PSOE y Podemos: la culpa no es del otro

Queda semana y media de campaña electoral. La izquierda aún está a tiempo de salvarse de sus propios candidatos y de los fanáticos que les replican el discurso. Hagamos historia.

Pablo Iglesias recorre España diciendo que quiere pactar con el PSOE y que su adversario es sólo el Partido Popular. Tiene que repetirlo tanto porque cuando tuvo ocasión de demostrarlo bloqueó cualquier intento. Por si hay dudas: anunciar una propuesta a la prensa antes que a tu socio, decir que quieres pactar con él porque no te fías de él o repartir los cargos sin concretar las políticas (días después de afirmar “jamás seré vicepresidente de un gobierno que no presida”) era sinónimo de bloquear cualquier intento, sí. Una estrategia tan obvia y grande como la puerta de Alcalá. Perseguía tensionar a la otra parte, generar un sentimiento de humillación y agitar a los críticos de Sánchez para acelerar su decadencia. Sobre todo, para restarle legitimidad a la hora de buscar ese mismo pacto y poder culpabilizarle de un fracaso que ya había sido decidido. A la vista está que el objetivo se cumplió.

Las estrategias forman parte de la política desde que inventamos esa palabra. La complicación reside en saber acoplarlas a la coherencia del discurso. Fallan cuando los ciudadanos perciben que el partido se antepone al bien común.

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El acomplejado y la excusa

Cuando alguien defiende los derechos de las mujeres, de los refugiados o de las personas sin casa nadie le pregunta sobre su sexo, su nacionalidad o su situación económica. En cambio, muchos hombres siguen teniendo miedo a que defender la diversidad sexual y afectiva ponga en cuestión su virilidad, su condición de macho de la tribu. Un prototipo de hombre que responde a una construcción ya agotada por la evolución y que provoca mucha pena y ningún respeto.

¿Qué es ser un hombre? Si se consideran algo más complejo que simples primates deberían preguntarse qué es ser un hombre justo y decente.

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La Unión (Europea) no es el enemigo

Mucha gente dice hoy que no quiere celebrar esta Europa. Otras veces dice que no quiere celebrar esta España. O esta Catalunya. O esta Madrid. Como si los Estados o las instituciones fuesen en sí mismos bondadosos o perversos.

El problema de este discurso, que puede parecer indignado o rebelde, es que obvia lo que de verdad es importante. El problema de este discurso es que es justo el que beneficia al enemigo porque no centra el foco sobre él ni le hace sentir incómodo.

Cuando estalló la crisis económica había gente que hablaba de “los mercados”, un enemigo abstracto que se parecía mucho a los gnomos del bosque, mientras los responsables con nombres y apellidos de aquel desastre se iban de rositas. Ahora todavía hay gente que grita contra el malvado IBEX-35, pero nadie se ha cruzado a ese tipo por la calle y le ha agarrado de la chaqueta para preguntarle de qué va. No pasará nunca.

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“Queremos cambio, no recambio”

Lo que hizo ayer Pablo Iglesias es muy grave. Lo que se ha hecho después para justificarle es casi peor.

¿Corporativismo en la prensa? La frase anterior no la firmarían, por convicción, muchos periodistas que han salido a defenderle. Por razones obvias ninguna profesión está tan expuesta al escrutinio público. En ninguna vemos, por ello, tantos ataques de compañeros entre sí. A diario.

Esto es bueno. Al periodismo se viene llorado de casa.

La prensa, como la política, puede ser criticada por cualquiera. Cuando se es político existen unos códigos. Pablo Iglesias es político y además un cargo público; esté en una universidad, en el Congreso o en su casa. Esa suerte de excusita que busca disfrazar de análisis académico sus frases polémicas ya no cuela. La representación jamás se despega del personaje que la ejerce.

Fue Pablo Iglesias quien acompañó (según su relato ese es el verbo correcto) a un grupo de estudiantes a gritar “Fuera políticos de la universidad”. Pero él tiene una doble vida. Una doble alma. Es el puto amo. No es político sino un pensador.

Y Rajoy sólo un pelele con ruedines. Vaya cara.

En cualquier caso, en el ámbito académico y en su nombre también se dicen a diario barbaridades reprobables. Ay, la humildad.

Pablo Iglesias no criticó ayer a la prensa o la vileza del sistema. Hizo algo más: señaló a un periodista en concreto ante un auditorio que él sabía dispuesto a reír su gracia. Nos ha dicho tantas veces que Podemos no es de izquierdas, que ese es un marco superado, que al final nos ha convencido por la vía de los hechos: la izquierda jamás señalaría al último peón del tablero.

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Votar a los 16

No parece haber ningún argumento para fijar la edad de voto en los 14, los 16, los 18 o los 21 años aparte de la necesaria coherencia entre el ejercicio de derechos y deberes de los ciudadanos. Es decir: el debate no está en la edad a la que se empieza a asumir cada uno sino en la armonía entre todos ellos.

En España se es libre para tener relaciones sexuales o trabajar a partir de los 16 años. Para votar hay que esperar a los 18.

Hay quien dice que a los 16 años no se tiene la formación ni la información necesaria para votar con criterio y libertad. ¿Cómo se determina objetivamente cuándo sí? ¿Debería privarse del derecho de voto a los adultos que no acrediten una determinada formación? ¿Cuál? ¿Qué es un adulto? ¿Qué es un adulto formado?

Visto el clasismo con el que se habla de ciertas masas de votantes, es probable que para los defensores de este tipo de ideas los votantes sin criterio coincidan con los que no votan como ellos querrían. Ah, sí: viva el sufragio censitario.

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