempo, cientos de personas pedían en las redes sociales el cierre de la cadena. Una masa enfurecida que recuerda fielmente en su fondo a quienes amenazaron a los dibujantes que se atrevieron a imaginar el rostro de un profeta de mundos imaginarios.

Muchos fueron los que prometieron vengar, hasta con la muerte, la presunta afrenta a Mahoma. Ahora un Estado occidental se apunta al movimiento de la censura al humor, mientras sin embargo cree estar por encima de sus parientes, antaño ocupantes en pacífica convivencia. El mismo Estado occidental en el que se llama “libertad de expresión” a descargar superproducciones yankees al tiempo que se grita, con un renovado y cómodo fascismo de teclado, al levantamiento contra quienes se atrevan a cuestionar, incluso en una parodia, a sus héroes nacionales.

Héroes casi siempre creados por el idolatrado deporte, convertido ya en otra fanática religión, en ese lugar del sur que se pregunta desde hace décadas qué debe hacer para ser respetado por sus soberbios vecinos del norte.

Nórdicos o centroeuropeos que creían, según el estereotipo, que lo que caracterizaba al buen español era su sentido del humor, pero que en realidad hasta hoy sólo había demostrado tenerlo para desahogar complejos incluyendo en su programación televisiva, en la suya sí, a ‘los machupichus’ de más al sur, y a ‘las Lores’ convertidas en referencia única de una juventud sumida en un 50% de paro y un vergonzoso abandono escolar.

Esa otra parodia, la que hacen los propios con lo propio, no molesta al país, a la gran nación que se creía capaz de reír cualquier chiste. Porque a diferencia del humor, la sátira y la broma, en España las verdades no enfadan, no indignan y no revolucionan; simplemente existen.

La transición del PSOE

El 38º Congreso del PSOE acabó como se esperaba: con una de las dos partes venciendo por muy poco. No hay más titulares. De este Congreso se sale resolviendo temporalmente un debate sobre caras sin apunte alguno de proyecto político. Ni siquiera se han resuelto las cuestiones sobre organización interna, a la espera de una conferencia posterior.

Cuando tres congresos atrás fue elegido José Luis Rodríguez Zapatero, se hablaba en todas las tertulias de la “nueva vía”. Y esa vía no significaba únicamente una ruptura entre los tradicionales sectores del partido, sino una nueva manera de entender el socialismo.

Ahora, la elección de Rubalcaba frente a Chacón supone, según parece, volver al PSOE anterior, tal y como se entendía en época de González. Pero eso es mucho suponer, puesto que poco se ha hablado de discurso, más allá de las citas a los gloriosos símbolos del pasado y las genéricas pautas de buena fe. Una oportunidad perdida a un mes de las elecciones en Andalucía.

El mensaje que ha llegado a los ciudadanos es el de un PSOE fragmentado entre dos apellidos y luchando por diversos intereses. Una muestra: Tomás Gómez hablando de integración (el buen hombre tiene sentido del humor) y hoy, El País recordando cómo es la vida: “Rubalcaba, según algunos, no desperdiciará la ocasión para medirse de nuevo a Gómez, al que le tiene ganas desde hace tiempo. El líder madrileño tampoco cejará”.

Esa misma caricatura podría repetirse en casi todas las federaciones. El PSOE sigue jugando a repartirse el pastel; un pastel que, de seguir así, va a quedar convertido en migas, en restos sobre los que pasar la lengua de manera desesperada. El autonómico está reducido a prácticamente cero y el municipal, en determinadas Autonomías, también.

El PSOE ha elegido entre un hombre que lleva cuatro décadas en política participando en cada momento histórico y cada histórica batalla o conspiración, y una mujer que, promocionando al peor y más cruel de los machismos, nunca dio a entender que aspirase a algo más que ser un perfecto producto de mercadotecnia y generación de eslóganes.

En estas circunstancias, la principal tarea de la nueva Ejecutiva será recomponer un partido que sirva como herramienta social. Recuperar la capacidad de la militancia para trabajar activamente por un proyecto, frente al goteo constante de bajas y huidas, y fomentar la formación de un nuevo equipo y un liderazgo de futuro.

Quizá la Fundación Ideas deba empezar a trabajar para el PSOE como FAES para el PP, haciendo una auténtica aportación de contenidos que, aprovechando el viaje, recorra también las circunvoluciones de tanto cargo gestor de nada. Así, y sólo así, es probable que el PSOE genere cantera para ganar el futuro.

Este Congreso era sólo la apertura de una era de transición aunque, como en aquella época de España recordada con el mismo nombre, los viejos (representados por casi el 100% de los delegados de cualquier edad) no quieran aceptar que ya no es su momento y los nuevos (los de verdad) ni estén preparados para ponerse al frente ni se hayan sobrepuesto aún al miedo a un aparato que cree conservar su fuerza.

Suele pasar cuando el cadáver aún está caliente. Y este arde.